Economías de la Inteligencia

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Deflación

Por Xavier Neira Menéndez

La penúltima Newsweek de 2008 trajo como tema principal un interesante análisis de la crisis económico-financiera, crisis para la que ni el Primer Mundo ha estado realmente preparado, pues los primeros esfuerzos para enfrentarla y estabilizar la economía han sido insuficientes.

El peligro de que fracasen los planes anticrisis ha llevado a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, a exclamar: “Necesitamos acción y la necesitamos ahora”, al reinstalarse el Congreso en el año 2009.

Y no deja de tener razón pues el fantasma de la deflación acecha. En la historia económica se considera como el ícono de la deflación a lo ocurrido después de la depresión de 1929. Y el peligro que se cierne ahora es precisamente ese: que mientras se hace frente a la peor crisis ocurrida desde aquella gran depresión, aparezca el fenómeno de la deflación gracias a la mezcla de bajos precios de activos financieros: de materias primas básicas a la baja; restricción crediticia nunca antes vista por la depreciación de ciertos activos bancarios, es decir, los ingredientes necesarios para el colapso del mercado. En este escenario asumirá el poder Obama, cuyo discurso de posesión se espera con avidez.

Cuando se produce una disminución de la demanda monetaria global, ello se debe a menor producción de bienes y servicios, lo cual provoca una inferior demanda de los llamados factores productivos y una caída en el nivel general de precios. Cualesquiera que sea el motivo para que disminuya la demanda (bien sea que el Gobierno reduzca gastos, o que consumidores compren menos, o que la demanda externa disminuya y se exporte menos, o que empresarios inviertan menos por percibir ambientes hostiles desde el Estado hacia el inversionista), los menores gastos se traducen en menores ventas y, por ende, en acumulación de stock o inventarios. Si la reducción de la demanda persiste en el tiempo, la oferta tiene que disminuir (la producción disminuye), aumenta el desempleo y, a lo largo del tiempo, bajan no solo los precios de los bienes sino también los salarios reales.

Desde que estalló la crisis, el costo del dinero se ha reducido a niveles inéditos en la banca mundial tratando de atenuar sus efectos y los gobiernos, aumentando los montos de garantía de depósitos para calmar a los depositantes. Hoy, el tiempo apremia. El optimismo se convierte en pesimismo. La percepción ciudadana mayoritaria cree que las cosas no tienden a mejorar sino en el mejor de los casos a mantenerse, cuando no a empeorar. Allí es cuando el factor psicológico actúa con fuerza sobre el ciudadano común y la incertidumbre puede llegar a provocar pánicos

La única solución contra el fantasma de la deflación –al igual que contra la inflación- es no provocarla, es decir evitar excesos que conducen a desequilibrios económicos. Empero, los ecuatorianos con una Constitución y un Plan de Desarrollo que marchan en contravía frente a los postulados de libertad y de progreso, pocas expectativas tenemos de salir bien librados.

ppviche@hoy.com.ec

Hora GMT: 12/Enero/2009 – 05:06

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2009: negros presagios

Por Xavier Neira Menéndez

Las difíciles circunstancias que vive la economía mundial -a la que nuestro país no puede ser ajeno, por mas que las autoridades del Gobierno inicialmente hayan tratado de menospreciar su impacto, para luego reconocer que se vienen “tiempos duros”- deben obligar al presidente Correa -quien ya dijo que el efecto mas “dramático” de la crisis es la caída constante del precio del petróleo- a replantear su programa de Gobierno, con mayor razón si tenemos una Constitución que privilegia un modelo económico social y solidario -que mas bien resulta un modelo indefinible por no decir de propósitos desconocidos- basado en el sumak kawsay o buen vivir, ropaje que en realidad encubre un propósito totalitario, ajeno a la tradición ecuatoriana y, lo mas grave, fracasado en donde se lo aplicó, según lo confirma la historia.

Mas allá de la ideología que inspira las decisiones de Estado, un gobernante no puede permanecer ajeno a la realidad que se vive y sobre todo a la muy difícil perspectiva económica que se avizora, particularmente si el presidente Correa -en actitud que aplaudo- ha reiterado su deseo de mantener la economía dolarizada, aspiración que ojalá sea sincera y que solo el tiempo permitirá verificar.

