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Gonzalo Chiriboga Cháves

Lecciones de Irlanda

Por Gonzalo Chiriboga Cháves

Una feliz iniciativa de la Cámara de Industriales de Pichincha, ha traído a Quito a quien fuera el artífice principal de la transformación de un país, que pasó en apenas algo más de una década, de ser el más atrasado de Europa, a ser la nación con el segundo ingreso per cápita más alto de la Unión Europea. Para comprender en su justa dimensión el fenómeno irlandés, es preciso recordar los antecedentes que precedieron a la era del gran desarrollo.

Luego de la secesión de Irlanda en 1922, se inició un período caótico fraguado por una sangrienta guerra civil, el éxodo masivo de la población irlandesa y los avatares de la Segunda Guerra Mundial. Cincuenta años de desgobierno llevaron a su población a límites cercanos a la miseria. Las luchas intestinas habían llevado a concluir que se trataba de una república no viable. La penuria fiscal, condujo al gobierno a recargar de impuestos , llevando la tasa impositiva sobre el 60% a mediados de los 70. Esto encendió la mecha de un período de corrupción sin precedentes, aún para tan atribulado y dividido territorio. Un nacionalismo extremo, con altas barreras a las importaciones en busca de un modelo de sustitución de importaciones, al estilo de la Cepal de Prebisch, impedía la competencia y generaba monopolios.

La década de los ochenta fue catastrófica. El desempleo alcanzó el 20%; el déficit del sector público era del 15% del PIB y la deuda externa presionaba de manera asfixiante. En 1987, el partido Fianna Fáil alcanzó el poder. Era una organización que en su nacimiento había sido más bien de corte radical y que para cuando asumió las riendas de Irlanda, se había situado ya en el centro. Fue ese gobierno el que inició la verdadera revolución en Irlanda y que con el tiempo se convertiría literalmente, en la envidia de Europa.

Las reformas introducidas apuntaron de inmediato a reducir el tamaño del Estado, a fomentar la competencia a través de liberar las importaciones, disminuir dramáticamente las tarifas impositivas y el fomento a la inversión extranjera. El foco del desarrollo cambió de una elemental estructura agraria, hacia una moderna economía del conocimiento, a través de invertir agresivamente en la educación de todo nivel, atrayendo inversiones de alta tecnología y avanzados servicios, acompañados de un innovador desarrollo industrial. Implementadas las reformas, la economía creció entre 1994 y 2000, a una tasa promedio del 10% y, entre 2001 y 2005, a una media del 7%. Igual de lo que sucedió en su momento en España y en Chile, se celebraron pactos sociales que permitieron dinamizar la economía, sin la intromisión perversa de la política. Para 2006, Irlanda fue ya el segundo país con más alto ingreso per cápita en el mundo (US$46.000), sólo detrás de Luxemburgo. Pero más importante aún, ocupa el quinto lugar en el planeta, en el Indice de Desarrollo Humano y The Economist la declaró como número 1 en calidad de vida en 2005. Desde luego, parecería un ejemplo bastante mejor para emularse que Venezuela…

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