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Abelardo Pachano

Historia Económica y algunas reflexiones

Por Abelardo Pachano

Las crisis no brotan por generación espontánea. Tienen sus causas y en ellas con seguridad asoman acciones y omisiones tanto del poder político como de la actividad privada. Naturalmente, cuando los hechos llegan a ese nivel, los responsables buscan un ‘chivo expiatorio’ para salvar sus pecados.

En diciembre de 1928 el Presidente de los EE.UU. en el mensaje al Congreso señaló que nunca antes el país estuvo en una situación de prosperidad tan placentera y duradera que prometía un futuro lleno de oportunidades. No pasaron  10 meses y la situación cambió de manera dramática. 

Habían entrado en la peor crisis de la historia. Los resultados fueron mortales. El PIB llegó a caer en 1933 en más del 30% frente al del año 1929 y el desempleo llegó al 25% de la fuerza laboral. La recesión duró más de 10 años y recién en 1941 la economía tuvo indicadores de producción superiores a los del año de la crisis.

La larga historia de las crisis financieras es uno de los hechos que marcarán la historia del siglo. Se reprodujeron aunque con dimensiones menos dramáticas que la de 1929. Existieron cinco grandes: España en 1977, Noruega en 1987, Finlandia en 1991, Suecia en 1991 y Japón en 1992. 

Pero otras que también causaron daños históricos son: Australia en 1989, Canadá en 1983, Dinamarca en 1987, Francia en 1994, Alemania en 1977, Grecia en 1991, Islandia en 1985, Italia en 1990, N. Zelanda en 1987, Inglaterra en 1973,1991y 1995 y los EE.UU. en 1984 con la caída del sistema de ‘Savings and Loans’ que le costó el 3,2% del PIB.

Todas estas crisis, más las de los países en desarrollo, tienen causas similares. Resultan ser los engendros casi endémicos de males incubados bajo el paraguas deformado de una política económica mal aplicada y entendida de mercado, sobre la cual se cargan los pecados de decisiones políticas incompatibles con los principios que la deberían gobernar.

En los años anteriores a la ocurrencia de estas crisis, los activos de propiedad de personas y empresas se apreciaron de una manera notable (burbujas), en especial bienes raíces, valores y títulos. Aumentaron de manera sostenida los endeudamientos público (déficit fiscal) y privado (crédito bancario con intereses artificialmente bajos), mientras el sector externo trabajaba con un déficit muy alto que lo hacía vulnerable.

Bajo esas condiciones de abundancia  que transmitían la sensación de que el mundo ya no vivía con restricciones y que la escasez era un tema del pasado, las decisiones económicas se tomaban sin apreciar los riesgos asumidos. Las personas y empresas se endeudaron con liberalidad, no midieron el peligro. El Gobierno hizo lo propio. Gastó y el sistema financiero, sin mantener la cabeza fría, entró en la danza.

En esos momentos de crisis o amenaza inminente se sabe si la supervisión de los mercados era adecuada. Si obligó a la cautela. Y eso se ve cuando se usan con oportunidad los instrumentos que frenan ese ambiente de exuberancia. El tipo de cambio, si se tiene moneda propia, y la tasa de interés actúan en el mercado para frenar las decisiones de alto riesgo. 

Se hace necesario saber además si está en vigencia una política fiscal anticíclica para evitar que la situación se desborde, porque si ello ocurre el costo del daño será casi inmanejable. Y actuar cuando es demasiado tarde no solo que ya no remedia la situación sino que produce- por la intensidad de las decisiones- errores que complican el problema, profundizan la desconfianza y contaminan otras actividades. Esto es lo que pasa en los días que vivimos. 

El ‘dilema mortal’, como creo que se  puede llamar a la definición final de las acciones de política económica, ha llevado a todos los gobiernos sin excepción alguna en el mundo, cualquiera que sea su color político -socialistas, conservadores, radicales, liberales- a intervenir concertadamente en los mercados, disponer de los recursos públicos para evitar la quiebra de instituciones, ampliar y generalizar la cobertura de seguros a favor de los depositantes, abrir ventanillas de descuento de cartera y participar como accionistas preferentes de las entidades bancarias mientras sea necesario y hasta cuando se restablezcan los equilibrios y la confianza. 

Suecia lo hizo en 1991 y es un ejemplo de intervención exitosa, pues  las cuentas favorecieron al Estado que obtuvo utilidades con la recuperación de las instituciones privadas, que fueron devueltas a los inversionistas  que tenían interés en continuar en esas actividades.

La política económica por definición debe ser activa, estar al día, recoger y fortalecer las oportunidades de mejoramiento y enfrentar a tiempo las amenazas. 

Para eso se necesita un Estado que demuestre con el ejemplo que usa los recursos públicos con prudencia, que los asigna con criterio de prioridad social y que no desborda los gastos más allá de lo que le dan las sábanas. Ahí está la llave maestra que conduce a minimizar los riesgos. Obviamente, este Estado debe regular las actividades privadas sometiéndolas a principios y supervisiones objetivas a fin de promover una sociedad afincada en raíces sólidas y relaciones más equitativas.

Hasta ahora nadie descubre otra forma de organización económica que sustituya a la actual y que funcione buscando que la iniciativa privada sostenida en un medio de libertad sea el motor que permita alcanzar niveles superiores de bienestar.

Hay varias conclusiones que salen con claridad de esta crisis, algunas por supuesto muy conocidas: la primera es la de que los Estados deben dar ejemplo de consistencia en sus decisiones de gasto con los principios que debe guardar el sector privado. Segunda, que la integración económica mundial obliga a trabajar concertadamente entre países y regiones. 

Tercera, que la postergación de decisiones de control y rectificación económica acumula tensiones que luego explotan. Cuarta,  que los desequilibrios macroeconómicos a la final terminan cobrando costos indeseables. 

Quinto que los sistemas de regulación y supervisión financieros deben ser unificados y generales, no discriminatorios ni fraccionados. 

Las visiones extremas de la política económica una vez más demuestran su invalidez. Mientras más se alejan del  sentido racional de las decisiones diarias, menos sostenibles son, y mientras más buscan dar la vuelta a la lógica, mayores daños ocasionan.

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