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Banco del Sur: Ruta hacia una nueva arquitectura financiera

Hay un desgaste evidente del modelo neoliberal en América Latina que se ha expresado en la adhesión electoral a candidaturas que han sido críticas del neoliberalismo, o que, en todo caso, han construido sus discursos políticos y electorales desde el rechazo y la crítica a las imposiciones del ajuste y estabilización neoliberal, como son los casos de Ollanta Humala en el Perú, de López Obrador en México, o los gobiernos de Chávez en Venezuela, Kirchner en Argentina, Vásquez en Uruguay, Morales en Bolivia, Lula en Brasil, y, más recientemente, Correa en Ecuador y Ortega en Nicaragua.

También existe, de parte de algunos gobiernos, una necesidad de establecer distancias no solo formales sino reales con el FMI, como lo demostraron las decisiones de Argentina y Brasil de cumplir anticipadamente sus compromisos financieros con esta multilateral. Existe, entonces, un contexto en América Latina en el que ningún gobierno de la región, a diferencia de décadas anteriores, adscribiría de manera pública a las recomendaciones del FMI y haría de los programas de ajuste el sustento de sus políticas públicas.

Empero de ello, la persistencia y presencia del ajuste y reforma estructural es profunda en la región. Las distancias que desde algunos gobiernos se han puesto con el FMI no significa que éstos empiecen un proceso de reversión de las políticas neoliberales. La reforma estructural del Banco Mundial y del BID, que hicieron un énfasis especial en provocar fuertes cambios institucionales, ha transformado profundamente el tejido institucional y ha desmantelado las capacidades regulatorias del Estado, al tiempo que ha fortalecido a grupos financieros, monopolios, y ha multiplicado la existencia de redes clientelares y las prácticas asistencialistas. Estas reformas estructurales de carácter neoliberal han sido tan fuertes que incluso han obstaculizado la creación de alternativas al desarrollo en la región.

La condicionalidad invisible y la persistencia del ajuste neoliberal

Es decir, existe un vacío en el que la crítica al modelo neoliberal corre el riesgo de ser una retórica de legitimación política ante electorados descontentos del ajuste y la reforma estructural, antes que una propuesta que implique cambios reales en la relación entre el capital, el trabajo, el Estado y el mercado.

Es por ello que el desgaste del FMI en la región, no sea correlativo al desgaste que pudiesen tener el BID o la Corporación Andina de Fomento, CAF; y que, a la larga, la dinámica del ajuste y la estabilización persista aún por vía de algo que podríamos denominar como “condicionalidad invisible” (o condicionalidad implícita), lo que ha asegurado la presencia del neoliberalismo en la región.

En efecto, la condicionalidad invisible es el recurso mediante el cual el BID, la CAF, o el mismo Banco Mundial, crean líneas de crédito para el desarrollo, pero sus desembolsos se ven condicionados a que los países cumplan con las metas establecidas previamente por el FMI en cuanto a disciplina fiscal, que se expresa en superávit fiscal, a liberalización comercial, apertura de la cuenta de capitales, y desregulación económica. De esta manera, el FMI sigue presente en la región, bajo la cobertura del financiamiento al desarrollo hecho por la banca multilateral.

Es por ello que, de las iniciativas recientes que han emergido desde gobiernos críticos al neoliberalismo, una de las más importantes sea aquella de crear el Banco del Sur como banca subregional que vendría a transformar las relaciones de poder al interior de la banca multilateral de desarrollo, y reproblematizar al desarrollo en un contexto en el que la ideología liberal ha cerrado el campo de posibles humanos, sobre todo a los discursos y propuestas críticas y alternativas.

En efecto, la creación del Banco del Sur se inscribiría de lleno en el debate sobre la necesidad de una nueva arquitectura financiera mundial y la búsqueda de nuevas modalidades al financiamiento al desarrollo, en un contexto en el que la economía de casino mundial ha generado poderosos marcos institucionales para someter a sus decisiones, no solo a países determinados sino al conjunto de la economía mundial, como lo demuestra la primacía macroeconómica que pretenden tener los índices de riesgo país de las bancas de inversión.

