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Editorialistas de Ecuador

El euro ya se cree todo un dólar

Andreu Misse

“En 10 años, el euro se ha convertido en la segunda moneda del mundo. ¿Qué será de él dentro de 10 años?”, preguntaba hace unos días el ex presidente francés Valery Giscard d’Estaing al selecto grupo de comensales reunidos en la cena de clausura del noveno Foro Económico de Bruselas. Entre los asistentes figuraban el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet; el comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, Joaquín Almunia; el ex comisario de Competencia Mario Monti; el ex ministro alemán de Hacienda Theo Waigel y destacados especialistas de las finanzas europeas, que captaron el guiño de la pregunta del ex presidente francés. La cuestión de fondo, sin verbalizar, es si el euro llegará a ser igual o incluso más que el dólar.

Un reto para el euro es que sea aceptado como una moneda “de la ciudadanía”

Muchos europeos piensan que es responsable de la subida de precios

En el ágape se manifestaron pocas dudas sobre el recorrido de la moneda única durante su primera década, considerada mayoritariamente un éxito. Pero sobre el futuro se acumularon muchos interrogantes y desafíos. La posibilidad de consolidarse como una moneda internacional de reserva es la gran aspiración no disimulada de los gestores europeos.

Disponer de una moneda internacional de reserva tiene múltiples ventajas. Es lo que el general Charles de Gaulle llamaba “el exorbitante privilegio” en su batalla contra la hegemonía del dólar en 1965. Entre estos privilegios figura la posibilidad de obtener financiación más fácil y barata por parte del Tesoro y de las empresas del país. El riguroso estudio EMU@10, promovido por la Comisión Europea, en el que han participado más de ochenta expertos, detalla estas ventajas.

A Estados Unidos le resulta muy sostenible su creciente déficit corriente al contar con la moneda de reserva de referencia, que le permite pagar muy poco para financiar su deuda exterior y, al mismo tiempo, obtener un rendimiento muy alto en sus inversiones extranjeras. P. O. Gourinchas y H. Rey señalan que esta diferencia entre los tipos que pagan por su deuda y lo que perciben por sus inversiones exteriores no ha cesado de crecer, desde el 0,26% en 1944 hasta el 3,3% desde el año 1973.

Estos economistas señalan que un Estado que tiene una moneda internacional de reserva “disfruta de unas ganancias de capital cuando su moneda se deprecia, puesto que sus activos en el exterior están mayoritariamente denominados en moneda extranjera”. Así, la Oficina de Análisis Económico de Estados Unidos muestra que, en el periodo 2002- 2004, la depreciación del dólar produjo unas ganancias netas de capital a los residentes estadounidenses de 920.000 millones de dólares, lo cual compensó más de la mitad del déficit por cuenta corriente acumulado por Estados Unidos en este periodo, que fue de 1,6 billones de dólares.

Desde muchos puntos de vista, a EE UU le ha venido de perlas la depreciación de un 25% del dólar desde 2002. Y tiene mucho sentido que el euro aspire a compartir una parte de estos ingentes beneficios o privilegios. Más que una amenaza para el dólar, Richard Portes y E. Papaioannou, en su trabajo sobre El papel internacional del euro, sostienen que “dentro de una década el euro podría desempeñar un papel aproximadamente similar al del dólar en un sistema monetario internacional esencialmente bipolar”.

Estas expectativas de futuro se basan en los buenos resultados cosechados en los primeros 10 años de vida. Giscard señalaba que tras la experiencia de esta década se impone una constatación: “En un mundo perturbado, en un océano de imprudencias financieras o incoherencias económicas, la zona euro aparece como un islote de racionalidad”. Para el ex presidente francés, lo más relevante es que el euro se ha convertido “en una moneda segura”. Y una “moneda segura”, añadía, “es también un hecho económico, sociológico, cultural y, evidentemente, político”. Para Almunia, “el euro es un éxito económico pero también político”.

La realidad es que numerosos indicadores reflejan los efectos positivos que ha tenido la moneda única. El estudio EMU@10 destaca especialmente los logros en inflación, empleo y tipos de interés. La inflación se ha situado alrededor del 2%, frente al 3% de los años noventa y de más del 8% de los ochenta. “Otro logro económico tangible en los primeros 10 años del euro”, señala el estudio, “ha sido un masivo crecimiento del empleo, con la creación de 16 millones de puestos de trabajo”, dos millones más que Estados Unidos en el mismo periodo. Esto ha permitido una caída del desempleo del 9% en 1999 al 7% en 2008″. Según el trabajo, el fuerte crecimiento del empleo “sugiere que las reformas del mercado laboral han proporcionado resultados”. Así, la tasa de empleo (ocupados entre 16 y 64 años) ha pasado del 62% en 1998 al 68% en 2008, sólo a un pelo del 70% del objetivo de Lisboa para la Unión. La mayor parte del crecimiento es atribuible a una mayor participación de las mujeres y de los trabajadores mayores.

Para el director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, este panorama confirma que “el euro está ahí y funciona. El éxito está a la vista”. “El euro”, añade, “reduce la vulnerabilidad de las economías de la zona euro”.

