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Marcelo Medrano

Einstein y la relatividad (1)

Marcelo Medrano

Buen día. Permítanme presentarle a Albert Einstein… Vamos, anímese, estimado lector, déle la mano y salude; también usted, estimada lectora, besito en la mejilla…a Einstein, no a mí,…, bueno, también a mí, gracias: mucho gusto. Entonces, entremos en el tema: señor Einstein, ¿qué mismo es eso de la relatividad?, ¿es cierto que, a partir de lo que usted dijo, ahora todo es relativo? Obviamente, yo no he dicho esto último -nos cuenta ese Einstein de pelo cano y alborotado-, mis investigaciones se refieren al tema de los sistemas físicos; es decir, estudié, entre otras cosas, si las leyes de la naturaleza son las mismas para ‘observadores’ que se mueven los unos respecto a los otros, sea con velocidad constante o con aceleración. ¡Ahhh!, parece interesante. Es interesante, continúa, sobre todo porque permitió romper con una forma de ver el mundo: una forma de percibir la realidad desde la mecánica y a través de sistemas mecánicos absolutos es ya incompleta.

Para el siglo XIX, prosigue Einstein, la física había encontrado que la luz era una onda pero, como tal, necesitaría de un medio material para transmitirse (como el sonido): ese sustrato material era el enigmático ‘éter’. Y realmente era misterioso ese éter: debía ser una sustancia que ocupase todo el universo (pues debía llegarnos la luz del sol y de las estrellas, por ejemplo), lo suficientemente elástica para permitir el movimiento de los cuerpos pero debía tener una rigidez comparable al acero, y ser más ligera que cualquier vapor o gas. ¿Sorprendidos? Tomen un vasito de agua: así pensaban los físicos de esa época. Y se hicieron muchos experimentos para demostrar la existencia del éter, pero: nada. Nada de nada. En 1887, Michelson y Morley realizaron un experimento para comprobar la naturaleza del éter y para determinar la velocidad de la luz con respecto al éter. Ellos querían demostrar que si la Tierra se movía alrededor del sol, lo hacía a través de un espacio lleno de éter. Como la Tierra se mueve, esto produciría un fenómeno típico similar a cuando usted viaja en automóvil o buseta con la ventanilla abierta: siente un viento en su rostro. Ellos pensaban encontrar el viento del éter, y eso era demostrable al medir la velocidad de la luz.

Imagínense ustedes en un bote a motor yendo río abajo: la velocidad total a la que ustedes se mueven será la suma de las velocidades del bote y del río, ¿cierto? Si fueran río arriba, esa velocidad total sería la diferencia de las velocidades entre el río y el bote. En definitiva, tendrían ustedes una mayor velocidad si viajan a favor del movimiento del río, y una menor velocidad si lo hacen en contra. Lo mismo debía ocurrir con la velocidad de la luz (de un impulso luminoso) si se la medía viajando a favor o no del viento de éter. La sorpresa, y tomen asiento y más agua: ¡la velocidad de la luz permanecía siempre constante! Para aquella época, era imposible creer en ello. Lo que hice yo –continúa Einstein- fue aceptar ese resultado como un hecho de la realidad física, propio de la naturaleza, y eliminar la hipótesis del éter. (Continuará…).

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