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Jorge Núñez

Crisis y oportunidad nacional

Las crisis económicas son un producto cíclico de la economía capitalista mundial. Son el resultado de la irracionalidad en la producción, el manejo especulativo del capital financiero y la competencia salvaje entre las grandes empresas y países. Por eso, son otro espacio de confrontación y guerra entre las grandes potencias capitalistas, que recurren a su arsenal de “armas económicas prohibidas” para vencer e imponerse a sus rivales. Así deben entenderse la actual devaluación del dólar, los enormes subsidios a la industria automovilística y la baja de tipos de interés en EE. UU., que han puesto contra la pared a Europa y Japón, volviéndolos menos competitivos.

Dada la creciente globalización de la economía mundial, también son arrastrados a esa guerra los países emergentes y explotados, que tienen que devaluar sus monedas para volverse más competitivos o dictar leyes proteccionistas para proteger su mercado interno.

Pero las grandes crisis, con todo el desempleo, miseria y pánico social que producen, son también oportunidades de desarrollo para los países dependientes, como lo muestra la historia del siglo XX y los ejemplos de los países de mayor desarrollo en nuestra región, tales como Brasil, México y Argentina.

La industrialización brasileña comenzó en el marco de la crisis mundial de los años treintas, cuando la “Revolución Varguista”, buscando romper la dependencia con los EE. UU., puso en marcha un proceso de sustitución de importaciones, construcción de infraestructura industrial (Siderúrgica de Volta Redonda, PETROBRAS), diversificación del comercio exterior y búsqueda de la unión aduanera con los países próximos. Y el gran motor de ese proceso fue el Estado, que, según el líder brasileño Getulio Vargas, tenía la “obligación de organizar las fuerzas productivas”, dada la incapacidad y debilidad de la empresa privada.

La industrialización mexicana se inició por la misma época y coincidió con el gobierno nacionalista del general Lázaro Cárdenas. Comenzó con el proteccionismo y la sustitución de importaciones, en productos de consumo masivo, y se amplió luego a la industria pesada. Hitos importantes de ella fueron la reforma agraria, la estatización de los ferrocarriles (1937), la nacionalización del petróleo y creación de PEMEX (1938) y el Plan Sexenal, que delineaba la intervención del Estado en los campos agrario, industrial, sindical y educativo.

La industrialización argentina aprovechó la crisis de la Segunda Guerra Mundial y tuvo como gestor a la “Revolución Justicialista” liderada por Juan Domingo Perón. Enfrentada al estancamiento del sector primario y la falta de divisas, Argentina nacionalizó el comercio exterior y desarrolló una política proteccionista. Luego anunció un Plan Quinquenal basado en cuatro pilares: protección y desarrollo del mercado interno, nacionalismo económico, rol preponderante del Estado y papel central de la industria. También aplicó una política salarial redistributiva y creó el Banco Central, para “promover el desarrollo de la industria y el mejoramiento de la producción agrícola y ganadera”, regular el crédito, controlar a los bancos y proteger el ahorro interno.

Hoy, esos tres países están a la vanguardia de América Latina.

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