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Editorialistas de Ecuador

Límites del estatismo

Por Manuel Terán

Como la historia nos advierte, los regímenes en los que se practica un capitalismo de estado, solo son viables mientras existen  recursos que pueden financiar la aventura empresarial de la burocracia omnipotente. El mejor ejemplo de aquello es precisamente lo que queda de la llamada Unión Soviética. Mientras en la década de los setenta el precio del petróleo, al igual que hace apenas pocos meses, estaba por las nubes la expansión de la potencia comunista se encontraba en auge. Muchos analistas endilgan a la administración Reagan la caída forzosa del precio del crudo en los años ochenta, situación que también afectó  al Ecuador. Sea o no esa supuesta política una de las causas que desplomaron el precio,  la verdad es que tuvo una consecuencia inmediata: el debilitamiento de la economía soviética y la caída  del sistema comunista. La incursión en Afganistán con resultados desastrosos en la parte militar acompañado del gasto que aquello representó, con el valor de las exportaciones petroleras por los suelos, terminaron por derrumbar el  uno de los regímenes totalitarios más largos de la historia.

Con la desaparición del estado soviético y el surgimiento de una nueva y voraz burguesía cuyos cuadros más prominentes provinieron precisamente de los antiguos grupos de poder que formaban parte de la burocracia comunista, caía uno de los experimentos políticos y económicos más audaces que se han instaurado a lo largo de los tiempos.  La lección era simple: los estados totalitarios pueden hacerse del control íntegro del poder mientras tienen recursos para atender, aun cuando sean precariamente las necesidades de la población. Si estos escasean por cualquier motivo, sean estos de orden interno o externo, y no existen fuentes a dónde acudir para obtener recursos frescos, estos terminan desplomándose más tarde o más temprano.

De allí que, aprendida la lección, otros regímenes que iban por igual camino, con mayor visión de mediano y largo plazo, obtuvieron recursos del odiado mundo capitalista. La inversión que ha fluido hacia la China en los últimos años no tiene precedentes. Asimismo, países en los que hace apenas cuatro décadas era impensable que tengan prácticas de economías abiertas, por las razones que fueren, han terminado abriendo sus puertas al capital foráneo, como es el caso de Vietnam. Eso les ha permitido seguir adelante si bien continúan utilizando la retórica socialista.

Latinoamérica no es ajena a este fenómeno. Podemos apreciar cómo la influencia de un país ha ido creciendo  a fuerza de petrodólares. Pero, desinflada su fuente de ingreso, como las de otros países de la región que han abrazado el mismo discurso, empieza a tener problemas. Lo cierto es que  han parado los ofrecimientos espectaculares.

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