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Paul Krugman

Regresa la economía de la depresión

Paul Krugman, Diario El Universo

El desempleo en aumento conducirá a mayores reducciones en el gasto del consumidor. Un gasto del consumidor débil conducirá a recortes en los planes empresariales de inversión. Y la economía que se debilita conducirá a más reducciones del empleo provocando un ciclo de contracción mayor.
Las noticias económicas, por si no se habían dado cuenta, siguen empeorando. No obstante, a pesar de lo mal que está la cosa, no espero otra Gran depresión. De hecho, es probable que no veamos el índice de desempleo equipararse con el punto máximo después de la depresión, que fue 10,7% en 1982 (aunque me gustaría estar seguro de ello).

No obstante, ya estamos bastante dentro del reino de lo que yo llamo economía de la depresión. Con ello quiero decir un estado de cosas como el de la década de los  treinta, en el cual las herramientas usuales de política económica –sobre todo, la capacidad de la Reserva Federal para impulsar la economía reduciendo las tasas de interés– han perdido toda tracción. Cuando prevalece la economía de la depresión, ya no aplican las reglas usuales de política económica: la virtud se vuelve vicio, la cautela es arriesgada y la prudencia, locura.

Para ver de lo que hablo, hay que considerar  las implicaciones de las noticias económicas terribles más recientes: el informe del jueves de la semana pasada sobre los nuevos reclamos de seguro del desempleo, que ahora sobrepasan la marca del medio millón. A pesar de ser malo, visto en forma aislada podría no parecer catastrófico. Después de todo, estaba en las mismas aproximaciones que las cantidades a las que se llegó en las recesiones del 2001, y de 1990 y 1991, las que terminaron siendo relativamente ligeras, según estándares históricos (aunque en cada caso, el mercado laboral tardó mucho en recuperarse).

Sin embargo, en estas dos ocasiones anteriores la respuesta política estándar a una economía débil –un recorte en la tasa de los fondos federales, afectación mucho más directa a la tasa de interés por la  política de la Reserva– aún estaba disponible. Hoy, no es así: la tasa efectiva de los fondos federales (en contraposición con el objetivo oficial, que por razones técnicas se ha vuelto insignificante) ha promediado menos de 0,3% en los últimos días. Básicamente, ya no queda nada que reducir.

Y, sin ninguna posibilidad de más reducciones en las tasas de interés, no hay nada que detenga el impulso descendente de la economía. El desempleo en aumento conducirá a mayores reducciones en el gasto del consumidor, y Best Buy advirtió la semana pasada que ya padeció un descenso “sísmico”. Un gasto del consumidor débil conducirá a recortes en los planes empresariales de inversión. Y la economía que se debilita conducirá a más reducciones del empleo provocando un ciclo de contracción mayor.

Para sacarnos de esta espiral descendente, el gobierno federal tendrá que proporcionar estímulos económicos en la forma de mayor gasto y mayor ayuda a quienes están en apuros, y el plan de estímulos no llegará lo suficientemente pronto ni será lo suficientemente fuerte a menos que los políticos y los funcionarios sean capaces de trascender varios prejuicios convencionales.

Uno de ellos es el temor a la tinta roja. En tiempos normales, es bueno preocuparse por el déficit presupuestal –y la responsabilidad fiscal es una virtud que tendremos que volver a aprender tan pronto como haya pasado esta crisis. Cuando prevalece la economía de la depresión, no obstante, esta virtud se convierte en un vicio. El intento prematuro de Franklin Delano Roosevelt por balancear el presupuesto en 1937 casi destruye el New Deal–.

Otro prejuicio es la creencia de que la política debería moverse cautelosamente. En tiempos normales, esto tiene sentido: no se deberían hacer grandes cambios políticos hasta que esté claro que son necesarios. No obstante, en las circunstancias actuales, la cautela es riesgosa  porque hay grandes posibilidades de que lo peor ya esté sucediendo, y cualquier retraso para actuar aumenta la probabilidad de un desastre económico más profundo. La respuesta política debería ser tan bién diseñada como sea posible, pero los minutos cuentan.

Finalmente, en tiempos normales, la modestia y la prudencia en los objetivos políticos son cosas buenas. No obstante, en la situación actual, es mucho mejor errar al hacer demasiado que por hacer muy poco. El riesgo, si el plan de estímulos resulta ser más de lo necesario, es que la economía pudiera sobrecalentarse conduciendo a la inflación; pero la Reserva Federal siempre puede cortar el paso a la amenaza elevando las tasas de interés. Por otra parte, si el plan de estímulos es demasiado reducido, no hay nada que la Reserva pueda hacer para compensar el déficit. Así es que cuando prevalece la economía de la depresión, la prudencia es una locura.

¿Qué nos dice todo esto sobre la política económica para el futuro cercano? Es casi seguro que el gobierno de Obama tome posesión de cara a una economía con un aspecto aún peor que el de ahora. En efecto, Goldman Sachs pronostica que el índice de desempleo,  actualmente de 6,5%, llegará a 8,5%  para fines del año entrante.

Todos los indicios son que el nuevo gobierno ofrecerá un gran paquete de estímulos. Mis propios cálculos aproximados dicen que el paquete debería ser enorme, del orden de los 600 mil millones de dólares.

De tal forma que la pregunta sería: ¿la gente de Obama se atreverá a proponer algo en esa escala?

Esperemos que la respuesta a esa pregunta sea sí, que el nuevo gobierno sea en efecto así de atrevido. Ya que ahora estamos en una situación en la que sería muy peligroso ceder ante las nociones convencionales de prudencia.

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