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Economía Española

Esta crisis pasará a la historia

El deterioro es comparable ya con las etapas más críticas de la economía española

ALEJANDRO BOLAÑOS 01/02/2009

La crisis del ladrillo y las hipotecas basura se hace sitio a codazos en la Historia. Una recesión tan aguda como la que confirmó el Banco de España esta semana es un hito que precipita las comparaciones. Se buscan referencias para calibrar el impacto y aventurar lo que pueda venir; una perspectiva que escape del torbellino de malas noticias para contestar cuestiones apremiantes: ¿es la peor crisis de las últimas décadas? ¿Es distinta a otras? ¿Cuánto se tarda en salir de una crisis así?

El crecimiento del XIX oscilaba al ritmo marcado por las cosechas

El impacto de la Guerra Civil y la autarquía franquista no tiene parangón

Los expertos creen que la recesión de 1993 ha dejado de ser la referencia

“Todo apunta a una crisis prolongada”, dice un investigador del CSIC

El Banco de España aprendió la lección del desastre del sector en los setenta

“Todas las familias felices parecen iguales; las desgraciadas lo son cada una a su manera”. Pablo Martín Aceña evoca al novelista ruso Leon Tolstoi para resumir la primera enseñanza del minucioso trabajo de los historiadores, que se dejan la vista en censos agrarios, registros de puertos, padrones y otros legajos para cubrir las lagunas de las estadísticas oficiales. Las calmas que anticipan la tempestad son todas muy parecidas, la euforia es el mejor heraldo de los malos tiempos. “Las crisis suelen venir precedidas por un ciclo alcista en el que hay una apreciación exagerada de activos bursátiles o reales, como los inmobiliarios, etapas en las que hay fuertes flujos de capital y una cierta relajación de los mecanismos reguladores”, explica el catedrático de Historia Económica.

Es fácil reconocer en lo que dice Martín Aceña las señales de la crisis que arrancó en 2007 y no deja de coger fuerza desde entonces. Las alarmas se encendieron, pero quedaron ahogadas por el estruendo de la etapa de crecimiento económico más prolongada de la democracia, por una creación de puestos de trabajo sin precedentes que permitió al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, dar voz al sueño del pleno empleo. “Cuando se pasa bien, el pesimismo molesta mucho”, acota Albert Carreras, catedrático de la Pompeu Fabra.

El sueño se vino abajo. Y el acelerado endeudamiento que alimentó la expansión de la última década deja a España desguarnecida. “En los momentos eufóricos se afirma que ya no va a haber más crisis. Y luego, invariablemente, las hay. Para los historiadores, todo esto da una sensación de déjà vu”, comenta Gabriel Tortella, catedrático emérito de la Universidad de Alcalá de Henares. “Lo que los políticos inteligentes pueden hacer es amortiguar el ciclo, pero nadie quiere ser el aguafiestas”, coincide.

Las estadísticas confirman lo que apuntan los historiadores: el crecimiento no es continuo ni lineal. Aunque echar atrás la vista no es fácil. El Instituto Nacional de Estadística (INE) sólo retrotrae las series del PIB hasta 1977. El Ministerio de Economía enlazó los datos de Contabilidad Nacional, sólo disponibles desde 1958. Más allá, se debe recurrir a las investigaciones académicas.

La reconstrucción más completa, según la mayoría de los historiadores, es la realizada por el catedrático Leandro Prados de la Escosura, que recopiló su trabajo en El progreso económico de España (Fundación BBVA).

Los datos de Prados de la Escosura permiten seguir la pista a la evolución económica de España hasta 1850 [ver gráfico]. Un arduo trabajo que confirma algunas verdades históricas y relativiza otras. Con el desastre, también económico, de la Guerra Civil, se esfumó más del 25% del PIB generado en 1935, la víspera de la sublevación franquista. El coste económico y social no acabó ahí: la represión, el aislacionismo de la dictadura y una sucesión de sequías lo prolongó muchos años más. “La recuperación fue lentísima en contraste con lo que pasó con los países europeos tras la Segunda Guerra Mundial”, recalca Carreras.

La economía española ya marchaba a trancas y barrancas en los años treinta, lastrada por los efectos del crash del 29 en EE UU y la inestabilidad política. Pero el impacto de la Guerra Civil y la autarquía franquista no tiene parangón: el PIB español tardó dos décadas en recuperar el nivel de 1929. La renta por habitante no completó el camino desandado hasta 1956. En la década de los cuarenta, los años del hambre, la agricultura de subsistencia recuperó protagonismo y el sector primario volvió a rondar el 30% del PIB, un peso que no alcanzaba desde el arranque del siglo XX.

