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Gabriela Calderón

Stiglitz y Charlton no comprenden cómo ayudar a los pobres

Gabriela Calderón, El Universo

En su artículo “La Ronda de Doha no comprende cómo ayudar a los pobres” (Financial Times, 13 de diciembre de 2005), el premio Nóbel de Economía y anterior economista jefe del Banco Mundial, Joseph Stiglitz junto con Andrew Charlton, argumentan que si la Ronda de Doha logra un acuerdo sobre liberalización comercial, los países pobres tienen poco o nada que ganar. Sin embargo, el intercambio voluntario genera riquezas y la reducción de pobreza sin precedentes del último cuarto de siglo es sin lugar a dudas la mejor prueba de ello.

De acuerdo a Xavier Sala-i-Martin de Columbia University, la cantidad de pobres en el mundo de acuerdo a las medidas convencionales de $1 y $2 al día en dólares constantes ha sido reducida por entre 300 y 500 millones de personas desde 1970. Mientras que en 1970 20% y 44% de la población mundial vivían con $1 y $2 al día, respectivamente, hoy esas cifras han caído a 5% y 18%, respectivamente. Gran parte de esta reducción de pobreza se dio en China e India, países que abrieron sus economías y han comenzado a liberar el potencial productivo de sus ciudadanos.

En general, se ha ido reduciendo la pobreza mientras más se han ido abriendo las economías. Por lo tanto, ¿tiene sentido considerar a la liberalización comercial como una concesión? El éxito de países que liberalizaron su comercio unilateralmente como Chile, Hong Kong y Nueva Zelanda demuestra que esto no tiene sentido. Estos países no esperaron a que los países ricos se den cuenta del daño que ellos mismos se hacen con su proteccionismo. Ellos se adelantaron y hoy están gozando de mayores niveles de crecimiento económico y sus ciudadanos disfrutan de una mejor calidad de vida que aquellos de los países pobres que no han abierto sus economías.

Stiglitz y Charlton dicen que lo que los países ricos quieren es que los países pobres “se contenten con ser los proveedores agrícolas de las naciones ricas”. Esta forma de decirlo sugiere que al proveer bienes agrícolas solo las naciones ricas salen ganando. Además menosprecia la actividad agrícola al considerarla inferior a otras actividades. La agricultura es igual de valiosa que cualquier otra actividad productiva. Que unos países sean productores agrícolas hoy en día mientras que otros son productores de textiles y de otros bienes industriales no es nada más que el resultado de la división y especialización del trabajo a través del mundo. Debido a esto es que usted hoy puede tomarse una taza de café colombiano, ponerse una camisa de algodón de la India, ponerse sus zapatos hechos en China, y comerse un pedazo de carne Argentina sin preocuparse de cómo se produjeron estos bienes o cómo llegaron al Ecuador. Es decir, si usted es un taxista o un empresario puede que le preocupe depender de su carnicero para obtener su carne pero no por eso va a comenzar a cazar y criar vacas. Usted solo tiene que preocuparse de producir lo suyo para ganar lo suficiente y poder comprar lo que el carnicero le vende.

A Stiglitz y a Charlton les preocupa que al reducir las barreras al comercio los países pobres serán “invadidos” por los productos de los países ricos. ¡Qué horror! Imagínese ser invadido por zapatos y ropa y alimentos más baratos y de mejor calidad. ¿Qué será de los pobres si se los invade con alimentos y bienes más baratos?

Stiglitz y Charlton dicen que los países más pobres del mundo son importadores netos de alimentos. Por lo tanto, ¿tiene sentido que los países en vías de desarrollo le impongan las barreras más altas a las importaciones agrícolas? Por supuesto que no. Si lo que más necesitan los países pobres son alimentos, ¿qué hacen sus gobiernos imponiendo los aranceles más altos a las importaciones agrícolas? Los aranceles agrícolas promedio aplicados en el mundo en vías de desarrollo y en los países en vías de desarrollo de ingresos bajos es de 15.2% y 16.6%, respectivamente, mientras que en los países desarrollados es de tan solo 2.8%. Y este proteccionismo no es nuevo ni está en decaída en los países en vías de desarrollo. El hecho de que los países pobres sigan siendo importadores netos de comida es más que suficiente para demostrar que el proteccionismo agrícola no ha servido el propósito de hacer más eficiente a la agricultura de los países pobres.

Luego dicen ellos que la Ronda de Doha necesita enseriarse con respecto a la “ayuda externa a cambio del comercio”. Esto supone que sin la ayuda externa el comercio no genera desarrollo. El hecho de que hace 100 años todos los países del mundo eran países subdesarrollados y que hoy algunos de ellos se han convertido en países desarrollados sin ayuda externa de un organismo multilateral o de otros países es prueba de que no hay mejor ayuda que la libertad económica y la expansión del comercio. En efecto, no hay mejor ayuda por parte de los países ricos que su apertura comercial (lo cual podrían realizar por su propio bien) y por parte de los gobiernos de los países en vías de desarrollo que permitir un mayor grado de libertad económica a sus ciudadanos.

Finalmente, es extraño que Stiglitz y Charlton se preocupen de que la liberalización comercial ate las manos de los gobiernos en los países en vías de desarrollo cuando estos gobiernos han estado haciendo mucho y dejando hacer poco. Como decía Swami Aiyar del Economic Times de India sobre este país, que a pesar de las reformas todavía “hay cien hombres con el pie en el freno y ninguno con el pie en el acelerador”. Los países pobres necesitan que se despolitice la actividad económica. Quitarle poder a los políticos y dárselo al ciudadano ordinario es una de las más grandes ventajas del libre comercio. Esperemos que en la Ronda de Doha este mes en Hong Kong los políticos que negociando nuestras oportunidades de comercio piensen más en nosotros, los consumidores, que en sus propios bolsillos.

Este artículo fue publicado en El Universo de Ecuador el 15 de diciembre del 2005.

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