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Felipe Burbano de Lara

El espectro del caudillismo

Por Felipe Burbano de Lara

La sostenida popularidad y credibilidad del presidente Rafael Correa, su impresionante vocación de poder, y el seguro triunfo suyo en la próxima elección de abril -si no ocurre ningún terremoto político en estos meses- debería llevarnos a considerar el caudillismo como forma de dominación política en el Ecuador para los próximos años. Mirarlo ya no como un fantasma, sino como un fenómeno político en plena construcción, como el rostro oscuro de la revolución ciudadana.

La conversión de Correa en caudillo se nutre de su alta popularidad -fenómeno tan inédito como intrigante-, de la serie de eventos electorales ganados en los últimos meses -cada uno de los cuales ha engrandecido su poder y ha dejado adversarios derrotados- y de la posibilidad real de extender su permanencia en la Presidencia por ocho años más, si triunfa en las próximas elecciones. Dos son condiciones básicas para el aparecimiento de un caudillo, y las dos las posee Correa: convertir a la política en un juego en torno a su poder y voluntad personal, y proyectar su influencia en el tiempo, hasta quién sabe cuándo (Chávez es ya un espectro materializado, que busca la perpetuación en el poder mediante la reelección indefinida).

El lenguaje de las cadenas sabatinas muestra con claridad esta conversión de Correa en caudillo: cada vez habla con mayor frecuencia del país como suyo, del poder como una expresión de su voluntad arbitraria, como un recurso para la amenaza y el amedrentamiento constantes. Dos ejemplos del último sábado ilustran con precisión lo dicho: “No jueguen con nosotros” -sostuvo refiriéndose a los empresarios que no pagan impuestos- porque “les pongo un impuesto obligatorio a las ventas”. El segundo: “Protesten todo lo que quieran” -dijo refiriéndose a los trabajadores petroleros- “pero eso sí, me paran un solo pozo petrolero y se van enseguida a sus casas”. No puede aparecer más claro esta identificación del Gobierno como una manifestación de su voluntad personal (les pongo) y la interiorización del país como suyo (me paran un solo pozo). Frente a este poder caudillista, los ciudadanos deben ser obedientes o atenerse a las consecuencias. En la mutación hacia caudillo, Correa se apropió del poder, del Gobierno y del país. Peligroso escenario el que se cierne dado el mesianismo de todo caudillo que logra consagrar su poder. La característica del poder caudillista es ante todo la arbitrariedad: lo usa a discreción, sin límites, sin marcos regulatorios, guiado exclusivamente por su voluntad y por la creciente necesidad de dominar y encontrar obediencia. El caudillo también hace descansar su poder en unos pocos colaboradores de su más absoluta confianza, cómplices suyos, beneficiarios de su autoridad y de su poder, leales y sumisos. Y en su faceta más peligrosa, descansa crecientemente en un aparato que se monta para defender y proteger al caudillo, para lograr su proyección en el tiempo, para preservar su nombre, e incitar siempre a la obediencia.

No vamos a reelegir un presidente en las votaciones de abril; vamos a consagrar un caudillo, dueño de la patria y de las voluntades de todos. Vamos a consagrar un principio de autoridad y dominación política incompatible con los ideales encerrados en la cacareada revolución ciudadana.

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