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Ciencia, Paul Samuelson

Premio Nobel: recetas para descubrir, inventar… y ganar

El premio Nobel de Economía Paul Samuelson especificó en 1970 ciertas condiciones necesarias que un científico debe tener para obtener el prestigioso galardón. El tiempo demostró que no estaba equivocado

Para los medios y, como consecuencia, para el gran público, el mito refleja a los investigadores científicos como seres superdotados, distraídos, en algunos casos profundamente malignos y sedientos de poder y en otros como personas que se sacrifican por el bien de la humanidad.

Casi todos aparecen en la televisión mirando por un microscopio o manejando máquinas infernales generadoras de impactantes rayos. ¿Pero cómo son realmente?

La realidad en términos generales es que son personas comunes, con inteligencias normales, quizás curiosas, preguntonas -o quizás, mejor, autopreguntonas-, muchas veces obsesivas.

Por una parte, son esforzados trabajadores y, por otra, haraganes que buscan trabajar lo menos posible. Así, a partir del invento de la rueda, no se necesitó transpirar para arrastrar pesadas cargas. En el mismo sentido apuntan la máquina de vapor, el automóvil, el motor eléctrico, las computadoras, los robots o los controles remotos.

Se pueden colegir las características de un buen investigador imaginando la escena de entrega de los premios Nobel en Estocolmo en 1970, en la que un grupo de estudiantes, invitado para intercambiar ideas con los premiados, le preguntó a Arne Tiselius -premio Nobel en 1948 y presentador de nuestro Luis Federico Leloir, premiado ese año- qué había que hacer para ganar el Premio Nobel.

Tiselius contestó que no sabía cómo aconsejarlos. Para él, el premio principal era el goce que produce el trabajo de investigación y sus consecuentes descubrimientos e innovaciones… Pero cuando el Premio Nobel de Economía de ese año, Paul Samuelson, agradeció en nombre de todos los premiados, retomó el tema comentando que él podía decirles como ganar el premio y que ello, incluso, era muy fácil.

“Lo primero es tener grandes maestros”, y en su caso se consideró afortunado. Entre otros de sus maestros citó a Wassili Leontief, premiado luego con el Nobel en 1973, tres años después.

Lo segundo, dice Samuelson, es trabajar con grandes colegas, colaboradores y compañeros. La bendición que tuvo Samuelson en ese sentido le hace citar tres nombres, entre los que están James Tobin y Robert Solow, premiados 13 y 17 años después respectivamente.

En tercer lugar deben tener alumnos que se destaquen y, dado el gran número de discípulos de Samuelson, éste sólo se animó a dar tres ejemplos. Ellos fueron Lawrence Klein, Robert Mundell y Joseph Stiglitz, los que ganaron bastante después el Nobel, en 1980, 1999 y 2001 respectivamente.

La cuarta condición indicada por Samuelson es que se deben leer los trabajos de los grandes maestros, para lo cual cita a siete de ellos. Dos hasta el año 2003, Bertil Ohlin y Gunnar Myrdal, fueron premiados cuatro y siete años después de que se escucharan estos consejos de Samuelson en 1970.

Factor suerte

“La quinta condición -se apresuró a decirles- es la suerte”. Evidentemente Samuelson acertó en la cita de sus maestros, compañeros de investigación, discípulos e investigadores cuyos trabajos deben leerse: entre todos ellos hubo ocho que recibieron el premio años después de que él los citara. Evidentemente, Samuelson tenía el ojo bien entrenado. Habría que preguntarse cuántos, de los otros once que todavía no lo recibieron, serán premios Nobel en el futuro.

No obstante, la brillantez de la -en cierto modo- “demostración” de Samuelson, se podrían enriquecer sus consejos.

Para hacer más descubrimientos, deben tenerse en cuenta, además de las condiciones individuales, las ambientales.

Respecto de las condiciones ambientales, son las que se refieren a la existencia, en un país, de un poderoso o débil sector de ciencia y tecnología, incluyendo al conjunto de sus investigadores, sus medios de vida y, por supuesto, la existencia de fondos para invertir en elementos necesarios para el trabajo de investigación. En ambientes ricos en medios y, sobre todo, en cantidad de personalidades trabajando en investigación, la posibilidad de formarse como buen investigador es mayor. En caso contrario, mayores serán los esfuerzos que el investigador deberá hacer para conseguir buenos descubrimientos.