Más atrás, la comparación tampoco es fácil: antes de la Primera Guerra Mundial, la curva de crecimiento se asemeja al perfil de una sierra de dientes afilados. “El sector agrario era aún determinante y eso hacía mucho más volátil la economía”, explica Carreras. Una sucesión de malas cosechas llevaba a reducir en más de un 2% anual el valor del PIB. Las carestías en los núcleos urbanos facilitaban aún la propagación de epidemias, como las del cólera, que se hicieron sentir en las cuentas de 1865 y 1885.

Los continuos conflictos coloniales e internos del XIX dejaron en bancarrota a la hacienda pública en varias ocasiones. Y la incipiente industria, lejos de la velocidad de crucero que alcanzó en otros países europeos, no bastó para estabilizar el crecimiento. El sector textil sufrió las consecuencias de la guerra de Secesión en EE UU, que disparó el precio del algodón. Y la inversión en el ferrocarril de mediados de siglo se estrelló contra la escasa demanda y un endeudamiento galopante.

La confluencia de males desembocó en la depresión de 1860-1868 (este último año el PIB cayó más del 10%), que incluyó la crisis bancaria más relevante del XIX (1866) y fue caldo de cultivo para la Revolución Gloriosa que derrocó a Isabel II. Sólo la calamitosa cosecha de 1896 llevó a una situación tan precaria, aunque la crisis duró mucho menos: la repercusión económica del desastre colonial del 98 fue más limitada de lo que asumieron intelectuales y políticos contemporáneos.

Los historiadores creen que 1959 ofrece la primera ocasión para hacer una comparación relevante, aunque con muchos matices. De hecho, el bajonazo en la actividad que anticipó el Banco de España hace unos días sólo encuentra eco en los datos de Contabilidad Nacional de aquel año. En el tramo final de 2008, el PIB español cayó un 1,1% respecto al valor del tercer trimestre. Hay que remontarse a 1960 para encontrar un retroceso mayor; en 1959, la tasa intertrimestral llegó a bajar un 3%, según los datos recopilados por Carreras.

La salida de la crisis de 1959 fue fulgurante. Pero Tortella para los pies antes de insinuar siquiera un posible paralelismo. “Aquello fue una crisis provocada, una intervención de laboratorio en la que se causó un paro cardíaco para sanear la economía y volver a ponerla en marcha, algo que sólo es posible en regímenes dictatoriales”, aclara.

Lo que ocurrió en 1959 fue fruto de un cambio de gobierno que aupó a ministros de marcado perfil técnico al poder. Los tecnócratas, como luego se les conoció, persuadieron a Franco de que había que practicar una terapia de choque. En la década de los cincuenta, la economía empezó a recuperarse gracias al goteo de ayudas estadounidenses, la creación de industrias para sustituir importaciones y un aumento artificial de salarios en las grandes empresas públicas. La economía crecía, pero a partir de un modelo industrial sin recorrido, inflación y desequilibrio exterior.

“Se cuenta que convencieron a Franco diciéndole que no había divisas para comprar gasolina, que los coches se iban a quedar tirados. Franco estaba muy orgulloso del tráfico de Madrid”, relata Tortella, “y que aquella conversación acabó con la célebre frase ‘hagan lo que les dé la gana”. Arrancado el plácet al dictador, Mariano Navarro Rubio puso en marcha el Plan de Estabilización: se devaluó la peseta, subieron los tipos de interés, se aumentó la recaudación de impuestos, se congelaron salarios y se abrió la entrada al capital extranjero. El resultado fue una brutal contracción económica, un reequilibrio de los déficits exterior y público, una tímida liberalización y una progresiva apertura al exterior. Nada simbolizó mejor el fin de la autarquía franquista que la visita oficial del presidente de EE UU, Dwight Eisenhower, a finales de aquel año.

Si se atiende a la serie de crecimiento de Prados de la Escosura, el bajón del PIB en 1959 fue intenso (se pasó de un avance del 6,1% a un retroceso del 0,5% en sólo un año), pero equiparable a lo que luego ocurrió en 1981 o 1993. No todo son tasas de crecimiento. “En la memoria colectiva aquello quedó como una etapa muy dura en la se cerraron empresas y se perdieron muchos puestos de trabajo”, recuerda Carreras.

