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Economía Mundial

El colapso de Islandia

Ana Delicado Palacios

Ha tenido que dimitir el Gobierno de Islandia en bloque para que aparezca en algunos medios de comunicación algo sobre este país que tan lejos queda de la atención mediática. Como si fuera algo que hubiera surgido de un día para otro. Como si la rabia de sus más de 300.000 habitantes solo pudiera oírse ahora, y como si las manifestaciones espontáneas que ya surgieron en octubre fueran un berrinche de poca monta en un país poco acostumbrado a las protestas.

Y es que puede cundir el ejemplo en otras naciones. El primer ministro de tendencia conservadora, Geir Haarde, ya había anunciado el día 23 su renuncia y la convocatoria de elecciones anticipadas. Tres días ha necesitado la prensa para digerir semejante noticia y publicarla en sus páginas. Ahora es cuando se ha visto abocada a informar –con cierto pudor, eso sí– de la crisis que de repente afecta a Islandia, y que ha hecho nada menos que hacer caer al Gobierno de coalición.

Pero la caída en picado no comenzó hace unos días; ni siquiera hace semanas. El estallido de un sistema que ya no daba más se remonta a octubre, cuando por entonces el Fondo Monetario Internacional acudió en ayuda del país nórdico para prestarle 2.100 millones de dólares.

“Ha tenido que dimitir el Gobierno de Islandia en bloque para que capte la atención mediática…”

Islandia también había recibido un préstamo de otros 3.000 millones de Dinamarca, Finlandia, Noruega, Polonia, Rusia y Suecia, de acuerdo con la agencia EFE. Pero el inicio de la debacle tiene su origen mucho antes, en el año 2000, cuando los bancos estatales fueron privatizados. Fue cuestión de tiempo para que comenzara una burbuja especulativa, que consistió en pedir prestadas grandes sumas de dinero para invertir tanto dentro de la nación como fuera, sobre todo en Reino Unido.

El año pasado la situación se hizo insostenible. Los bancos, según The Financial Times, debían una cantidad que era seis veces el PIB de Islandia. Entonces el Gobierno decidió nacionalizarlos. Y la bancarrota no se hizo esperar.

Y, mientras tanto, la ecuánime agencia Europa Press, junto con Reuters, se atreve a explicar la dimisión del ministro alegando “que padece un tumor”. Nada se dice sobre las protestas que, frente al Parlamento, han protagonizado los islandeses en los últimos días, o sobre el descalabro de los tres bancos más importantes del país. La televisión llega aún más allá: Islandia ni siquiera existe.

Al igual que la prensa ha decidido pasar de puntillas sobre el caso de Islandia, tampoco conviene mencionar el último informe de Naciones Unidas sobre Desarrollo Humano, que define a este país como el mejor lugar del mundo para vivir. La fundación británica New Economics también ensalzaba a Islandia como la nación más feliz de toda Europa.

Llama la atención, en todo caso, que por una vez el derrumbe de un Gobierno no sea sólo novedad en América Latina o en África, como si los europeos no tuviéramos nada que ver con semejantes exabruptos.

Sirva de advertencia para lo que se nos viene en los próximos meses.

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