Todo tiene su grado de relatividad. Las ideas de Samuelson para ganar el premio Nobel fundamentalmente fueron la de tener grandes maestros. Lo habitual en el trabajo de investigación es que éste se aprende trabajando con buenos investigadores.

Los buenos investigadores producen, además de descubrimientos, buenos discípulos.

La influencia de los grandes maestros, de los compañeros de trabajo de excelencia y de los buenos discípulos puede visualizarse cuando se vinculan esas relaciones con los premios Nobel. Así, con J.J. Thomson, premio Nobel en 1906, trabajaron cinco investigadores que luego fueron premiados. Con uno de ellos, E. Rutherford, investigaron nueve discípulos que luego fueron Nobel y uno de ellos, Niels Bohr, lo hizo a su vez con nueve colaboradores que recibieron ese premio, entre ellos W. Pauli, quien tuvo cuatro discípulos luego también premiados. De entre ellos, I. Rubi formó nueve Nobel, uno de los cuales, J. Schwinger tuvo cinco que recibieron el Nobel y, finalmente, uno de estos últimos, J. Steinberger, lo ganó con sus discípulos M. Schwartz y L. Lederman, en 1988.

Genética intelectual

Esta valiosa descendencia se podría definir como un fenómeno de “genética intelectual”.

Una rara excepción fue la de nuestro Nobel Bernardo Houssay, que se formó a sí mismo. Con él aprendieron a investigar Luis F. Leloir, Nobel en 1970, y Andrés Stoppani, que, si bien no fue premiado, formó a César Milstein, el tercer argentino premio Nobel en 1984. Milstein podría considerarse nieto científico de Houssay.

Leloir, en una nota periodística de 1986 en LA NACION, titulada “El descubrimiento al alcance de todos”, se pregunta: “¿Qué factores influyen para que algunos hagan descubrimientos repetidamente y otros una sola vez o nunca? El tema es de gran interés ya que, de llegarse a saber el por qué, se podría enseñar más racionalmente a los discípulos cómo investigar con buenos resultados o programar a una computadora para que hiciera descubrimientos para nosotros”.

“Las nuevas ideas e inventos se le ocurren a personas que están pensando constantemente en un problema”, dice.

Entonces, de repente, o como consecuencia de un pensamiento inconsciente, la solución aparece: “¡Eureka, la encontré!”

El caso de Arquímedes es un ejemplo de trabajo mental complementado con la observación. En otros casos, para que las observaciones o conocimientos previos e hipótesis sobre ellos sean válidos, hay que hacer experimentos.

“Varios de mis compañeros -dice Leloir- tuvieron buenas ideas sobre cómo hacer un buen experimento estando en el baño o en la cama, en las primeras horas de la mañana. Paz y aislamiento son las ventajas del baño o la cama. No es fácil concentrarse en un tema en el tumulto de una fiesta”.

“La discusión entre 4 o 5 personas aisladas, trabajando en el mismo problema o proyecto de investigación puede ser muy fructífera. Es importante el examen crítico de las hipótesis, para descartar las malas o aquéllas que no puedan ser probadas con los métodos disponibles. Ciertas personas no tienen mucha imaginación y tienen sólo unas pocas ideas, mientras que otras están tan llenas de nuevas ideas que no tienen el tiempo ni la paciencia para probarlas todas”, señala.

Un descubrimiento requiere “conocimiento, curiosidad, paciencia y un factor poco divertido y romántico, pero muy importante: el trabajo duro”.

No va a ser fácil encontrar el método seguro y perfecto para producir buenos descubrimientos o invenciones. La complejidad del problema está relacionada con la complejidad del cerebro humano.

Aunque se han dado indicios de cuáles son algunas características del trabajo de investigación indicados por dos premios Nobel, ambos de 1970, Samuelson y Leloir, existen otros estilos de investigación. Algunos premios Nobel hallaron sus principales ideas en condiciones diferentes, sin todas las características señaladas, y ganaron el Nobel con un único trabajo importante, pero tan trascendente y revolucionario que su ciencia y el método de trabajo en ella cambiaron radicalmente. Pero este tipo de premiado es excepcional.

Por Enrique Belocopitow

El autor es investigador y divulgador científico, y vicepresidente de la Fundación Instituto Leloir.

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