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Editorialistas de Ecuador

Jornadas por el cambio

Por Jorge Vivanco, Vistazo

Se han hecho las reformas legales en el marco de la Constitución, con tendencia hacia el establecimiento de un Ejecutivo poderoso, que linda con la autocracia.

Por: Jorge Vivanco

Las dos vueltas presidenciales fueron, para Rafael Correa, la toma del poder: en la primera fue una lucha intensa y múltiple, un todos contra todos los candidatos, los planteamientos difusos, especialmente en lo que se refería al cambio. Todos lo prometían, pero nadie lo concretaba. La segunda vuelta fue una lucha directa, más limpia, con principios firmes y en ella triunfó holgadamente el economista Correa. Pero tampoco se concretó qué quería decir eso de cambio.

La tercera jornada fue para abrir el camino a la Constituyente. Un buen sector de ecuatorianos creyó que para las reformas que concebía una gran parte de ciudadanos, desmontar la partidocracia que ahogaba la democracia, depurar a esta última para que se reinstitucionalice el país y sea garante de las libertades públicas, no era necesario una Constituyente. Pero sometido el asunto a consulta popular, en una campaña muy animosa inspirada desde luego por el Presidente de la República, triunfó la tesis. Ese triunfo fue mas holgado, pero no limpio como los anteriores.

Llegamos a la cuarta jornada, para la elección de asambleístas, y en la campaña ya se iba concretando el concepto del cambio. “No es una época de cambio, sino un cambio de época”, era la proclama oficialista; entonces se perfiló el cambio como el establecimiento de una concentración de poder en manos del Ejecutivo; en otras palabras, establecer un sistema autocrático.

En estas dos jornadas la de la reunión de la Constituyente y la elección de sus representantes, el Presidente de la República fue prácticamente el único gran actor y elector.

Los partidos y movimientos políticos no oficialistas fueron, como se ha dicho insistentemente, metidos por el Tribunal Supremo Electoral, en una camisa de fuerza, y se entregó el campo electoral al Ejecutivo con toda la infraestructura de la administración, la influencia del poder, la abundancia de dinero, con lo cual se constituyó una poderosa maquinaria que, encabezada por el Presidente de la República, el gran elector y el único líder político, fueron jornadas triunfales, pero sin respaldo ético ni legal. La oposición fue restringida por un Tribunal Electoral de bolsillo.

Ahora falta la quinta y última jornada, la elección presidencial, para el economista Correa, la reelección. Está allanado el camino, se han hecho las reformas legales en el marco de la Constitución mal redactada que nos rige, con clara tendencia hacia el establecimiento de un Ejecutivo poderoso, que linda con la autocracia. Con la Función Legislativa disminuida, la Judicial fraccionada y dependiente, los órganos de control con competencias solo aparentes, el Banco Central y las Superintendencias subalternas, etc. Por eso esta última jornada, es la culminación de un proceso político calculado al detalle por Alianza País, desde que la clase política tradicional se replegó a sus cuarteles de invierno ante la derrota sufrida en las elecciones presidenciales de 2006; esa clase política abatida, se sabía representante de un pasado que el pueblo quería enterrar.

Pero una cosa son los partidos políticos, y otra las tendencias ciudadanas que se forman espontáneamente en virtud de las variantes realidades. Esos sectores pueden y deben unirse y así constituir una fuerza importante, quizá no para derrotar a Correa, pero sí para hacer acto de decorosa presencia y decirle que no está solo en la arena política nacional.

Es verdad que han aparecido factores negativos para el oficialismo: los problemas económicos, políticos y sociales que van a sobrevenir por la crisis internacional, asunto que hace abrigar muchas esperanzas a los opositores. El Gobierno no va a tener dificultades fiscales en este sentido en el presente año, por la sencilla razón de que las elecciones se realizarán entre marzo y abril y todavía el actual presupuesto seguirá rigiendo.

En todo este juego de intereses y de cálculos, no se toman en cuenta los verdaderos objetivos nacionales en el presente año. Para el sector gobiernista el único verdadero interés es ese cambio que ha sido imponer una autocracia.

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