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Pablo Lucio Paredes

Los ciudadanos al poder

Pablo Lucio Paredes

“Revolución Ciudadana” es la gran frase (y farsa) de estos años. No hay nada de revolucionario en la acción política o económica, son viejas recetas puestas a la orden del día del poder del día. Y lo ciudadano es inexistente, a no ser que el gastar más en salud o educación, merezca ese calificativo (inversiones fundamentales pero que nada tienen de meritorio, al haber más dinero es obvio que esos sectores reciban más, lo contrario sería oprobioso).

¿Dónde están participando los ciudadanos? ¿En el Quinto Poder, manipulado y orientado, cuyo objetivo esencial es cortar la participación delegándola a un grupo caído del cielo? ¿En una visión caudillista que elimina toda forma de discrepancia y automáticamente convierte al disidente interno y externo en enemigo? ¿Cuando solo queda un espacio para la participación, y es la acción gubernamental que supuestamente representa las aspiraciones de todos y no puede ser cuestionada? ¿En un esquema estatista (allí está la Constitución) que encarga al poder resolver todos los problemas, con ciudadanos a los que se les pide cruzarse de brazos y esperar el paso de la maquinaria salvadora?

Necesitamos la real revolución ciudadana. En hechos concretos y reales. Por ejemplo, si reclamamos que es un abuso que se nos haya cobrado una tarifa aeroportuaria para financiar el futuro aeropuerto de Quito, exijamos que esos aportes sean considerados como una participación accionaria en esa futura infraestructura, y tengamos no solo obligaciones ocultas sino derechos explícitos. Por ejemplo, que nuestros aportes en impuestos para dar vida (y oxígeno resucitador) a empresas públicas de petróleos, telefonía y electricidad, nos conviertan en efectivos accionistas de las mismas, no solo para recibir utilidades sino para exigir calidad y transparencia. Por ejemplo, cuando a través de la sucretización de la deuda o el salvataje bancario se usó dinero nuestro para salvar a empresas privadas eso debió redundar en derechos a la propiedad (en Estados Unidos eso debería hoy suceder con la enorme inyección de dinero ciudadano a las empresas). De la misma manera, participación es escoger dónde colocar nuestros ahorros para jubilación (esto se cerró con brutalidad en Montecristi) porque ese es el primer derecho básico de la participación: escoger sin que alguien desde el poder lo haga por nosotros. Escoger si votamos o no en las elecciones, y no votar solo por el temor a la multa y la indispensable papeleta. Escoger cómo recibir educación, ampliando la gama efectiva de opciones a través de la entrega de bonos: desde lo fiscal y municipal hasta lo privado, pasando por profesores o familias que puedan asumir las actuales instituciones, o escuelas públicas y privadas que puedan asociarse potenciando virtudes, o ciudadanos que puedan destinar sus impuestos directamente a la promoción de la educación básica de la gente de menos recursos. Participar es una real descentralización hacia la gente.

Decidir, escoger y ser solidarios es ser ciudadanos.
Nota: El “hombre del maletín”, emblema (!) de la lucha contra la corrupción en este Gobierno salió libre. Era solo una farsa para desviar la atención en Montecristi. ¿Así terminará el caso Chauvin?

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