De ahí que la creación del Banco del Sur debe ser vista desde una perspectiva política y epistemológica, más que financiera o económica. Debe adoptarse una perspectiva política porque la creación del Banco del Sur implica la disputa en el locus central del sistema mundo en su hora neoliberal: la financiarización y especulación como centros de gravedad de la economía mundial, que definen nuevas relaciones de poder y cuyas expresiones son las estrategias de dominio, imposición y colonialismo inherentes a la banca multilateral de desarrollo.

El mecanismo de la “no-objeción” y el control colonial de la banca multilateral

En efecto, detrás del financiamiento a proyectos de desarrollo hechos por la banca multilateral, en la ocurrencia el BID, la CAF y el Banco Mundial, existen prácticas colonialistas que utilizan la noción de desarrollo y crecimiento económico como mascarones de proa para acentuar y profundizar, tanto las condiciones de aquello que en los años setenta la CEPAL denominaba la dependencia, cuanto del control, asimilación o la ruptura de las resistencias sociales al neoliberalismo.

Hay que recordar que la banca multilateral creó un mecanismo de control en todos los proyectos de desarrollo que aplica en la región, y que se denomina como el mecanismo de la “no-objeción”. Este mecanismo permite el control absoluto sobre los recursos, las metodologías, los tiempos, los mecanismos, los técnicos y las respuestas que las sociedades generan ante los proyectos de desarrollo de la banca multilateral.

La “no-objeción” es parte de un ejercicio de poder en función de objetivos determinados desde la dinámica del sistema mundo y la lucha por la hegemonía mundial, antes que por las características de un determinado modelo de desarrollo. Es por ello que, luego del financiamiento de un proyecto de desarrollo por parte de esta banca multilateral, la sociedad y el Estado terminan más desarmados, más vulnerables, y el tejido social aparece más fragmentado, y más susceptible a la manipulación clientelar y asistencialista. El verdadero rol de la banca multilateral no es tanto el financiamiento al desarrollo, como el ejercicio de un poder colonial, de ahí que su dinámica releve más de la política que de la economía o las finanzas.

Pero hay otra dinámica tan importante como esos ejercicios de imposición política que nacen desde la “no-objeción”, y hacen referencia a la episteme desde la cual se construye el financiamiento al desarrollo; es en virtud de ello, que hay que considerar que la banca multilateral ha trabajado de manera profunda para reconceptualizar los marcos teóricos desde los cuales se comprende la realidad y, hasta el momento, ha ganado la batalla epistemológica; quizá el signo de los tiempos de la derrota del pensamiento crítico sea la adscripción que ha hecho la CEPAL a los contenidos epistémicos del discurso neoclásico.

Banca multilateral y la epistemología del poder

Los institutos de investigación relacionados con la banca multilateral, e incluso los mismos estudios financiados desde esta banca, han posicionado con fuerza conceptos funcionales a las nuevas relaciones de poder. Gracias a ellos se ha generado un debate en una sola dirección y bajo un solo esquema teórico: el neoliberalismo y su expresión económica en el pensamiento monetarista y neoclásico.

Así por ejemplo, tenemos el trabajo teórico hecho por el Banco Mundial alrededor de la pobreza, y la disputa epistemológica suscitada sobre este fenómeno, y en el cual el Banco Mundial ha logrado convertir a la pobreza en un fenómeno económico e individual, gracias a su noción del “dólar diario”, fracturando y disolviendo esa rica discusión que veía a la pobreza como fenómeno social y como fenómeno político, y adscribiéndola ahora a las coordenadas del mercado y el homo economicus.

La panoplia conceptual hecha desde la banca multilateral es extensa y ha cobrado carta de naturalización en las ciencias sociales y en la economía sin que medie siquiera un proceso de reelaboración crítica. Por ejemplo, las nociones de competitividad, aperturismo, etnodesarrollo, pobreza, capital humano, capital social, desarrollo local, descentralización y autonomía, poderes locales, cadenas productivas, participación ciudadana, flexibilización laboral, diálogo social, regionalización y mancomunidades, desarrollo sustentable, gobernabilidad, género y pobreza, ciudadanía, etc., son parte de la discusión tanto de los denominados policy makers cuanto de las mismas ciencias sociales.