Pero no todos los países han salido igualmente beneficiados. La historia del euro es también de ganadores y perdedores. Así, el citado estudio de la Comisión distingue entre los buenos resultados de tres de los cuatro países de la cohesión (España, Irlanda y Grecia) que “han mostrado un satisfactorio desarrollo global, mientras que el cuarto (Portugal) ha decepcionado”. El sólido resultado de los tres países beneficiarios ha sido proporcionado por “un auge de la inversión, estimulado por las entradas de capital y la integración de los mercados financieros actuando como catalizador”.

La clave para entender el rendimiento más débil de Portugal ha sido “una pobre gestión fiscal”, con un crecimiento de la carga impositiva, mientras que el gasto público ha crecido de manera desigual, con desvíos fuera de la productiva formación de capital público.

Una de las asignaturas pendientes del euro es que sea aceptada como una moneda de “la ciudadanía”, como reclamaba Giscard d’Estaing. La opinión pública europea no tiene tan claras las ventajas de la moneda única como los economistas. Según el Eurobarómetro, dos tercios de los ciudadanos consideran que el euro “es una cosa buena para Europa”, pero menos de la mitad que “es buena para su país”. Por otra parte, aunque los estudios demuestran que los precios mayoristas no han subido con la introducción del euro, muchos ciudadanos tienen otro punto de vista, en parte por las subidas en vivienda, alimentación y energía.

Pero los éxitos del euro han llegado después de una larga marcha. La idea de crear una Unión Económica y Monetaria (UEM) ha sido la innovación más importante desde Bretton Woods, en 1944, cuando se acordaron las nuevas reglas del comercio y las finanzas internacionales y se crearon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Cuando en 1957 nació el proyecto europeo, los Estados se concentraron en crear el “mercado único” y no se hizo ninguna referencia a la moneda única, aunque sí se hacía mención a la necesidad de una coordinación económica. Los orígenes de la UEM se perfilan más claramente en 1970 con la publicación del informe Werner, que preveía crear la UEM en diez años, pero una oleada de inestabilidad financiera aplastó las esperanzas. En 1979 se lanzó el Sistema Monetario Europeo con el objetivo de reducir las fluctuaciones de las monedas y coordinar las políticas monetarias entre los socios. El mecanismo funcionó bien, pero hubo que esperar hasta el final de la década de los ochenta para reavivar el proyecto de una moneda única.

En 1988, el Consejo Europeo constituyó un comité liderado por Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea, para que estudiase la creación de una Unión Económica y Monetaria. Delors, con el apoyo del canciller alemán Helmut Schmidt, presentó un plan para crear la UEM en tres etapas de progresiva coordinación económica que fue aprobado por el Tratado de Maastricht en 1991.

Tras casi una década de preparativos, los líderes europeos acordaron, en mayo de 1998, crear el euro y constituir el Banco Central Europeo el 1 de junio siguiente, del que hoy se cumplen 10 años. El 1 de enero de 1999, el euro se convirtió en la moneda oficial de 11 países: Bélgica, Alemania, Irlanda, España, Francia, Italia, Luxemburgo, Holanda, Austria, Portugal y Finlandia. Posteriormente se incorporaron al club Grecia, Eslovenia, Malta y Chipre. En enero de 2002, los billetes y monedas del euro sustituyeron a los marcos, francos, pesetas y demás monedas nacionales.

En la segunda década le esperan serios desafíos al euro. Pervenche Berès, presidenta del Comité de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo, señala que “el euro es un éxito, pero también refleja algunos de sus fallos intrínsecos, como el hecho de que hemos sido mejores guardianes de la estabilidad que del crecimiento”. El crecimiento medio durante la década ha sido del 2,1%, inferior al de Estados Unidos, que fue del 2,6%. La productividad laboral en la zona euro ha crecido a un ritmo del 0,8% anual, inferior al 1,8% del Reino Unido, Dinamarca y Suecia, y al 1,6% de Estados Unidos. La receta son más reformas estructurales, que, según Joaquín Almunia, “deberían ser coordinadas y dirigidas por el Eurogrupo”.

Por todo ello, un federalista convencido, como el ex primer ministro belga Guy Verhorstadt aboga para que “la eurozona se convierta en una plataforma real para la coordinación y el crecimiento” y se muestra a favor de “un marco presupuestario integrado para la zona euro”. –

Los retos de la moneda única

En el horizonte, varios retos serios se acumulan. Un problema es la diferente evolución de los costes laborales unitarios según los distintos países. Mientras estos costes se reducen en Alemania, Austria y Finlandia, aumentan en Irlanda, Portugal, Grecia y España. El envejecimiento de la población europea, con la sobrecarga para los presupuestos, es otro reto que sólo se puede paliar en parte con la ayuda de la inmigración, un asunto sobre el que la Unión carece de una política común.

Otro reto relevante es la necesidad de unificar la representación exterior de los países de la eurozona en los organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el G-7. Los Estados miembros aceptan de palabra el compromiso, pero luego se resisten a dejar la silla en los consejos internacionales. El funcionario de la Comisión que debería preparar estas tareas de coordinación desde hace un año todavía no ha podido empezar su trabajo.

La representación única en las instancias internacionales es cada vez más necesaria a medida que aumenta el papel del euro como moneda internacional. La facturación en euros representa más del 50% del comercio exterior en la zona. El euro representaba ya el 26% de las monedas de reserva en 2006, frente al 18% de las monedas que sustituyó. Los bonos denominados en euros representan el 49% de este mercado, frente al 35% del controlado por el dólar. –

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