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Guillaume Long

La CAN ha muerto

GUILLAUME LONG

glong@telegrafo.com.ec
La salida de Chile en 1976, algunos diferendos territoriales no resueltos entre sus miembros, la crisis de la deuda y el retorno del aperturismo de los ‘80 y ‘90, afectaron seriamente a la salud de la CAN. Pero fueron los TLCs firmados por Perú y Colombia con EE.UU., motivando en el 2006 la salida de Venezuela, que le proporcionaron el golpe mortal.

El hecho es que, de los 4 países que hoy quedan, a ninguno le apasiona la CAN. Para Colombia, la integración regional es claramente secundaria. Su conflicto interno hace que siempre ha privilegiado el bilateralismo con EE.UU. Pese a los recientes esfuerzos de diversificación de sus relaciones orquestados por el canciller Bermúdez, éstas apuntan más a Europa, los países de la cuenca del pacífico, y Brasil, que a los países andinos. (A Brasil le encantaría poder intervenir en un posible proceso de paz colombiano, confirmando así su ascendencia internacional y otorgándole además a Lula, el papel de pacificador para la posteridad).

“A una gran potencia no le conviene que una región se vuelva un bloque sólido…”

El gobierno peruano tampoco le interesa la CAN. Mira hacia EE.UU. y hacia Asia, irritado por el “socialismo del siglo 21” de sus vecinos inmediatos. Bolivia, lo sabemos, está mucho más comprometida con el ALBA que con la CAN. Tiene además pésimas relaciones con Perú, debido a diferencias políticas, personales y estratégicas. Los anhelos bolivianos de salida al mar no se benefician con las pretensiones peruanas de revisar su frontera marítima con Chile.

Y Ecuador, que no tiene relaciones con Colombia, acaba de ser testigo de las incompatibilidades entre su falta de soberanía monetaria y las directivas arancelarias impuestas por la CAN.

La CAN por lo tanto ha muerto. No faltan, por supuesto, los analistas que culpen a Venezuela por el deceso. Pero la realidad es evidentemente otra, ya que ningún proyecto de integración regional es posible mientras los países miembros sigan anteponiendo relaciones con potencias extra-regionales. El “nada socialista” De Gaulle entendió esto muy bien, cuando le planteó al Reino Unido que escoja entre su pertenencia al Mercado Común Europeo y su estrecha alianza con EE.UU. Era obvio entonces, como lo es hoy, que a una gran potencia no le conviene que una región se vuelva un bloque sólido.

Sabemos también que la integración regional se dificulta en ausencia de un grado de homogeneidad política entre los países. El remedio no es la “despolitización de la política exterior” de países frágiles. Países internamente divididos, fragmentados, involucrados en pugnas políticas para imponer hegemonías domésticas, tendrán políticas exteriores, tanto en Colombia como en Bolivia, al servicio de proyectos políticos específicos. Esto no es ni bueno ni malo, es inevitable. No se puede tener políticas de estado sin previamente tener estados-nación coherentes y sólidos; construidos, sobra decirlo, a través del conflicto político.

Ecuador está entonces en la encrucijada. Si la CAN ha muerto, ¿a qué integración le apuesta? Por supuesto, a la UNASUR y a una posible Organización de Estados Latinoamericanos (OELA). Pero también, ¿y por qué no?, a una iniciativa más acorde con su visión política. Ha llegado la hora de unirse al ALBA.

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