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Jacobo Velasco Molina

Después del capitalismo

Jacobo Velasco

velascoj@hoy.com.ec

Si algo se ha desatado con la crisis financiera internacional, más allá de la misma, ha sido una crisis de credibilidad y de creencias que, paradojalmente, proviene de un sistema de valores que nace del descreimiento en cualquier cosa que no funcionara bajo los cánones de la mano invisible del mercado. Ese paradigma sacramentaba sus bondades y satanizaba las opciones alternativas, al punto de aferrarse a un discurso único, sin aparentes vacíos, en donde todo, al final, va a funcionar. La crisis ha demostrado lo contrario: no hay una clara noción de cuánto y qué hacer para que el salvamento funcione; el sistema se llenó de un estigma de desconfianza que se alimentó con la aparición de complejos mecanismos de piramidación (Madoff, Allen) y se traduce en una escasez de crédito que no amainará en el corto plazo; el efecto expansivo del terremoto alcanza velocidades increíbles, con su efecto en la caída automática del crecimiento y el alza del desempleo en casi todo el planeta.

Empero, las alternativas, sobre todo las más radicales, adolecen de los mismos problemas: ven al mundo en blanco y negro; quieren hacer tablarrasa del sistema pensando que matando al perro termina la rabia; creen que sin ellos no existe opción posible. La gran encrucijada es encontrar una alternativa razonablemente satisfactoria para, primero, paliar esta crisis de creencias y, luego, recuperar la confianza perdida. Por el periodo histórico, esta tarea es aún más compleja; la crisis inaugura un necesario reordenamiento no solo las relaciones económicas internacionales, sino de un sistema de relaciones políticas y sociales en el siglo XXI que llevan el lastre de las que funcionaron en el XX pero no son replicables ahora. Será necesario atemperar los ánimos, dialogar, encontrar mecanismos que aseguren la transparencia con la que funcionarán los mecanismos acordados, utilizando correctos sistemas de rendición de cuentas. Requeriremos más democracia, más veeduría, más acercamiento.

Pero este es un deseo. En la práctica, es posible que la reacción conduzca a que los rescates de las economías de los países más afectados -sobre todo ciertos sectores en ellas- impliquen más proteccionismo y aislamiento. Que el diálogo sea uno de sordos. Y que las desconfianzas escalen a las relaciones diplomáticas y políticas con consecuencias parecidas a las que acompañaron la Gran Recesión de 1929. La historia está llena de esos ejemplos. En el proceso de armar de un mundo poscapitalista, países como Ecuador solo pueden ver qué ocurre como testigos. Por más revoluciones que se armen, el resultado no dependerá de nuestros estruendos o discursos. Lo curioso es que el fin de la larga noche neoliberal comenzó no porque el Gobierno satanizó un sistema y consagró otro, sino porque el mundo probablemente gestará una alternativa a medio camino entre las dos opciones. Ojalá nos pongamos en sintonía pronto.

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