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El remedio sueco

ÁNGEL UBIDE

Esta semana, además de la proclamación del presidente Obama, ha sucedido un acontecimiento que potencialmente puede cambiar de manera drástica el panorama económico. Los gobiernos británico y americano acaban de admitir que tienen una crisis bancaria y, por tanto, van a tomar finalmente las medidas necesarias para resolverla. Hace más de 18 meses que reventó la burbuja crediticia, pero hasta ahora los gobiernos se han comportado como si el problema fuera una crisis de liquidez, una crisis de confianza donde los agentes económicos se han asustado, con el corolario de que, una vez que retorne la confianza, todo volverá a la normalidad.

En EE UU han entendido que hay que hacer dos cosas a la vez, recapitalizar bancos y comprar activos ‘tóxicos’

La receta para la resolución de una crisis bancaria sistémica es bien conocida y la hemos discutido en esta columna varias veces, siguiendo el modelo sueco de principios de los años 90, aplicado con éxito en las múltiples crisis bancarias de los mercados emergentes en 1997-98: acometer una evaluación rigurosa de las pérdidas, cerrar los bancos insolventes, recapitalizar los bancos solventes pero con problemas (o los insolventes pero demasiado grandes para poderlos cerrar de manera ordenada) y transferir los activos tóxicos fuera del balance para que los bancos puedan retomar la actividad crediticia. Si los activos tóxicos permanecen en el balance los directivos de los bancos dedican una gran parte de su tiempo a gestionar los activos con problemas -en otras palabras, los bancos se dedican a minimizar perdidas, en lugar de maximizar las ganancias- y por tanto actúan de manera muy conservadora. Por tanto, aunque los bancos reciban infusiones de capital, serán muy cautos a la hora de prestar.

Hasta ahora, las autoridades mundiales han optado por recapitalizar los bancos y proveer garantías para las emisiones de deuda. A su vez, se han dedicado a proclamar que la causa principal de la crisis ha sido la imprudencia de los bancos, que tenían poco capital y eran poco cuidadosos a la hora de prestar (el comunicado del G20 del pasado noviembre es un claro ejemplo). La conclusión es que los bancos, en el futuro, tendrán que tener unos niveles de capitalización superiores. ¿Si usted fuera un banco, escuchara a las autoridades hablar de esta manera, viera la situación económica actual incierta como es, tuviera millones de euros de activos de dudosa calidad en su balance, y recibiera una inyección de capital, qué haría? Lo racional sería “ahorrar” este capital, es decir mejorar la capitalización del banco y continuar con una actitud muy prudente hasta que tenga una mayor certeza de las perdidas que aflorarán de los activos dudosos de su balance. Y esto es exactamente lo que están haciendo los bancos, lógicamente, por mucho que las autoridades se lamenten de que los bancos no están “colaborando”.

El crédito no fluye porque las autoridades, hasta ahora, no han querido seguir el modelo sueco de resolución de crisis bancarias. Y la razón es sencilla: por una parte, implica reconocer que existe una crisis sistémica del sistema bancario; por otra parte, el coste fiscal ex-ante (no ex-post, ya que en muchos casos los gobiernos acaban generando beneficios de la gestión de estos activos) es elevado, ya que hay que capitalizar una institución pública que se haga cargo de los activos tóxicos. El debate en EE UU ha completado el círculo: en octubre pasado se anunció que se comprarían activos tóxicos, luego que se recapitalizarían los bancos, finalmente han entendido que hay que hacer las dos cosas a la vez.

En Gran Bretaña se van a dotar 300.000 millones de libras para este plan, en Estados Unidos el montante tendrá que ser bastante superior. Es una operación complicada y que implica un aumento importante de los pasivos públicos, pero necesaria para restablecer el flujo crediticio. ¿Y en Europa? Pues, como siempre, vamos a remolque. Hay actuaciones puntuales, como en Alemania donde se han intervenido múltiples bancos, pero no hay un proceso sistemático de resolución de esta crisis. Si hubiera un organismo de supervisión bancaria a nivel europeo, y la voluntad política de dotar los recursos necesarios, se podría organizar un “remedio sueco”, identificando los bancos con problemas y forzándoles a reconocer las pérdidas y recapitalizarse adecuadamente. Pero hay bancos demasiado grandes para el tamaño de sus países de origen, y bancos con actividades en múltiples países que requieren una actuación multinacional de difícil coordinación. Así que, debido a las deficiencias de nuestro sistema de resolución de crisis financieras -deficiencias que se han sabido desde el inicio de la Unión Monetaria pero que no se han querido resolver- Europa seguirá adoptando las medidas posibles, no las adecuadas, para resolver esta crisis.

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