Estos aspectos deben ser considerados como relevantes al momento de discutir la conformación de la Banca del Sur, porque no se trata solamente de la creación de una institución financiera que realice créditos de financiamiento al desarrollo, sino de una estrategia de recuperación de las nociones de soberanía, regulación y una nueva contractualidad social que supere las nociones neoliberales de “economía social de mercado”.

El Banco del Sur: desafíos y oportunidades

Por ello, la creación del Banco del Sur no debe verse desde una visión financiera sino desde una visión geopolítica y epistémica, que implique: la reformulación de los contenidos del financiamiento para el desarrollo; las posibilidades de integración bajo criterios de complementariedad y subsidiariedad, y la generación de un pensamiento propio que se deslinde de manera definitiva de los marcos teóricos del neoliberalismo.

En virtud de ello, haya que pensar que la trampa inherente a la Banca del Sur sería convertirla en un instrumento que financie proyectos de desarrollo y que empiece a competir en esa línea con el BID, el Banco Mundial y la CAF, o que cumpla con las tareas de la privatización del territorio proyectadas en el IIRSA, complementando de esta manera a la banca multilateral.

La idea de pensar, proponer y crear el Banco del Sur debe ser, en realidad, para una reformulación de la arquitectura financiera global en la cual se pueda defender a los países de las apuestas de casino que hacen los especuladores financieros, que pueda desprenderse de las decisiones de arbitraje a la inversión y que se asientan en el riesgo país, y que permita un intercambio e integración sustentados en nuevas ideas de crecimiento con equidad, interculturalidad y plurinacionalidad.

Es decir, el Banco del Sur, debería ser parte de esas nuevas propuestas que buscan proteger a los países de la globalización financiera y de la intromisión política que implican las condicionalidades del BID, de la CAF, del Banco Mundial y del FMI, sea en su forma implícita, como condicionalidad invisible, sea en su forma explícita de control a través del mecanismo de la no-objeción.

Para ello, el Banco del Sur debe integrarse de manera democrática en el que en su directorio el representante de un país tenga un voto, y que ese voto sea previamente consensuado y transparentado con organizaciones sociales y sectores productivos, es decir, la agenda del directorio del Banco del Sur, siempre deberá ser abierta, democrática, transparente, plural y consensuada.

En segundo lugar, el Banco del Sur tiene la oportunidad enorme de crear una unidad de cuenta regional, en la ocurrencia el peso latinoamericano, que puede indexarse en una pega deslizante al euro. Esta podría ser una salida para los tipos de cambio fijo adheridos al dólar, sobre todo en los casos de Ecuador y El Salvador; y puede permitir una transición del área dólar, en la cual casi todas las monedas de la región están de una u otra manera “pegadas” al dólar, hacia el rescate de la soberanía monetaria de la región.

Los créditos del Banco del Sur se harían en función de esa moneda común, y se emitirán en euros, que es una divisa con poder liberatorio mundial y con capacidad de mantener su función de reserva de valor mundial, al menos hasta que la región pueda establecer una estrategia de integración monetaria y pueda finalmente consolidarse la moneda común latinoamericana. Pero en ningún momento el Banco del Sur debe pensar en mantener sus unidades de cuenta en dólares, salvo como cámara de compensación.

Un aspecto fundamental del Banco del Sur es su relación con la banca multilateral, una relación que no puede ser ni subordinada ni dependiente. La banca multilateral, en realidad, expresa una situación de colonialismo y de imposición. Detrás de cada préstamo de la banca multilateral están una serie de condicionamientos que se convierten en instrumentos políticos de dominación, chantaje, e incluso, como en el caso del Banco Mundial, de destrucción de las organizaciones sociales y populares.

