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Editorialistas de Ecuador

Revolución guevarista

Alfonso Oramas Gross

Debe ser la nostalgia, la honda y emotiva nostalgia por el mito revolucionario lo que impulsó a nuestro Presidente a señalar no solo que la revolución ciudadana era también guevarista, sino también que el Che es, a fin de cuentas, uno de los grandes hombres que ha dado la humanidad. Claro, debe ser la nostalgia lo que lo animó también a que una gran imagen del Che ilustre la última parte de su reciente informe de labores, con una leyenda que decía “Firmeza, compromiso y energía”.

Debe ser también la nostalgia por la utopía, por el paladín de la justicia ciega, por el ejemplo de la dedicación total a una causa, lo que me hizo llenar de sorpresa cuando, al contrario de toda la literatura que es posible encontrar a favor del Che, me percaté de la existencia de dos libros de reciente publicación, La cara oculta del Che escrito por Jacobo Machover, dedicado a la desmitificación de quien llama héroe romántico y Comediantes y Mártires, ensayo contra los mitos, escrito por Juan José Sebreli y que ganó recientemente el premio Debate Casamerica, en el cual también revela las contradicciones profundas y complejas de Ernesto Guevara. Pero, ¿cómo es posible, me pregunté, que en contra del ritual guevarista, existan quienes se atrevan a criticarlo?

Paradójicamente, los dos autores, más allá de cuestionar el supuesto “humanismo revolucionario” del Che, ilustran sus obras con una serie de referencias de carácter histórico que vale la pena revisar, al menos para tener una visión más justa de este aparente prohombre de la humanidad, y así surgen historias como cuando en 1952, el Che escribía “veo dibujado en la noche que yo… aullando como poseído, asaltaré las barricadas o trincheras, teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre mis manos”, o como cuando desde enero a junio de 1959 en su calidad de Comandante en Jefe de la prisión de la Cabaña, daba la orden de ejecutar cerca de 180 detenidos, “sin que se usen métodos legales burgueses, pruebas secundarias”, o como cuando, en 1967, expresaba en un discurso que “hay que mantener el odio como elemento de lucha, un odio implacable al enemigo que nos impulsa más allá… y lo transforma (al hombre) en una máquina de matar, efectiva, seductora y fría”.

Y uno llega a la conclusión de que tras toda la imagen reverenciada, tras todo el cliché, tras las fotos y las películas, el Che, más que propuesta es mito, más que certeza es duda, más que ejemplo es propaganda. No se trata de deslegitimar el recuerdo de quien para muchos fue una vida dedicada a una causa, pero contra la idea de que se trata de uno de los grandes hombres que ha dado la humanidad, sí es posible afirmar que existen miles de mejores ejemplos de personajes históricos, más humanos, más lúcidos, sin tanto odio cegador y traumático como el que animó al Che gran parte de su vida. Y cuando se habla de revolución guevarista, ¿de cuál estamos hablando?, ¿de su fallida incursión en el Congo, de su fantasía del “hombre nuevo” o de su ronda a la muerte en Bolivia? ¿Es esa la revolución guevarista o mejor, es ponerme la camiseta de Emelec, mi equipo que este año será campeón, con el rostro del Che impreso en la espalda? Si de eso se trata, larga vida al Che.

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