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Economía Mundial

Capitalsocialismo en EE.UU. y liberales en España

Por Miguel Pérez, Diario La Vanguardia, BCN

El presidente George W. Bush solemnizó el pasado viernes un inquietante epílogo para su doble mandato tan poco edificante. La trascendencia de su plan de intervención del sistema financiero estadounidense, no por necesario menos vergonzoso por cuanto su coste lo pagará todo el mundo, comenzando por los ciudadanos norteamericanos, apenas encubre una enorme bancarrota política y económica. Tal vez sólo comparable a la que en 1973 protagonizó Richard Nixon al verse obligado a poner punto y final irreversible a la convertibilidad del dólar contra el oro y de una escala muy superior a la crisis de las cajas de ahorros de los años ochenta y primeros de los noventa.

En aquel año, la incapacidad de la primera potencia mundial para mantener la arquitectura financiera vigente desde la posguerra abrió una nueva fase en las finanzas y la economía mundiales que con diversas mutaciones ha pervivido hasta estos días. Cabe ahora preguntarse si la nacionalización interpuesta del conjunto del sistema financiero estadounidense decretada en la práctica por la Administración Bush significa la puntilla para ese modelo de globalización financiera basado en la emisión indiscriminada de dólares, el boom del crédito fácil y las prácticas profesionales de unos hombres de gris hasta hace un año compendio de virtudes y hacedores de milagros: los banqueros de inversión.

Habrá sido muy doloroso para Bush, Paulson y Bernanke aceptar que la única posibilidad de evitar que el fin de la burbuja financiera escalara en menos de una semana desde el alarmante pánico crediticio – bancos de inversión en caída libre y asediados, interbancario bloqueado- al aniquilador pánico bancario, de esos que llenan las calles con colas de ciudadanos ansiosos por retirar sus ahorros, era la intervención del sistema más colosal que se recuerda. Bush el capitalsocialista.

El viernes, las bolsas volvieron a abrir las botellas de champán, después de una larga resaca. Muchos habrán pensado que una vez el Estado asume las pérdidas privadas, las socializa para que las paguen todos, incluidos los que no han participado en la fiesta, se puede volver al casino como si nada hubiese pasado. Pero los más sensatos saben que queda tiempo antes de que el sistema recupere las constantes vitales que le permitan devolver la normalidad a la economía. La bola de la crisis ya lleva más de un año rodando por el planeta y no se detendrá repentinamente.

De hecho, y volviendo de nuevo a los años setenta, la devaluación monetaria iniciada por Nixon llevaba incrustada en su interior una bomba de tiempo para la economía del resto del mundo, particularmente la europea, que se adentró en una larga fase de decadencia, bajo crecimiento y desempleo que duró varios lustros.

Como entonces, Europa puede acabar pensando que los norteamericanos, equivocados o no, pero siempre prácticos, han puesto punto y final al problema y ahora sólo se trata de esperar que vuelva la normalidad. La paradoja de la situación bien podría ser que una crisis aparentemente externa, la de las hipotecas basura, que se ha llevado por delante a la banca de EE. UU. y que le ha esculpido una nueva cara a su economía económica en lo que dura un campeonato de liga, acabe siendo al final más virulenta fuera de sus fronteras.

En el caso español, por ser más concretos, ni el Euribor – el martirio contemporáneo de trabajadores y clases medias- ha bajado, sino que sigue subiendo; ni los créditos fluyen con normalidad, cualquier oficina bancaria sirve de ejemplo; ni las cajas de ahorros pueden acudir a los mercados internacionales para financiarse (no hace falta dar nombres y, no sólo por prudencia, la lista es interminable).

Los cambios al otro lado del Atlántico deberían servir para que en España y en Europa se entienda que insistir en los beneficios de la purga, el mantra dominante en el Ministerio de Economía y el Banco de España, puede provocar una enfermedad incurable en el paciente. Asegurar la liquidez del sistema financiero español – en un momento en el que hay dificultades para obtener recursos, con la consecuente paralización de la actividad crediticia para las empresas y los particulares- debe ser la primera preocupación del Gobierno español. Y el Ejecutivo que preside José Luis Rodríguez Zapatero debe plantearlo así en Europa en estos momentos.

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