El Banco del Sur puede abrir, en ese sentido, varias líneas de crédito en las siguientes direcciones:

1) un fondo de transferencias para cubrir los saldos de los proyectos BID y Banco Mundial que están pendientes en la región, sobre todo para la construcción de infraestructura local, y que han implicado la adopción de onerosas condicionalidades explícitas o implícitas como, por ejemplo, establecer fideicomisos para el pago de la deuda multilateral con los recursos de las tarifas de los servicios públicos financiados por esta banca multilateral; o el endeudamiento público con el BID o el Banco Mundial, pero con la condición de que una vez terminada la obra se la transfiera al sector privado. Este fondo de transferencias permitirá evacuar los proyectos emergentes que han sido o están siendo financiados con recursos BID y Banco Mundial, para atenuar el peso de la condicionalidad, relativizar el peso político de estas multilaterales, y rescatar la soberanía de los países sobre su propio endeudamiento, sobre todo en las áreas de salud y educación que son temas sensibles y que han sido prioridades de la banca multilateral; esta línea de créditos deben permitir la recuperación de la soberanía sobre el financiamiento al desarrollo;

2) una línea de créditos para la reactivación productiva, sobre todo de aquellos sectores que más sufrieron los embates de las políticas de estabilización y ajuste macroeconómico, y que conformaban el entramado de producción y servicios de las economías locales; la idea es que a partir del Banco del Sur se vaya rearticulando el ciclo ahorro-inversión local hacia la reconstitución de un sector productivo nacional que pueda establecer alianzas y estrategias de integración comercial en un espacio económico común;

3) líneas de crédito para I + D, es decir, investigación para el desarrollo, en donde se puede pensar en un banco de proyectos de investigación con las universidades de la región. Esto puede provocar la necesidad de coordinar, armonizar e integrar la producción del saber y la técnica a nivel de la región, en un contexto en el que las redes tecnológicas y la producción del conocimiento científico está controlado desde el norte, estas líneas de crédito pueden articularse dentro de lo que se denomina inversión de riesgo pero que implica la apertura de nuevos espacios de producción y generación de valor agregado;

4) una línea emergente para solucionar problemas de liquidez provocados por déficit en cuenta corriente de balanza de pagos, y a fin de no competir con el FLAR se puede pensar en mecanismos de sindicación de créditos entre el Banco del Sur y el FLAR, de tal manera que se pueda mantener una institución importante como el FLAR dentro de las dinámicas de control del ahorro de la región. Estos créditos a la cuenta corriente de balanza de pagos desprenderían de manera definitiva a la región del área de influencia del FMI.

Esto implica que los colaterales y las garantías sean diferentes para cada una de las líneas de crédito. Sin embargo, aquello que debe separar radicalmente al Banco del Sur de la banca multilateral es la existencia de la condicionalidad, que se expresa en el mecanismo de la “no-objeción”. En ese sentido, el Banco del Sur debe generar garantías para cada una de sus líneas de crédito, pero en ningún caso puede establecer condicionalidades de política económica para los países miembros. Además, el colateral debe ser separado radicalmente de cualquier intento de imposición vía condicionalidades o mecanismos parecidos a la “no-objeción”.

Los recursos que pueden ingresar al Banco del Sur pueden ser: el ahorro gubernamental expresado en las reservas internacionales, los fondos de pensiones gubernamentales, los excedentes en la exportación provocados por ganancias excepcionales por los precios de los comodities, y las cuotas de pertenencia al Banco que aportan los países que los constituyen.

El Banco del Sur puede también establecer alianzas con otros países de otras regiones para absorber liquidez de corto o mediano plazo generando instrumentos financieros, como papeles con rentabilidad variable. Para ello podrían establecerse alianzas estratégicas con otros organismos financieros y bancas centrales de países amigos.

El Banco del Sur debería proponer una línea de reflexión sobre la economía política de la región para recuperar la soberanía epistemológica, que al momento está secuestrada por los discursos tecnocráticos de la banca multilateral. Los conceptos operadores de las nociones de desarrollo, como aquellos de crecimiento, renta, pobreza, equidad, etc., están construidos desde las necesidades de legitimación teórica del centro antes que de la necesidad de comprensión de los problemas de la periferie.

En ese sentido, el Banco del Sur abre posibilidades de disputar al neoliberalismo en territorios antes prohibidos: de una parte el financiamiento al desarrollo con respeto a la soberanía y a la integración de los pueblos, y, de otra, el pensamiento teórico sobre un desarrollo equitativo, intercultural, democrático, soberano y plurinacional.

