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Editorialistas de Ecuador

Las cruces del olvido

Por Jonathan Lucero Córdov, El Telégrafo

En tiempos en que los economistas plantean que la única forma de salir de la crisis económica mundial es rendir pleitesía a la todopoderosa deidad del consumo, Zygmunt Bauman, pensador contemporáneo, plantea que la última moda de la postmodernidad no es ya favorecer el consumo, sino acelerar los procesos por los cuales un objeto deviene en desecho. La habilidad más importante para lograrlo es el olvido.

En un mundo que nos exige olvidar para consumir, para ser felices y hasta para existir, no nos hace mucha gracia recordar tragedias. Pese a ello, no deja de ser curioso pensar que los países que han alcanzado un desarrollo importante, son aquellos en los que se han producido conflictos sociales de gran magnitud.

Podríamos inferir que las tragedias causadas por regímenes genocidas o criminales, obligan a los ciudadanos a crecer dramáticamente, a través del trauma. Si algo bueno deja el dolor y la angustia a su paso, es que las sociedades que las padecen, maduran. Claro está que ninguna sociedad que se jacte de ser razonable, consideraría que éste sea el mejor método para alcanzar cierta lucidez. Pero si este rudo aprendizaje es lo único positivo que arrojan las tragedias masivas, entonces vale la pena preservar su recuerdo. La memoria permite que entendamos a través del dolor, aquello que nos resistimos a entender por vías más coherentes. Por ello, las sociedades procuran recordar sus tragedias, en un ejercicio de autocrítica y re-conocimiento de sus raíces y sus circunstancias.

Pero sin memoria, el asunto no funciona. Podríamos decir que una sociedad llega a ser tan inmadura como desmemoriada.

En Ecuador, el 15 de noviembre de 1922, cientos de trabajadores guayaquileños que exigían derechos laborales, fueron masacrados en las calles mientras intentaban liberarse de un sistema de extrema explotación. Los cuerpos no identificados de las víctimas del autoritarismo rampante, fueron lanzados al Río Guayas, hecho que inspiró a Joaquín Gallegos Lara para escribir la célebre obra “Las cruces sobre el agua”.

La tragedia, lejos de constituirse como un elemento formador de conciencia e identidad en nuestro país, se transmutó en una especie de perverso objeto de consumo mediático. Los diarios dedican un discreto espacio en sus páginas para cubrir los eventos organizados para conmemorar la oscura fecha, mas no surge de ahí ningún análisis, ni se transmite a la sociedad ningún tipo de recurso reflexivo en torno a cómo dicho suceso marca nuestras vidas como ecuatorianos.

La sangre de los mártires de noviembre de 1922, luce cada año como un mero elemento decorativo en el Río Guayas, como casi todo en el Puerto principal. Las cruces sobre el agua son ahora objetos ornamentales en una ciudad que cada día pierde un poco la memoria.

Todo indica que volver objeto de consumo a un hecho tan relevante en la historia del país, es el paso previo a olvidar definitivamente la tragedia. Tal vez hayamos inventado la forma de no aprender de los errores y abusos del pasado. Ni siquiera por las malas.

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