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Economía Mundial

El Consejo de Estabilidad será el eje del nuevo orden

ALEJANDRO BOLAÑOS – Madrid – 05/04/2009

Una recesión global tiene un enorme poder de destrucción, como atestiguan las crecientes listas de paro y el aumento de la pobreza. Y también tiene la facultad de desatascar decisiones largamente aplazadas por el persuasivo método de colocar la economía al borde del precipicio. En la segunda cumbre mundial contra la crisis, celebrada esta semana en Londres, ha forzado la revalida de los países emergentes en el poder multilateral, la resurrección del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el diseño de un nuevo orden financiero.

La institución redactará las normas del nuevo sistema financiero

Revisará el efecto del actual sistema de calificaciones crediticias

La propuesta de cambiar las normas internacionales que rigen las finanzas, nacida del particular protagonismo del descalabro de la banca en esta crisis, es la más ambiciosa y también la que genera más escepticismo.

En el corazón de este nuevo sistema, donde la autorregulación imperante en los últimos años cedería terreno al control público, el G-20 ha colocado al Consejo de Estabilidad Financiera, aprovechando la estructura y el nombre del foro nacido hace diez años para reunir de forma ocasional a ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales de varios países avanzados.

“Los líderes quieren dejar claro que habrá diferencia entre el pasado y el futuro”, explicó el presidente del Consejo de Estabilidad, Mario Draghi, unas horas después de que se desvelara el comunicado final de la cumbre. “Vigilaremos los mercados, haremos recomendaciones sobre su funcionamiento y comprobaremos cómo se aplican las nuevas medidas”, añadió Draghi, que también es gobernador del banco central italiano. Pero aclaró que el Consejo de Estabilidad no funcionará como “nuevo regulador mundial”, cometido que se empeñó en darle el presidente francés, Nicolas Sarkozy.

Las funciones encomendadas al Consejo de Estabilidad están a medio camino entre la regulación y la supervisión, una fórmula heredada de su naturaleza original, una mesa que reunía a ambos lados de la actuación pública sobre el sector financiero. Para reforzar esta misión, el Consejo, además de abrir la puerta a los países emergentes -rendija que España aprovechó para meter la cabeza en la institución hace apenas un mes-, ha incorporado a otras instituciones de supervisión, más allá de los bancos centrales: estarán las agencias internacionales de mercados de valores, contabilidad y seguros.

El antiguo Foro de Estabilidad Financiera ganó protagonismo en esta crisis por los informes en los que alertaba del enorme riesgo concentrado en mercados sin regular, como el de las pólizas que garantizan el valor de los títulos de deuda en caso de impago, o de los peligros del crecimiento explosivo de los derivados financieros. Su transformación ha sido meteórica. Y la lista de encargos del G-20, apabullante.

El nuevo Consejo ha publicado ya una guía de cómo transformar el sistema de retribuciones de los ejecutivos, en el que aboga por reforzar la independencia de los Consejos de Administración para negociar estos contratos, se plantea alargar el plazo de los objetivos para fijar las compensaciones y se exige transparencia total sobre las remuneraciones.

Ahora, los supervisores (en este caso los bancos centrales) tendrán que tomar en cuenta si se cumplen estas recomendaciones al vigilar la gestión de riesgos de las entidades financieras. Y, en caso contrario, tendrán la potestad de plantear a la entidad que eleve las reservas de capital para hacer frente a las consecuencias de decisiones arriesgadas. El Consejo comprobará si los supervisores aplican este nuevo esquema a partir de 2010.

El Consejo también evaluará como funcionan las propuestas que ultima el Banco Internacional de Pagos, a través del comité de Basilea II, para evitar que un colapso en los mercados de crédito y títulos de deuda, como el que ha ocurrido ahora, deje secos de capital a los bancos y de liquidez al sistema financiero. El comité publicará, a principios de 2010, normas para elevar los requerimientos legales de capital mínimo (ahora el 4% de los activos), establecer qué títulos (básicamente acciones ordinarias) pueden considerarse capital de máxima calidad y extender las provisiones anticíclicas para crear colchones de liquidez cuando el crédito crece. Y revisará el efecto del actual sistema de calificaciones, monopolizado por tres agencias privadas de EE UU, en la multiplicación del riesgo excesivo.

La creación de colegios que reúnan a los supervisores de los países en los que operan las principales entidades financieras internacionales (ya se han constituido 28) también entre en ámbito del Consejo de Estabilidad. Y, junto al FMI, determinará los criterios para discriminar las entidades con un peso determinante en los sistemas financieros de cada país. Esa definición es la que permitirá a reguladores y supervisores nacionales incluir en su radio de acción a todo tipo de entidades, incluidos los fondos especulativos.

Draghi indicó que se ampliará el equipo técnico del organismo, que por ahora comparte sede con el Banco Internacional de Pagos en Basilea (Suiza) y se duplicará su presupuesto. Si los reguladores y supervisores nacionales aplican con prontitud sus recomendaciones, algo a lo que los países ricos y emergentes se comprometieron el pasado jueves, el Consejo de Estabilidad quedará como el símbolo del orden financiero alumbrado en Londres.

Pero no hay que esperar que las nuevas reglas entren en juego antes de finales de 2010. Si para entonces la presión de la crisis afloja y no se mantienen los compromisos, se recordaría como un brillante ejemplo de la máxima de El Gatopardo, la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Algo tiene que cambiar para que todo siga igual”.

“Por la magnitud del reto que afrontamos y de las medidas que hemos adoptado, Londres será parte de la Historia”, proclamó el presidente de EE UU, Barack Obama, al cierre de la cumbre, recibiendo una insólita salva de aplausos de los periodistas al final del acto, otra demostración más del poder de seducción del lider estadounidense.

Unas horas antes, mientras los líderes negociaban algún párrafo del comunicado final, el cantante y activista Bob Geldof se sinceraba a la BBC: “Llevo veinte años viniendo a cumbres como ésta, mendigando que me entrevisten para hablar de la mitad de la población mundial, que viven en la pobreza y no están representados aquí”, dijo en tono monocorde. Cuando la presentadora le preguntó si había percibido avances, saltó el histrión que Geldof lleva dentro: “Es de una lentitud desesperante… ¡Y muy aburrido!”, exclamó mientras estrujaba un vaso de plástico.

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