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Dolarización en Ecuador: El debate prohibido

Pablo Dávalos, economista y profesor universitario ecuatoriano.

Una espada de Damocles amenaza a la democracia ecuatoriana y al multitudinario apoyo del pueblo ecuatoriano para la realización de la Asamblea Constituyente. Una amenaza que, paradójicamente, es vista como oportunidad e incluso como una garantía de estabilidad. Se trata de la dolarización.

Desde el año 2000 en el que se impuso la dolarización, su tarea ha sido la de ir minando al país: ha destruido la pequeña producción campesina poniendo en riesgo la soberanía alimentaria. Ha destruido la pequeña y mediana producción industrial, generando desempleo y pérdidas de ingreso a miles de familias. Ha desquiciado al sistema de precios con distorsiones que han multiplicado por diez a la canasta familiar en menos de una década y ha destrozado la capacidad adquisitiva del salario que apenas cubre menos de un tercio de esta canasta básica.

Ha provocado un profundo intercambio desigual entre el sector rural y el sector urbano. Ha incentivado una deriva consumista que se refleja en el mayor déficit comercial en toda la historia del país, un déficit oculto por los altos precios del petróleo. Ha provocado una enorme migración de ecuatorianos en búsqueda de trabajo en el extranjero.

Ha polarizado la concentración del ingreso, al extremo que el 20% más rico de la población dispone de más del 50% de la renta nacional, mientras que el 20% más pobre no llega a participar ni del 4% de la renta nacional. Ha incentivado los comportamientos rentistas de sectores medios de la población, y la demanda de asistencialismo en los sectores más pobres. Ha transformado el mercado financiero doméstico que ahora cobra tasas de interés desmesuradas en dólares, e incentiva la fuga de divisas y el endeudamiento externo agresivo por parte del sector privado, que recuerda a aquel proceso de los años setenta que condujo a la crisis de la deuda externa.

En el altar de la estabilidad el país sacrificó sus opciones y para salvar la moneda se sacrificó a la sociedad. Empero, y de manera paradójica, el debate sobre la dolarización es una cuestión casi prohibida. Se convierte en tema tabú. Se discute sobre la Asamblea
Constituyente con una pasión democrática que es correlativa y proporcional al silencio que se impone a la discusión sobre la dolarización.

Es como si la dolarización no existiese. Como si al ser tocada por la discusión sobre la Asamblea Constituyente, la magia de la estabilidad económica pudiese desaparecer de forma instantánea.

Pero los hechos son tenaces, decía alguien cuyo nombre en estos tiempos de socialismo del siglo XXI es preferible obviar. Y esos hechos nos muestran una economía en descalabro y una sociedad fracturada, y un esquema monetario que empieza a hacer aguas y cuyo colapso, a más de inminente, parece más próximo de lo que quisiéramos.

Es de preguntarse entonces: ¿por qué tanto silencio sobre un tema tan importante? ¿Por qué tanto miedo por algo que nos compromete de manera tan radical? ¿Por qué el debate sobre la Constituyente excluye un tema tan crucial para el país como la dolarización?

Si la dolarización está destruyendo la economía y la sociedad ecuatoriana ¿por qué no aprovechar el momento político creado por la Constituyente para una salida ordenada de la dolarización? ¿Por qué aquellos que antes denostaban la dolarización, y con justa razón además, ahora por el hecho de estar en el gobierno aparecen como sus más tenaces defensores? ¿Es la dolarización solamente un tipo de cambio fijo basado en la sustitución monetaria, o es algo más? ¿Si cambiar la moneda de un país fuese buen negocio, porqué ningún país de América del Sur lo ha intentado?

Esta negación a debatir sobre una salida ordenada de la dolarización acota los términos de la reforma política que se pretende realizar al tenor de la próxima Asamblea Constituyente. Porque no sería justo para el enorme movimiento ciudadano que lo respalda y por todas las expectativas que se han provocado, que la Asamblea solamente trate temas de forma, como la despolitización de los órganos de control, de justicia o de elecciones; y deje de lado los temas de fondo como la dolarización y el modelo económico.