La dureza del plan de estabilización reactivó la emigración, incentivada por la necesidad de mano de obra de la Europa de posguerra, que ya marchaba a toda máquina. Un millón de españoles emigraron hasta los años setenta, y sus remesas se convirtieron en una fuente de ingresos imprevista. Como tampoco se auguró el boom del turismo, reflejo igualmente de las conquistas de bienestar en Europa. El sector servicios pegó un estirón formidable.

Ni las decisiones políticas, por su dureza, ni los beneficios colaterales -el boom turístico, las remesas de inmigrantes, el auge de la industria pesada- que trajo el plan de 1959 son replicables ahora. La fuerza con la que la economía se puso a avanzar después tampoco aguanta comparaciones: durante década y media, la tasa de crecimiento medio rondó el 7%, lo que delimita la etapa de expansión más prolongada y robusta de la economía española.

Si 1959 fue un año crítico en la memoria colectiva de la posguerra, la primera fecha que evocaron analistas, académicos y políticos en el arranque de esta crisis fue 1993, que dio nombre a la última recesión. Cuando el crecimiento español comenzó a tambalearse, en la primavera de 2008, el consenso entre los expertos era nítido. Pese a que algunos pasajes sonaban igual (precios descontrolados, burbuja inmobiliaria, turbulencias financieras), nadie daba un duro porque se fuera a repetir una situación como la de 1994, con una caída del PIB del 1%.

La intensidad del deterioro económico ha dejado en muy mal lugar todas las previsiones. Ahora, la mayoría de los expertos creen que la crisis del ladrillo y las hipotecas basura dejará atrás la recesión de 1993. “Aquella fue grave, pero todo apunta a que ésta será una crisis más prolongada”, indica Ángel de la Fuente, investigador del Instituto de Análisis Económico (CSIC).

La propia previsión del Gobierno anticipa que este año (-1,6%) se superará la contracción del PIB de 1993. Y que se encadenarán cinco trimestres o más en retroceso, algo inédito en las series deContabilidad Nacional. Algunos hitos de aquella recesión, como el 25% que llegó a marcar la tasa de paro, no se ven ya tan lejos si se atiende a lo que pronostica Bruselas (19% en 2010). Tampoco los niveles de deuda (60% del PIB) o déficit (7,4%) públicos que se alcanzaron en los años noventa suenan ya disparatados a la luz de las últimas estimaciones del vicepresidente económico, Pedro Solbes.

Más allá de si los peores registros de 1993 se baten o no, los expertos insisten en que la diferencia es que el Gobierno no dispone de los instrumentos que permitieron una pronta recuperación. “España ya no puede devaluar la moneda o fijar los tipos de interés para salir rápido de la crisis”, advirtió José Luis Feito, presidente de la comisión económica de la patronal CEOE, cuando se le pidió una comparación con 1993.

El fantasma de una crisis prolongada obliga a dar un nuevo salto atrás, hasta el decenio negro que arrancó en paralelo a la transición democrática. “En el mercado laboral fue durísimo, entre 1976 y 1985 no dejó de destruirse empleo”, recuerda Matilde Mas, investigadora del Instituto Valenciano de Investigaciones (IVIE). La tasa de paro pasó del 7% al 20%; los 12 millones de ocupados de 1975 no volvieron a superarse hasta 12 años después.

“Ahora se parte de un colchón de 20 millones de empleos, no creo que se llegue a aquello”, indica De la Fuente, aunque matiza: “Queda la incógnita de las implicaciones sociales del paro entre los inmigrantes, que cuentan con una red de apoyo mucho menor”.

La espoleta de la depresión de mediados de los setenta fue internacional: la crisis del petróleo de 1973 puso punto final a la expansión de la posguerra en Europa y EE UU. Con la demanda a la baja y el subidón del precio de los combustibles, que se repetiría con el conflicto Irán-Irak, las vergüenzas de una industria poco competitiva quedaron al descubierto.

“El régimen, que estaba moribundo y buscaba el apoyo popular, respondió subiendo salarios y subvencionando el petróleo, lo que empeoró la crisis después”, indica Albert Carreras. Ni que decir tiene que la incertidumbre política se dejó notar. “Las reglas de juego cambiaron para los empresarios y muchos optaron por exportar capital”, recuerda el catedrático Tortella.

