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Gonzalo Chiriboga Cháves

Enfrentando la crisis

Por Gonzalo Chiriboga Chaves

Durante los últimos días, el mundo ha mirado atónito los pobres resultados de las descomunales medidas de salvamento implementadas por la mayoría de los Gobiernos de los países desarrollados. La ineficacia de los intentos no hace sino evidenciar la severidad de la crisis que azota al planeta. Se ha vuelto ya patética la imagen de los líderes políticos procurando explicar la inverosímil realidad. Algunos de los más connotados economistas del globo han participado en el diseño de una estrategia que pretende mitigar el pánico en el que se han sumido los mercados de capitales.

Los intentos se han estrellado contra una realidad simplísima: los ahorradores, que se suman literalmente por cientos de millones, han visto desplomarse el valor de sus activos financieros de manera dramática.

Las noticias en tiempo real sobre la evolución de los índices de precio de las acciones dan cuenta de cómo se ha pulverizado por el momento el valor de las inversiones en cerca del 40%. La realidad ha terminado por convencer al más incrédulo sobre la total interconexión global que tienen hoy los mercados respecto de los flujos de capitales.

La pérdida del valor de los ahorros de un número indescriptible de gente ha supuesto que los ahorristas sientan haberse empobrecido, de manera súbita, en cerca de la mitad del valor que tenían sus inversiones, hasta hace apenas pocas semanas. Esa sensación hace que, de inmediato, se frenen los gastos planificados poco tiempo atrás. La adquisición de una vivienda o de un nuevo vehículo, la programación de viajes, cambio de muebles o electrodomésticos, son todos gastos que, sin duda, pueden ser diferidos. Es cuando la prudencia aconseja hacer una pausa ante la posibilidad cierta de que muchos de los agentes económicos pierdan estabilidad en sus fuentes de ingreso constantes. Este diferimiento repentino en la velocidad del gasto produce un deterioro enorme en las finanzas de las empresas dedicadas a producir bienes o servicios cuya adquisición pueda diferirse, que son las primeras afectadas.

El mercado está pasando factura a los accionistas de los activos financieros que se cotizan públicamente. Las empresas y los Estados mantienen entretejidos los hilos conductores de las operaciones de provisión de bienes y servicios. Serán infinitos los casos en los que compañías que aportan con impuestos a los Estados de los que dependen vean transformadas sus utilidades de pocos meses atrás en pérdidas, ante la imposibilidad de reducir violentamente sus gastos fijos.

Ya se escuchan planes en marcha de enormes conglomerados económicos, planificando reducir de manera agresiva gastos para el próximo año. Por si fuera poco, las monedas nacionales están experimentando desafíos enormes y los Gobiernos gastan ingentes sumas en procurar estabilizarlas. Sólo el tiempo nos dirá qué Estados y qué empresas fueron capaces de capear el temporal siniestro que ha invadido al mundo y que apenas alcanzamos a visualizar. Se ha restado hasta el límite el campo para la demagogia.

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