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Editorialistas de Ecuador

Sumak Kawsay

CATALINA LEON

cleon@telegrafo.com.ec

Un asambleísta de la oposición decía que no entiende qué es el Buen Vivir o Sumak Kawsay. Extraña esa afirmación, pues el sueño de una vida sin hambre ni violencia, ha sido abrigado milenariamente por lo más diversos pueblos, y esa utopía forma parte de casi de todas las culturas. La incertidumbre del asambleísta se entiende si recordamos que, para los economistas liberales, la justicia social no es una meta, sino la consecuencia del funcionamiento perfecto del mercado y de su equilibrio; y el acceso equitativo a la riqueza sería el fruto colateral de aquella pulcritud. Y aunque la regulación humana del mercado, en pro de la justicia, es vista como sacrilegio, las condiciones para lograr esa quimérica perfección deben ser garantizada a toda costa. La intervención pro-mercado en Chile llevó al derrumbe moral (y Naomi Klein dice que también fue económico) del experimento implantado con Pinochet, bajo terapia de shock, pues costó muchas muertes: un dolor social y moral sin parangón.

 

 

“El Sumak Kawsay quiere y busca un modelo propio de organizar la sociedad y la vida…”

 
Escuché también hacer un símil entre el Sumak Kawsay y el Estado de Bienestar europeo, en la segunda post-guerra. El cándido y joven orador desconocía que este se sustentaba primero, en la dominación colonial de muchos pueblos “de color” y, luego, que tras la debacle provocada por la Segunda Guerra Mundial, las economías de esos países solo podían prosperar, para lo que recibieron una inyección de capitales operada mediante el Plan Marshall, estratagema de la Casa Blanca para afianzarse en la Europa devastada. Mientras tanto, los gobiernos intentaban paliar las tragedias legadas por la guerra y la Gran Depresión. El marco para la reconstrucción de Europa fue el ensayo mercantilista gringo y la paranoia anticomunista; por lo demás, se fomentó un individualismo feroz y la violencia que asola a la “reflexiva” Europa, tan bien alegorizados por Burgess y Kubrick en “La naranja mecánica”. El bienestar material trajo consigo la zozobra cultural.
Al proclamar el Sumak Kawsay, los y las asambleístas que lo patrocinaron, buscaron un modelo propio de organización de la sociedad y la vida, recuperando las lecciones del fin del milenio: la catástrofe ecológica, las reivindicaciones étnicas, sociales, de género y edad, etc. Una fuente de inspiración fue el deseo de remediar los impactos catastróficos del shock económico de los ’90, y de fomentar formas más justas de vida, en democracia.  Entonces, siendo la justicia la sustancia del Sumak Kawsay, su aliento será la equidad y el respeto por el ser humano y la comunidad, y no la búsqueda de la gobernabilidad. Aun más, la justicia y el nuevo humanismo requieren de la extirpación del colonialismo interno, de los racismos, del sexismo y la homofobia, de la violencia contra la naturaleza. Siendo esas las metas, la construcción del Sumak Kawsay jamás puede ser asimilada a la terapia de mitigación de la inconformidad que fue el Estado de Bienestar. El Sumak Kawsay ancla sus esperanzas en la equidad y la solidaridad, el mercado es accesorio y sujeto a la vida.

 

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