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Editorialistas de Ecuador

Kindleberger

Por Emilio Palacio, Diario El Universo

En el colegio nos fastidiaban con fechas, nombres y lugares que, según creíamos entonces, no nos servirían nunca para maldita la cosa. Déjenme hacer hoy las veces de profesor antipático y recordarles tres fechas importantes y un nombre difícil. Tengo que hacerlo porque, si no se enteraron aún, hay un terremoto en la economía mundial y, mal que nos pese, hay que tratar de entenderla.

Bueno, aquí voy. Primera fecha: 1929. La bolsa de Nueva York se hunde y comienza la recesión más larga que haya visto el capitalismo mundial. Por esos días nuestro planeta no era norteamericano sino inglés. Pero la vieja Gran Bretaña ya tenía los huesos cansados. El joven Estados Unidos se perfilaba como su posible heredero al trono, pero la verdad es que aún no estaba del todo preparado. Otras naciones, como Alemania, le disputaban la preferencia. Así que se produjo la circunstancia especial, pocas veces vista en la historia, de que el mundo no tenía dueño y cada cual hizo lo que quiso, defendiendo sus intereses. Esa es la explicación de que la Gran Depresión –como se la conoció– haya sido tan larga y profunda.

Ahora vamos a la segunda fecha: 1945. Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra y Alemania salen de la misma en ruinas. Estados Unidos se perfila, ya de modo evidente, como el nuevo monarca que reparte beneficios, cargas y responsabilidades. Así comenzó el periodo de crecimiento económico más prolongado del mundo moderno.

Ahora la tercera fecha (vamos, no se desanimen, ustedes pueden): 1974. Estados Unidos pierde por primera vez en su historia una guerra en la antigua Indochina. El simpático y mentiroso Richard Nixon renuncia. El precio del petróleo se dispara. La economía mundial entra en crisis. Estados Unidos ya no es el joven vigoroso de antes. Tiene artritis política. Pero haciendo un gran esfuerzo, todavía consigue que la crisis económica mundial de ese año finalice al poco tiempo.

Desde entonces, todos los que ocuparon la Casa Blanca han tratado de superar el trauma de esa guerra. Lo llaman “el síndrome de Vietnam”. Pero ninguno lo consiguió. Y para remate, George Bush hijo se metió en una nueva guerra… y la perdió.

Así que hoy tenemos un panorama desolador: Estados Unidos ya no puede poner orden en el mundo, pero nadie se perfila como su sucesor. (China está descartada, pero no tengo espacio aquí para explicarles por qué).

Y aquí viene el nombre difícil, Charles P. Kindleberger, un gran economista norteamericano que alguna vez escribió: “Para que haya estabilidad (en la economía), debe haber alguien que la imponga, y solo puede haber un estabilizador a la vez”.

Allí radica la clave de la crisis actual, no hay nadie con suficiente fuerza política, económica y militar que ponga orden y cada cual tiende a arrancar para su lado sin importar lo que hagan los demás.

La última esperanza sería que todas las naciones, incluyendo Estados Unidos como una más, se sienten a conversar y se pongan de acuerdo, pero llevan demasiado tiempo convenciéndose unas a otras de que los seres humanos somos competitivos por naturaleza –como afirma la propaganda de un desodorante– así que ya casi nadie cree en la cooperación mundial.

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