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Editorialistas de Ecuador

Estos pobres capitalistas

Acostumbrados a la fragancia exótica de perfumes fabricados para su consumo exclusivo, a beber whisky cuya botella cuesta cuarenta mil dólares, a mirar la hora en relojes de un millón de dólares, a automóviles de plata pura, a sanitarios de oro incrustados de diamantes, a navegar en yates de cien millones de dólares, los milmillonarios viven en una opulencia digna del fin del mundo; en algo deben gastar su dinero estos pobretones de espíritu.

Estas riquezas y la pobreza generalizada en el mundo están vinculadas y las generan, entre otras causas: la explotación del hombre por el hombre; la socialización de la deuda privada por parte del Estado; las exenciones de impuestos; los subsidios a las clases pudientes y la privatización de las empresas públicas a precio de fantasía en comparación con su valor real, en las que participa un sector exclusivo de compradores, que soborna a los vendedores y da coimas a la burocracia corrupta que los favorece. Con estas reglas de juego a su favor, cualquier Perico de los Palotes puede convertirse en milmillonario, y todo esto da como resultado la acumulación de la riqueza en pocas manos y que la mayoría de la población mundial viva una vida miserable. También, por otra parte, algunas grandes fortunas se logran sobre la base de desplumar al prójimo, moviendo fondos para cubrir unas operaciones con otras y generar beneficios ficticios, pues no hay actividad productiva alguna que los genere.

Un ejemplo patético son los milmillonarios rusos. El derrumbe de la URSS desencadenó en la nomenclatura, especialmente entre los hombres de negocios salidos de la “catastroika”, una lucha violenta por obtener e incrementar sus áreas de influencia. El presidente Yeltsin, con el pretexto de privatizar, entregaba a las mafias las riquezas del país por una bagatela; era una época fructífera para el interés de esos buitres, que nunca debieron existir en un sistema que había nacido para liberar al hombre de todo tipo de servilismo. Eran el fruto de la decadencia moral de los herederos de la vieja guardia revolucionaria y el prototipo de hombres de negocios que carecían de escrúpulos en sus actividades comerciales, donde mezclaban el crimen, la política y el chantaje.

No hacían más que cumplir la ley básica del capitalismo: “La obtención de mayores ganancias mediante el robo de las riquezas de otros países, en especial, de los subdesarrollados; mediante el sistemático latrocinio de los pueblos atrasados, las guerras de rapiña y la militarización de la economía”. Por algo Balzac escribe: “Detrás de toda gran fortuna hay un gran crimen”. Pero la burguesía francesa de su época lucraba de manera insignificante si se compara con el saqueo masivo llevado a cabo por los milmillonarios rusos. Sin duda, el mundo actual vive bajo el más perfecto y cruel capitalismo, sistema que crece estimulado por los innumerables mecanismos creados para que la riqueza se acumule cada vez más en menos manos, hasta que esta ambición sin límite aniquile la Tierra; entonces será el lloro y el crujir dientes que anunció Jesús.

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