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Ernesto Albán Gómez

Intelectuales políticos

Por Ernesto Albán Gómez

¿Qué puede ocurrir cuando un intelectual de prestigio, con algunos títulos a su haber y estudios superiores, a los que ha dedicado largos años, con una importante carrera académica, decide incursionar en el terreno de la política activa? Hay varias alternativas. Lo más probable es que el intelectual se encuentre dramáticamente desubicado en el escenario de la política real; que le parezcan inaceptables la forma de actuar de sus congéneres, las mil argucias a las que debe acudir para sustentar sus proclamas demagógicas, las falsedades a las que se pretende dar apariencia de verdades; y que repugne a su ética y hasta con su sensibilidad el radical trastoque de valores que impone la política, en la cual importa mucho más el fin que los medios. En un corto tiempo la dura experiencia le llevará a abandonar en forma definitiva su nueva actividad. Volverá entonces a sus libros, a sus clases, a sus estudios, a su escala de valores. En el futuro la política solo será para él un motivo, bastante lejano, de análisis teórico.

Puede ocurrir lo contrario. Puesto en el filo de la navaja, decidirá renunciar a la academia y continuar en el universo de la política. Tal vez considere que al entrar en ese mundo cumple el deber insoslayable de un ciudadano de servir al país. Pero no faltará algún otro que perciba que la política también tiene sus atractivos y que seduce a quien gusta del poder. Ya sea para ejercerlo por sí mismo, ya para estar cerca de quien lo ejerce y ser salpicado de alguna manera con los beneficios de ese ejercicio.

Quizá en algún momento considere que es posible combinar las dos opciones y ser intelectual y político a medio tiempo. Pero, salvo en la ficción, no se puede ser el Dr. Jekill por la mañana y Mr. Hyde por la noche. Más temprano que tarde, la inapelable exigencia de la vida le colocará en la disyuntiva terminante de escoger uno u otro camino. Un caso modélico de este conflicto es el ocurrido con Mario Vargas Llosa que, llevado de su afán de servicio, llegó inclusive a ser candidato a la Presidencia de la República. Ya sabemos que, por hablar la verdad, perdió las elecciones ante quien, él sí un verdadero político, está sentado ahora en el banquillo de los acusados y debe responder por numerosos cargos. Y Vargas Llosa, por cierto, prometió no volver jamás por ese camino.

Todo esto me lleva a manifestar mi sorpresa por encontrar a un académico definitivamente incorporado a las filas del actual Gobierno y verlo, con sus acciones de carácter policial, en pleno quehacer cotidiano de la realpolitik. Pero mi asombro es mayor todavía cuando lo escucho, contagiado del virulento lenguaje oficial, equiparando sin más a banqueros con asaltantes a mano armada. En mi opinión no es nada bueno perder a un intelectual para ganar un político. Los políticos abundan, surgen como en generación espontánea en todos los rincones, ocupan momentáneamente las primeras páginas de los periódicos y las pantallas de televisión, pero terminan haciendo mutis por el foro, sin pena ni gloria. Los intelectuales son escasos, su formación es larga y paciente, y aunque no aparezcan en la televisión, el país los necesita mucho más.

E-mail: ealban@hoy.com.ec

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