Porque la dolarización no es solamente un esquema monetario que otorga certezas para decisiones económicas en el corto y mediano plazo, sino que es el centro de gravedad del modelo neoliberal. Y el modelo neoliberal no se reduce a un conjunto de recomendaciones en política fiscal, sino a la readecuación de las relaciones de poder en beneficio del capital financiero. Porque si no se sale de la dolarización en forma ordenada, no se ha cambiado el modelo económico neoliberal y las relaciones de poder que le son inherentes.

Quizá esto pueda parecer retórica, y quizá no pueda visualizarse la complejidad de lo que significa el modelo económico neoliberal, hasta que la dolarización finalmente colapse. Solo en esa circunstancia quizá pueda entenderse lo que significa realmente el modelo neoliberal, cuando los sectores medios de la población sean los más golpeados por la salida de la dolarización, y hayan descubierto que la Asamblea Constituyente, en la que tanto empeño y energías pusieron, finalmente no les servirá para defenderlos en esa crisis.

El colapso de la dolarización, si la Asamblea Constituyente no toma al respecto los correctivos necesarios, implicaría, al menos, tres fenómenos de alto costo para los mismos ciudadanos que ahora se movilizan por la Constituyente: el primero es el enorme costo de seguir asumiendo y pagando deudas en moneda dura, en la ocurrencia el dólar, con una moneda débil, es decir, la moneda que reemplazaría al dólar. Para cubrir esa diferencia, la única posibilidad es reducir el consumo familiar e incrementar los ingresos, en un ambiente de recesión económica, es decir, de pérdidas de empleos por falta de inversión.

El segundo fenómeno, hace referencia a la presión por la devaluación que harán los grupos de poder sustentados en la agro exportación; y, el tercero, es la crisis del endeudamiento externo privado que transferiría los costos de ese endeudamiento al Estado, un proceso que el país ya lo vivió a inicios de la década de los ochenta con la sucretización de la deuda externa privada. Hay que indicar, además, que los bancos no van a perdonar sus créditos en dólares y que serán los primeros en trasladar los costos de la devaluación a la tasa de interés, provocando más recesión y encareciendo más los créditos.

Para solventar los costos de esa crisis el gobierno tendría que adoptar un paquete de ajuste estructural, de aquellos definidos precisamente por el FMI, si no quiere que el costo de la salida de la dolarización implique una hiperinflación. Y el riesgo de la hiperinflación es real porque aquello que da sustento a la producción interna y que puede garantizar la estabilidad de la moneda nacional, ha sido destruido precisamente por la dolarización.

Las clases medias ecuatorianas intuyen el descalabro que significaría el fin de la dolarización. Estas clases medias, que son el soporte del movimiento ciudadano que presiona por la Asamblea Constituyente, quieren que la reforma política les garantice algo imposible: la estabilidad económica de la mano de la dolarización.

Por ello han puesto entre paréntesis a la dolarización. Porque saben que la estabilidad a la que apelan tiene su fundamento en el esquema monetario de la dolarización. Por ello también su insensibilidad con otros sectores de la población que ven en la dolarización una amenaza, como los campesinos, el subproletariado y los indígenas.

Estos sectores han sido invisibilizados del debate sobre la reforma política, porque sus intereses no coinciden con aquellos de las clases medias. Empero, las clases medias confunden su deseo con la realidad. No porque hayan cerrado toda discusión posible sobre la dolarización, ésta va a mantenerse de manera indefinida. No porque la hayan puesto entre paréntesis, la dolarización continuará dando piso al consumo y al rentismo de las clases medias. Hay límites para ello, y las clases medias lo intuyen. La historia conspira contra ellas. Los tipos de cambio fijo no son eternos. La estabilidad tan cara para sus expectativas es apenas una ilusión momentánea que se genera desde el poder.

