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Pablo Lucio Paredes

La crisis: tener y distribuir

Estamos entrando ya en el torbellino de la crisis. Hay que reconocerlo, no con regocijo sino por necesidad y pragmatismo. Las remesas van cayendo. 

La balanza comercial ha pasado de un positivo de 300 millones a un negativo equivalente. El desempleo supera el 8,6%. La cuenta corriente del Gobierno, y la reserva internacional, ha perdido cerca de 1.000 millones. 
Los bancos van apretando las condiciones financieras. Las ventas se frenan mientras la incertidumbre acelera. Tapar la realidad solo empeora los problemas.

Y para enfrentar esta crisis, es decir minimizar su impacto sobre la gente más pobre, se requiere ser sensato y prudente, palabras prohibidas en las altas esferas. Prioridad: evaluar de cuántos recursos monetarios disponemos y cómo dinamizarlos, “cuánto tiempo hay que hacerlos durar” y hacia dónde los distribuimos.

1) ¿Qué hacer para mantener activo el flujo de divisas? Líneas de crédito externas abiertas (porque sí es sano endeudarse parcialmente cuando hay un bache temporal)… pero las declaraciones de ilegitimidad y el no pago de la deuda van en la dirección contraria. Flexibilidad en el movimiento de capitales… pero subir el impuesto a la salida de capitales es exactamente lo opuesto. Mantener sólido al sistema financiero… pero varias medidas apuntan en contra, mientras la fuerte subida de aranceles nos cierra circuitos externos. Atraer inversión… pero el Estado es cada vez más dueño monopólico de más espacios de acción productiva. Así vamos a disponer de menos divisas, cuando la crisis ya implica una pérdida de recursos entre 4.000 y 5.000 millones anuales. Y si alguien está pensando (¿no están pensando?) prohibir el flujo de capitales hacia el exterior y peor aún salir de la dolarización, eso solo agravaría dramáticamente los problemas.

2) ¿Cómo distribuir internamente esos fondos disponibles? Deberíamos orientarlos masivamente hacia las actividades que más sufren en la crisis, es decir el sector productivo y familias de migrantes: crédito, rebaja de impuestos, etcétera… Lo que implica congelar el gasto corriente del Estado (salvo educación, salud, y la red social fundamental) y priorizar las obras. Y priorizar el empleo sobre la expansión salarial. El ritmo al que crece el gasto público no demuestra esa orientación. Desgraciadamente, el Gobierno debería tener 3.000 millones ahorrados que con un gasto público creciendo al 15% anual podrían durar dos años, cuando tenemos 1.800 millones que a un ritmo de gasto del 50% anual solo duran cuatro meses (por eso ahora hay que tomar dinero de los afiliados del IESS).

Algunos se preguntan. ¿pero orientar los recursos hacia los sectores productivos significa un “salvataje” estatal al sector privado? No, significa que los recursos que no son del Estado sino de los ciudadanos, se orienten hacia las necesidades más apremiantes de la gente (dueña de los impuestos) afectada por la crisis, en particular congelando el gasto público (ya que bajarlo es casi utópico) y disminuyendo impuestos. No es momento de regalos políticos ni de sonrisas electorales, sino de realidades apremiantes porque los más pobres son los golpeados por las crisis mal manejadas, los ricos nunca pierden.

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