Constituiría, pues, un verdadero contrasentido que ante este anhelo presidencial se insista en aplicar un plan económico inviable que descansa en el rol preponderante de un Estado que se vislumbra económicamente en soletas debido al derrumbe de los precios de las exportaciones petroleras y no petroleras, sensible reducción de remesas y los efectos nocivos que ya causa la moratoria del pago de la deuda. Es decir, tratar de mantener un nivel de gasto incompatible con las posibilidades fiscales. Sería “vivir por encima de nuestras posibilidades”, como acertadamente expresó el experto tributario economista Jaime Carrera en una reciente conferencia, con abundantes estadísticas que confirman su aserto.

Si se revisa el comportamiento de los precios del crudo ecuatoriano en este último semestre, observaremos que de $121,66 que recibimos en junio 2008, hoy recibimos $22. Es decir, nuestro ingreso real por barril se ha reducido en casi $100 en solo seis meses.

El replanteo del programa económico no es otro que el de promover y aplicar la austeridad fiscal, disciplinando el gasto, dejando de lado amenazas y enfrentamientos estériles de los que el país está cansado, restituyendo el clima de confianza para el ejercicio de las actividades empresariales, creando fuentes de trabajo productivo, aprovechando las potencialidades económicas de las que el país hace gala, encontrando en el camino las oportunidades que, aún en tiempos de crisis, sí existen, para lograr el ansiado cambio que el pueblo demanda con urgencia.

El caso de Chile es ejemplar. La presidenta Bachelet, dejando de lado sus convicciones ideológicas y pensando en su país, ha convocado a todas las fuerzas productivas y sociales para unirse y enfrentar en conjunto la crisis mundial. ¿Qué espera el presidente Correa?

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Modelo de progreso

Por Xavier Neira Menéndez

Chile es el país con mayor expectativa de vida (78 años) y menor nivel de pobreza (15%), en América Latina. Su gobernante es socialista. Para entender a la nueva izquierda, en versión progresista, no anacrónica ni fundamentalista, es indispensable leer la edición actualizada del libro La transformación económica de Chile, en especial el capítulo final que contiene los logros de los últimos años que Chile ha estado gobernada por regímenes de izquierda.

La obra -autoría de Hernán Buchi- analiza el proceso chileno de los últimos 35 años. En la última era democrática (1989-2008) solo ha gobernado la Concertación, coalición de partidos de centro y de izquierda, desde cuando Aylwin derrotó precisamente a Hernán Buchi.

Buchi escribió la primera versión de esta obra (1993) bajo el subtítulo “Del estatismo a la libertad económica”, destacando lo que había significado el tránsito del socialismo radical de la Unidad Popular hacia la libertad económica de la que entonces ya se ufanaba Chile. La preocupación de Buchi era que la coalición triunfadora podría revertir el modelo económico de la dictadura pese a los innegables beneficios que su aplicación había traído luego del desastre allendista cuyo epílogo fue el colapso de la democracia (1973). Y era lógico pensar aquello por la profunda politización de la sociedad chilena y por las medidas de corte estatista que entonces caracterizaban el ideario de los partidos que integran la Concertación.

Pero no ocurrió, porque los chilenos desde Aylwin hasta la Dra. Bachelet han entendido que la ideología por sí sola no resuelve los problemas de la sociedad y que más bien debían ser pragmáticos en su lucha contra la pobreza. Conciben al socialismo como alternativa para enfrentar las contradicciones del capitalismo, no para frenar el desarrollo económico y el progreso social. Hoy, Chile camina con pie firme al privilegiado primer mundo, pues han modernizado su institucionalidad de tal manera que no hay cabida al odio fanático y cerril, ni a los resentimientos sociales ni a rencores políticos.

La extrema izquierda siempre ha sostenido -equivocadamente- que la prosperidad de los pudientes termina destruyendo a los pobres. Esa receta fracasó en Chile de los setenta y su costo social fue traumático, pero como nadie escarmienta en cabeza ajena, otros países que, embaucando al electorado, satanizan al mercado y a la libre competencia, ensayan el socialismo del siglo XXI pretendiendo estatizar la vida ciudadana pues se sostiene -para denigrar al “viejo poder”- que la prosperidad de pocos termina por destruir al resto. Esa pócima venenosa que nos propone el sociopopulismo anacrónico está consagrada en el proyecto de Constitución que votaremos en 40 días. Tratan de vender para consumo del vulgo su estrategia que fomenta la lucha de clases y exacerba rencores sociales. Y para disfrazarlo lo llaman “humanismo cristiano de izquierda”, cuando en realidad es una regresión, una desoccidentalización del Ecuador, un modelo….. de retroceso.

E-mail: ppviche@hoy.com-ec

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