En efecto, el sistema mundo capitalista ya conoce las consecuencias de lo que significan los tipos de cambios fijo, y la dolarización es uno de ellos. Estado Unidos no pudo sostener su tipo de cambio fijo basado en el patrón oro. Argentina tampoco pudo sostener la convertibilidad. No existe en la historia moderna, una sola sociedad que haya podido sostener de manera indefinida un tipo de cambio fijo. La experiencia empírica nos dice que los tipos de cambio fijo se agotan en el tiempo, cuando han cubierto todas las expectativas creadas y cuando se acaba el sacrificio que la sociedad hizo para financiarlo.

¿Entenderán las clases medias ecuatorianas las lecciones de la historia? Si la dolarización colapsa en medio de su búsqueda desesperada de estabilidad, ¿harán de la “izquierda” que ahora está en el gobierno la víctima propiciatoria de sus propios errores? ¿Buscarán en la derecha más retrógrada el amparo para su estabilidad perdida y harán tabula rasa del texto constitucional de aquella Asamblea Constituyente que ellas mismas ayudaron a crear?

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Peligro de desdolarización de economía

Por Pablo Dávalos

Durante la última década, el Ecuador fue consolidando de manera importante su modelo de apertura hacia el mercado mundial; esto puede constatarse cuando se compara el volumen del comercio internacional (exportaciones más importaciones) con respecto a la renta nacional. Para el presente año, esa relación se situaba en alrededor del 60%. Hace algo más de una década, el grado de apertura era de un 40%. Esto significa que la estructura productiva nacional, de una manera u otra, se relaciona más con el sector externo de la economía que con la producción interna.

Este es un proceso que nació con las políticas del FMI y que se fue robusteciendo con la dolarización de la economía.

La decisión de dolarizar oficialmente al país, implicaba que la cantidad de moneda que debía respaldar todas las transacciones financieras, productivas y comerciales, dependía directamente del comercio exterior. La cantidad de moneda con la que se realizan las transacciones cotidianas se denomina “oferta monetaria” y en el caso del Ecuador, esta no depende en absoluto del Banco Central, por eso se dice que el país no tiene política monetaria.

De otra parte, el comercio exterior de una nación se mide por el registro de sus transacciones con el resto del mundo, denominado “balanza de pagos”. En la dolarización, la cantidad de moneda que circula en la economía depende, entonces, de la balanza de pagos.

Durante la presente década, la balanza de pagos tuvo dos importantes fuentes de financiamiento que tuvieron un carácter permanente y creciente. La primera eran las exportaciones, y la segunda las remesas de migrantes. Otros componentes de la balanza de pagos, como las inversiones extranjeras y los créditos internacionales, tuvieron una importancia más bien marginal comparada con las remesas y las exportaciones. Aquel discurso que hacía de la inversión extranjera un componente importante para la estructura productiva nacional, y a partir de ello propugnaba una serie de medidas que protejan a la inversión extranjera, era más un discurso que una realidad.

Las remesas crecieron de 800 millones de dólares a inicios de la presente década, a más de tres mil millones en el año pasado. El mismo comportamiento puede observarse con las exportaciones: las exportaciones de petróleo incrementaron su precio de manera importante, de $ 15 el precio del barril de petróleo a inicios de la década, a un techo de $ 140 en el presente año. Las exportaciones de otros bienes primarios y agrícolas, también experimentaron una recuperación en sus precios y en sus volúmenes. Este crecimiento, tanto de las remesas cuanto de los volúmenes como de los precios de las exportaciones ecuatorianas, eran la consecuencia del crecimiento del mercado mundial.

Este constante flujo de dinero sustentó las transacciones que realizaba la economía ecuatoriana. El conjunto de esas transacciones internas se denomina “demanda monetaria” y se estructura, básicamente, en dos grandes componentes, de una parte todas las transacciones que se realizan en la esfera del comercio, la producción y la distribución; y, de otra, aquellas que se realizan en el sector bancario y financiero.

Ahora bien, al no existir un mecanismo de regulación entre la cantidad de dinero que entra a la economía, producto de las remesas y de las exportaciones, y las necesidades de dinero para la producción, el comercio, la distribución y las transacciones que se realizan con la moneda, el único mecanismo que se encontró para equilibrar los flujos de entrada con los flujos de salida fueron las importaciones, sobre todo aquella de bienes de consumo, y la fuga de capitales.

