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Pablo Lucio Paredes

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…Así es, la bella isla del Caribe debe ser nuestra inspiración en dignidad, calidad de vida y espíritu revolucionario. De ahí provienen las nuevas verdades. Y no podía ser de otra manera, el famoso “buen vivir” pregonado en Montecristi y tan poco entendido es eso: poca ambición, poco desarrollo, cada uno haciendo lo mínimo para no destacarse en extremo (con excepción de los deportistas de economía privilegiada), todos esperando las órdenes superiores para actuar y una dignidad sometida a los vaivenes regalones de la Unión Soviética o Venezuela (o de los turistas en busca de sexo mal pagado).

Cuba es un ejemplo de esfuerzo colectivo en pro de la salud y la educación, lo que es importante y digno de imitación. Pero esto conlleva unas cuantas dudas, empezando por recordar que antes de la revolución Cuba ya tenía indicadores sobresalientes en estos campos frente a casi toda la región.
Otras dudas: ¿es tan buena la educación cubana como se dice? ¿Tiene sentido abrir los ojos a la gente, porque eso es la educación, para luego cerrarles cualquier oportunidad de progreso en la vida? Y lo más importante: para lograr esos meritorios resultados, Cuba ha movilizado casi todos los recursos sociales, con lo cual ha frenado el desarrollo en cualquier otro campo (incluso en campos tan básicos como las comunicaciones)… pero en el mundo hay muchos países que no solo tienen iguales o mejores resultados en educación y salud que Cuba, sino que al mismo tiempo han logrado mejorar notablemente la calidad de vida de sus ciudadanos. Quizás es mejor mirar hacia otros países que sí han logrado ser eficientes, dignos y a la vez solidarios.

Supuestamente es meritorio que la burguesía haya salido de Cuba. No sabemos si es un llamado político a que la oposición deje el Ecuador para que el Gobierno viva a sus anchas. O un llamado económico a que desaparezca el espíritu emprendedor y creativo de la burguesía, motor del desarrollo económico. Destacarse es un pecado capital.

Quizás se quiere imitar a Cuba en sus paradigmas mentales. Coartar la relación entre responsabilidad, esfuerzo (salvo en los pequeños espacios dejados a la iniciativa personal) y resultados en la vida. Desacreditar la importancia de la propiedad como motor de las relaciones entre personas, y de los precios como vehículo de intercambio. Plantear la política social, no como el resultado de un esfuerzo y éxito compartido, sino como una dádiva estatal. Propiciar el absolutismo individual como forma evolutiva de la política. Eliminar la libertad como sustento ético de la sociedad.

No hay mejor manera de juzgar a un país que por los pasos que guían a la gente hacia o desde ese territorio. ¿Cuánta gente quiere abandonar Cuba?
¿Cuánta gente quiere ir al paraíso? ¿Cuántos de sus más fervientes admiradores, lo son solo con miradas lejanas? Y ese juicio de la geografía errante es nefasto para Cuba. De esa bella isla que ahora es nuestro paradigma.

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