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Gabriela Calderón

Que las monedas compitan

Gabriela Calderón

Para defender los derechos de propiedad de cada ecuatoriano no es necesario defender la dolarización ni mucho menos abogar por una moneda regional o nacional. Es necesario enmendar el artículo 303 de la Constitución para que esta diga algo parecido al artículo 259 de la Constitución panameña actual: “No habrá en la República papel moneda de curso forzoso”. Es decir, promover la libertad de cada ciudadano para elegir la moneda en la que quiere realizar sus transacciones.

La propuesta es esencialmente distinta a aquella de emitir una moneda nacional o la de mantener al dólar como moneda oficial. Esta propuesta consiste en no tener moneda oficial, ya que son malos los monopolios creados por la ley.

Muchos añoran una moneda propia. Extrañan el poder de devaluar (o, en otras palabras, el poder de pasarle la cuenta a todos los ecuatorianos del gasto excesivo del Gobierno o de la falta de competitividad del sector empresarial) y una soberanía nacional en lo monetario (o, la falta de soberanía individual para decidir en qué moneda queremos recibir nuestro salario y tener nuestros ahorros).

Por lo tanto, sugiero que el Gobierno emita su propia moneda, que se llame el correa (aprovechando la popularidad de nuestro Presidente), y que cada ciudadano elija entre el correa y las demás monedas que existen en el mundo. Cada ecuatoriano, sin importar su ingreso, color de piel y preparación académica podrá elegir en qué moneda hacer sus transacciones. Si quisiera realizar una transacción con una persona que prefiere otra moneda pues tendría que ver qué tanto quiere hacer negocios con la persona que cobra en yenes versus la otra que cobra en dólares o euros. Lo que sucederá es que espontáneamente una moneda será la preferida sin que haya alguna ley que lo decrete.

El Gobierno puede decidir pagar todas sus cuentas en correas para influenciar el mercado a favor de su moneda ya que tiene un peso sobredimensionado en la economía. Lo que sucede es que el correa se enfrentará a la competencia de otras monedas y creo que le será difícil conseguir suficientes empleados públicos que acepten recibir pagos en los patrióticos pero devaluables correas. Y aún si el Gobierno se niega a pagar en otra moneda, a pocos pasos de Carondelet seguramente los trabajadores públicos encontrarán una casa de cambios donde podrán deshacerse de ellos, si así lo quieren. Digo porque una moneda nacional es tan buena que seguramente todos voluntariamente la aceptaremos. ¿O no?

Lo importante es que el correa logre atraer a suficientes usuarios, sin ser de uso obligatorio. Para atraer a más usuarios el correa tendrá la difícil tarea de mantener su valor a través del tiempo (es decir, no devaluar). Al Gobierno se le hará difícil construir confianza en su moneda luego del triste récord de nuestro primer experimento con una moneda nacional. También es importante que el correa compita con las demás monedas y demuestre que supera a las demás como medio de cambio universal, depósito de valor y unidad de cuenta. Si es tan bueno el correa, los ciudadanos lo elegiremos voluntariamente, ¿o este Gobierno no cree en la voluntad popular?

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