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Gabriela Muñoz

Los peligros de la reacción a la crisis

 

Por Gabriela Calderón, Diario El Universo

Harold James, de la Universidad de Princeton, escribió un libro en el 2000 titulado El fin de la globalización y en este relataba la reacción a la primera ola de globalización que empezó en la segunda mitad del siglo XIX. Hubo un rechazo a todo lo extranjero y un retorno al ostracismo que no se superó, en Latinoamérica, hasta la década de los ochenta. Hoy corremos peligro de que suceda lo mismo como reacción a la actual crisis.

“La era universal”, como la denomina James, consistía de un mundo prácticamente libre de fronteras y pasaportes y de capitales de libre flujo. Entre 1871 y 1915, por ejemplo, 36 millones de personas emigraron de Europa. Era un mundo económicamente integrado: por ejemplo, mientras que entre 1870 y 1890 Argentina importó capital equivalente a 18,7% de su PIB, durante los noventa esta cifra llegaba a tan solo 2,2%.

Y como reacción a este mundo globalizado James cuenta que surgió el nacionalismo. De hecho James le atribuye a esta primera ola de globalización el nacimiento de la nación-estado como la conocemos hoy. Por primera vez, se esperaba que el Estado ofrezca protección social. Para muestra está el hecho de que en 1912 los servicios sociales del Estado francés constituían 4,3% del total del gasto del gobierno central, mientras que para 1928 constituía 21,7%. “La autarquía y la guerra se convirtieron en los objetivos nacionales”, añade James.

Los pagos por reparaciones luego de la Primera Guerra Mundial habían derivado en esquemas con condiciones severas e injustas, siendo impuestas a países como Austria y Hungría por parte de la Liga de las Naciones. Esto creó resentimiento a lo extranjero y fortaleció el nacionalismo.

Desde antes del colapso del sistema financiero internacional en 1929, empezó a erosionarse el sistema de comercio internacional. Además de las protecciones comerciales heredadas de la Primera Guerra Mundial, James comenta que la nueva concepción del Estado creía que la protección comercial era otra forma más de fortalecer a la nación.

Fue durante la década de los treinta que se propagó el mito de que el aislamiento económico de los precios mundiales –a través de aranceles, restricciones a las importaciones y exportaciones, controles de precio– podría proteger de los shocks de un sistema capitalista inestable. Este fue el momento cuando, mientras que el mundo sufría una terrible crisis y larga depresión, el Imperio Soviético aparentemente implementaba exitosamente su primer Plan de Cinco Años (1928-1932). Por supuesto que este fue seguido de un caos y estancamiento en la era postStalin.

James resume el consenso que emergió de la crisis de la economía global a principios del siglo veinte: “Todo lo que se movía a través de las fronteras nacionales –ya sean capitales, bienes o personas– en realidad no tenía por qué estarlo haciendo y debería ser detenido. Si no podía ser detenido, debía ser controlado; de acuerdo con una definición del interés nacional”.

El peligro es que la historia se repita. La globalización necesita de sistemas que apoyen el libre comercio y el libre flujo de capitales. Volver al ostracismo de los veinte y treinta no es una opción viable (ni deseable) para aquellos que podrían salir de la pobreza rápidamente como lo han hecho cientos de millones de personas durante la actual era de globalización.

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