La vorágine de inflación, tipos de interés altos y contracción del consumo se cebó en los bancos. Sus carteras, muy dependientes de inversiones industriales, se devaluaron de la noche a la mañana. “A la crisis industrial, se sumó que la desregulación [con la ley de 1962] propició la creación de nuevas entidades y la incorporación de banqueros poco expertos, que fueron menos cuidadosos con los riesgos. Además, el Banco de España basaba su actuación en leyes obsoletas, en algunos casos del siglo XIX”, recapitula Pablo Martín Aceña.

La crisis bancaria fue atroz, con víctimas ilustres como el Banco Urquijo o Banca Catalana. “Se llevó por delante la mitad del sistema financiero, hubo que intervenir en medio centenar de bancos”, enfatiza el catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares. Si se sustituye cartera industrial por cartera inmobiliaria, la comparación con lo que acontece hoy asusta. Pero en aquella ocasión, los dirigentes del Banco de España se conjuraron para que la historia no volviera a repetirse.

“Con Luis Ángel Rojo a la cabeza, el Banco de España estableció mecanismos de supervisión preventiva y se instituyeron las reservas estadísticas”, añade Martín Aceña. A la nueva posición del organismo supervisor, le deben ahora bancos y cajas su mayor resistencia a las turbulencias financieras. El Banco de España impidió prácticas habituales en otros países, como sacar del balance los instrumentos de inversión en activos de alto riesgo, y obligó a elevar provisiones cuando más dinero se prestaba.

¿Alguna enseñanza más para evitar una crisis prolongada? “Soy pesimista”, responde Tortella, “la salida pasa por mejorar la productividad, y eso es difícil a corto plazo, hay que adaptar el capital humano a actividades que requieran más cualificación, pero el sistema educativo es un desastre”. “Se han acumulado muchos desequilibrios, ha habido años en los que se ha construido tantas casas como en muchos países europeos juntos, un déficit exterior del 10% del PIB es una barbaridad”, añade De la Fuente, que sólo ve posible mejorar la competitividad a corto plazo con “acuerdos para moderar los salarios”, a imagen de los Pactos de la Moncloa de 1977. Algo mucho más difícil cuando apenas hay inflación, como ahora.

El investigador del CSIC coincide con Carreras en un concepto paradójico, la década perdida, para el periodo democrático en el que se prolongó mas la bonanza económica. “Ha habido más crecimiento y empleo, gracias al aumento de la financiación y de la mano de obra inmigrante, pero no se ha aprovechado el tiempo para hacer reformas”, indica el catedrático de la Pompeu Fabra.

Los expertos respaldan los millonarios incentivos fiscales, pero muestran reparos a algunas iniciativas del Gobierno. Martín Aceña rescata otra cita, en este caso de Ramón Gómez de la Serna: “Los experimentos en casa y con gaseosa”. Y otra lección histórica: “La política fiscal expansiva acaba en más deuda pública y eso lo pagarán las próximas generaciones vía impuestos o inflación”.

Los casos de Italia o Portugal, inmersos en años de estancamiento económico vienen a la cabeza de todos. “A Italia no nos parecemos en nada y menos aún a Portugal”, rebate Matilde Mas. La investigadora del IVIE, más optimista, recuerda que “Italia tiene problemas de productividad en todos los sectores y España sólo en construcción y hostelería”. Mas apunta que, precisamente, la opción de mejorar la productividad abre una senda de la que otros países avanzados ya han recorrido un buen trecho. “El riesgo está en no aprovechar la oportunidad de salir reforzado de la crisis”, afirma.

Lo acontecido en las últimas décadas reserva aún alguna lección más. Por ejemplo, que si se repite la historia, el Gobierno volverá a equivocarse en sus previsiones: la tasa de paro no empieza a bajar hasta uno o dos años después de que acabe la recesión, frente a lo que augura Solbes para 2010. Y, también, que las crisis precipitan los cambios políticos. El brusco deterioro de la economía antecedió a la Revolución Gloriosa de 1868, a la Guerra Civil, y más recientemente a los principales golpes de mano electorales de la democracia. La crisis sirvió en bandeja el triunfo electoral a Felipe González (PSOE) en 1982. Y volvió a soplar a favor de la victoria del PP en 1996. El horizonte que se vislumbra para 2012 brinda una oportunidad histórica a Mariano Rajoy de recuperar el poder. Claro que el mismo adjetivo valdrá para describir el descalabro del PP si los socialistas logran resistir en La Moncloa.

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