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Moneda Centroamericana

La moneda única centroamericana entre sueños y demagogia

En la declaración que surgió hace unos días luego de la más reciente cumbre de presidentes de Centroamérica que tuvo lugar en la ciudad de San Pedro Sula, Honduras, los mandatarios de la región acordaron impulsar una serie de medidas que apuntan al fortalecimiento del proceso de integración regional de cara a la apertura de los intercambios, sobre todo en materia económica, de nuestra región con el resto del mundo.

Una de las más ambiciosas intenciones de la declaración en mención es la creación de una moneda única centroamericana. Sinceramente, al considerar esta “iniciativa” da la impresión de que los presidentes centroamericanos no están conscientes de los retos que implica un paso de esa magnitud.

La creación de una moneda única para la región centroamericana conlleva, en principio, la unión de toda la región en muchos ámbitos. Los países centroamericanos no están, actualmente en condiciones de integrar un sólido bloque económico, comercial y político, puesto que presentan situaciones muy diferentes y hasta contradictorias. En países como Nicaragua la institucionalidad democrática está seriamente cuestionada. El Estado de Derecho está severamente averiado por la influencia política partidaria que se hace presente desde las más altas estructuras del Estado y se proyecta verticalmente en un efecto piramidal hacia las estructuras intermedias y básicas de funcionamiento del aparato público. Esta situación contrasta con la de otros países de la región, como Costa Rica, que tiene una sólida tradición democrática que le da una proyección internacional muy positiva; misma que le ayuda a captar los más elevados índices de inversión extranjera.

Una unión centroamericana requeriría de la armonización de una política de desarrollo social y económico que no es muy viable en las circunstancias actuales, en vista del franco retroceso que están enfrentando algunos países como Honduras y Nicaragua en sus indicadores de reducción de pobreza y reducción de la desigualdad. Un acuerdo político marco entre las naciones centroamericanas presupone una lógica de largo plazo en el ejercicio del poder en cada uno de los Estados miembros que le dé estabilidad al proceso de unión. Lamentablemente, salvo honrosas excepciones, como Costa Rica, nuestros países se están reinventando cada cuatro, cinco o seis años, según la filosofía de los partidos que asciendan al poder.

Desde el punto de vista estrictamente económico es totalmente inviable la moneda única centroamericana a la luz de las enormes asimetrías económicas que persisten, y se agravan con el tiempo, entre los países de la región. La unión económica de Centroamérica supondría, tal y como ocurrió con la Unión Europea, el establecimiento de una serie de parámetros e indicadores económicos mínimos que los Estados deberían cumplir para pasar a formar parte del bloque. Un nivel razonable de inflación, un déficit fiscal bajo control, una política monetaria responsable, una política económica coherente con los grandes principios de integración regional, los índices de desempleo mantenidos razonablemente bajos; todas estas grandes tareas son, a la postre, enormes retos que difícilmente los países centroamericanos lograrán mantener encarrilados a lo largo de los muchos años que duraría el proceso de integración económica.

El componente político es también uno de los puntos más débiles de cualquier alternativa integracionista en la región. El Parlamento Centroamericano, la Corte Centroamericana de Justicia y las demás “instituciones” de integración de nuestra región moverían a la risa por el ridículo que hacen si no fuera por el elevado costo que para cada uno de nuestros Estados representan y lo insignificante que resulta el “trabajo” que realizan.

Todas estas instancias son foros políticos sin mayor relevancia en la vida institucional de los Estados adheridos, ya que sus resoluciones y decretos no tienen carácter vinculante para ningún país. Resultan siendo, al final de la historia, simples clubes sociales a donde llegan a medrar, a la sombra de los presupuestos públicos de las naciones centroamericanas, una serie de políticos fracasados en los ámbitos nacionales o políticos frustrados que andan quemando sus últimos cartuchos al final de sus insípidas carreras en el “servicio público”.

El bloque económico centroamericano es un sueño. No es viable porque el contexto político regional no se presta para acuerdos de largo plazo. Nuestra región es demasiado inestable en términos políticos. Desde el punto de vista económico, el reto es extremadamente complejo porque no hay potencias en nuestra región que estén en condiciones de transferir recursos a los países menos aventajados para que alcancen el nivel mínimo de desempeño macroeconómico para consolidar sus economías. Cabría preguntarse ¿por qué, en vez de estar queriendo vender el sueño de una moneda única centroamericana, los presidentes mejor no suscriben una declaración en favor de una iniciativa que sería -si se le llegara a considerar- un poco más realista, como es la dolarización de las economías de la región; tal y como ya lo han hecho países como El Salvador y Panamá?

*El autor es especialista en economía gubernamental. Catedrático invitado de la Universidad Autónoma del Noreste, México.

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