Las importaciones de bienes de consumo, desde textiles hasta alimentos, pasando por autos y otros bienes suntuarios, producían al interior de la economía un proceso de pérdidas de empleos en el sector industrial y agropecuario, y un incremento de empleos en el sector del comercio y la distribución. El país llegó al extremo de importar incluso los bienes de la canasta de alimentación. El incremento de las importaciones generó un enorme agujero en la balanza de pagos, conocido como “déficit comercial”.

Este agujero fue cubierto, momentáneamente, por los precios del petróleo y de las remesas.

De su parte, y habida cuenta de que el país no tiene un prestamista de última instancia, el sector bancario y financiero decidió crear un mecanismo de compensación propio con depósitos en el exterior y, por esa vía, restringió la oferta de crédito. Esta restricción artificial de la oferta de crédito se expresó en altas tasas de interés y en la preferencia de los bancos por generar créditos al consumo y al comercio. La dolarización sacrificó, por tanto, al sector productivo nacional.

En todo este proceso, la política fiscal se redujo, durante los primeros años de la presente década, a ser un observador pasivo y se concentró, en lo fundamental, en la austeridad y responsabilidad fiscal. En los últimos dos años, empero, la política fiscal se volvió más agresiva, esto es, el Estado decidió gastar más sin tener una hoja de ruta de largo plazo, sino una necesidad política de utilizar el gasto fiscal dentro del ciclo electoral.

Sin embargo, al depender de una manera tan importante del sector externo, cualquier evento que altere el mercado mundial, tendrá consecuencias importantes en la balanza de pagos y a partir de allí en la economía en su conjunto. Esos eventos, impredecibles e inesperados acaban de ocurrir con la declaración formal de que la economía norteamericana está en recesión, y con la crisis bancaria y financiera que ha afectado de manera importante a los países más desarrollados.

Estos fenómenos empiezan a expresarse en la caída del precio del petróleo, en la disminución en volumen y del precio de las exportaciones, y en la reducción de los envíos de remesas de migrantes.

En un contexto en el que el esquema monetario depende directamente de la balanza de pagos y, esta a su vez, está en relación directa con las exportaciones y con las remesas, es lógico pensar que la crisis internacional afectará también, por la vía de la balanza de pagos, al esquema monetario sustentado en la dolarización de la economía.

En otras palabras, la crisis afectará de manera directa a la oferta monetaria, y por esta vía a la demanda monetaria. Al afectarse la demanda monetaria, se afectan el sector productivo, el sector comercial y el sector bancario-financiero. Al afectarse estos sectores, se afecta toda la economía y toda la población. Puede pensarse que las reservas en divisas tanto públicas como privadas podrían compensar ese desequilibrio entre oferta y demanda monetaria, pero a condición de que la crisis mundial se resuelva lo más pronto posible y, por tanto, se recupere la balanza de pagos en el corto plazo.

Un escenario de esas características, de la información que existe, es improbable.

Además, está el hecho de que por parte del Gobierno no existe ningún programa económico ni de corto ni de mediano plazo, que no sea el gasto fiscal utilizado como recurso de legitimación electoral.

Si los neoliberales de los noventa sacrificaron la política para salvar a la economía, el populismo de PAIS está sacrificando a la economía para salvar a la política.

En efecto, la irresponsabilidad gubernamental al crear una serie de medidas económicas que tienen un efecto más mediático que real, dan cuenta de que Ecuador ha entrado en la desdolarización de su economía de la misma manera en la que entró: sin preparación de ningún tipo, sin haber resuelto los problemas estructurales del empleo y la distribución del ingreso, sin un horizonte de largo plazo, y con opiniones divergentes.

Empero, el panorama es aún más desconsolador porque la desdolarización de la economía se produce en un momento de vacíos institucionales, desgaste social, confrontación política y corrupción gubernamental.

15 dólares
Fue el precio del barril de petróleo que se exporta registrado a inicios de esta década.

140 dólares
Es el techo al que ha llegado el precio del barril de crudo en el presente año, dentro del gobierno de Rafael Correa.

Efectos en país
cualquier evento que altere el mercado mundial, afectará la balanza de pagos

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