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Editorialistas de Ecuador

Los fetiches del correísmo

Por Carlos de la Torre
cdelatorre@hoy.com.ecj

El correísmo se asienta en dos mitos. El primero es la fe incondicional en el líder, quien, al igual que Velasco Ibarra, pide que se confíe en él como la garantía del cambio y que desconfía de los debates sobre los textos constitucionales. Un líder que silencia a todos quienes cuestionan su verdad. El segundo mito es el proyecto de regular la sociedad a través del Plan Nacional de Desarrollo. Esta visión tecnocrática se asienta en los sueños de la ilustración que pintaron a los científicos como las personas que tenían las capacidades para hacer transformaciones a través de la ingeniería política y social.

Para los técnicos de la revolución ciudadana, el Plan Nacional de Desarrollo se ha convertido en la panacea para todos los problemas. Nada escapará a las manos de sus expertos que saben cómo transformar el mundo desde sus computadores y a través de las estadísticas y variables que manejan. Este sueño tecnocrático tiene la virtud de terminar con el mito de la sociedad en la que el mercado se regula a sí mismo y pone en el tapete la discusión política sobre las relaciones entre el mercado y la sociedad. Pero en sus afanes de abarcar y de regular todos los aspectos de la sociedad, el Plan Nacional de Desarrollo corre el riesgo de convertirse en un saludo a la bandera, pues nadie lo podrá cumplir. También puede prestarse a tentaciones totalitarias en la que el Estado será el padre-patrón-regulador. Puede ser antidemocrático al dejar que los expertos decidan lo que es mejor quitando competencias a los ciudadanos. Por último, se vuelve absurdo cuando se escribe en la nueva Constitu ción que el Congreso podrá ser clausurado por obstaculizar que se cumpla el Plan Nacional de Desarrollo.

¿Cómo pueden convivir los dos mitos si son maneras irreconciliables de concebir la sociedad? La una está basada en la emoción casi religiosa con la que se sigue al caudillo. La otra, en el sueño de una sociedad planificada por los “expertos”. Las dos visiones pueden ir juntas, pues Correa las encarna. Por un lado es un economista que cree que la ciencia y la tecnología pueden cambiar la sociedad. Sus conocimientos científicos además le permiten creerse no solo dueño de una opinión, sino que de la única verdad apoyada por la ciencia y la tecnología. Pero Correa es, además, heredero de la tradición caudillista ecuatoriana. Es la más reciente expresión de la visión de la política como algo moral. Es la expresión posmoderna del populismo entendido como un discurso maniqueo de lucha entre el pueblo encarnado en la figura mítica del caudillo en contra de la oligarquía. Esta combinación de lo viejo de la política ecuatoriana junto con el uso de las nuevas técnicas de manipulación me diática explica sus éxitos en las urnas. Lo que no queda claro es si la visión reguladora de los técnicos es compatible con un mundo capitalista y globalizado. No queda claro si podrán regular el mercado, la educación, la salud, en fin, todos los aspectos de la sociedad, o si sus sueños tecnocráticos encontrarán el mismo fin que todas las regulaciones que terminan como letra muerta que se acata pero no se cumple. O, a lo mejor, el Plan Nacional de Desarrollo es solo la ideología que da credenciales izquierdistas y antineoliberales al régimen.

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