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Guillaume Long

CO2 y sobrevivencia

GUILLAUME LONG

Hasta hace menos de una fracción de segundo, de acuerdo a la famosa metáfora de las 24 horas desde el nacimiento de la vida, nuestro planeta emitía cantidades decrecientes de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera. La revolución industrial del siglo XIX revirtió esa tendencia hacia lo ascendente, un fenómeno que ha sido acelerado en las últimas décadas.

Si los efectos precisos del calentamiento global son aún desconocidos, sabemos lo que conllevan a grandes rasgos. Se pronostica el alza del nivel del mar, con graves repercusiones sobre zonas bajas o sumergibles, y, según la región, dramáticos procesos de desertificación o, al contrario, violentas precipitaciones; sin hablar de los efectos que tendrán los agujeros en la capa de ozono sobre la salud animal y vegetal, incluyendo la de nuestros hijos, nietos y bisnietos.

“Los países poderosos seguirán defendiendo la anarquía y la ley del más fuerte…”

La buena noticia es que los escépticos y demás charlatanes que niegan la existencia del calentamiento global, apoyados a capa y espada por la administración Bush que buscaba una justificación seudo-científica para no tener que reducir las emisiones de los EE.UU. y no ratificar el Protocolo de Kyoto, se harán más discretos (y pobres) durante la administración Obama. Pero la verdad es que ni Kyoto, cuyo propósito es intentar reducir (demasiado modestamente) las emisiones de gases a efecto de invernadero, ni las iniciativas que existen, por ejemplo, en el seno de la Unión Europea, han logrado reducir las emisiones de CO2. Los gobiernos europeos hablan mucho de su apego a estrictas normas, pero sus esfuerzos han sido más cosméticos que reales, por lo que muchos se dedican hoy a cocinar cifras, como lo hace notoriamente el gobierno británico, que demuestren una supuesta reducción de las emisiones de CO2 en relación con 1990, sin tomar en cuenta una serie de emisiones, como por ejemplo las del transporte aéreo.

En esta excesiva producción “antropogénica” de CO2, tienen por supuesto gran responsabilidad los países del primer mundo. En ese sentido, China, hoy primer emisor de CO2 en el mundo, se defiende con el argumento acertado de que no es uno de los mayores emisores per cápita. Pero este argumento, al que recurren otros miembros del BRIC, empieza a sonar a excusa, además de reproducir una vacua lógica que suena a “él roba mucho, yo sólo robo poquito”.

Una vez mas, volvemos a la necesidad de atarnos todos, pero sobre todo a los más fuertes, a la ley del colectivo, es decir, a un contrato social que trascienda lo doméstico. Los países poderosos seguirán defendiendo la anarquía mundial y la ley del más fuerte. Pero es deber de todos, y sobre todo del “Tiers Etats” de los estados periféricos, imponer fuertes instituciones internacionales para dar lugar a un verdadero régimen de regulación de emisiones.

Antes que la humanidad se enfrente al reto climático, pasaremos probablemente por catástrofes a gran escala. Mientras tanto, debemos dejar de percibir una mayor institucionalidad global como algo idealista e inalcanzable. No olvidemos que de la utopía nacen, en parte, las grandes transformaciones históricas, y que cuando la utopía se vuelve sobrevivencia, no existe más remedio que buscar el cambio.

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