Economías de la Inteligencia

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Crisis y oportunidad nacional

Las crisis económicas son un producto cíclico de la economía capitalista mundial. Son el resultado de la irracionalidad en la producción, el manejo especulativo del capital financiero y la competencia salvaje entre las grandes empresas y países. Por eso, son otro espacio de confrontación y guerra entre las grandes potencias capitalistas, que recurren a su arsenal de “armas económicas prohibidas” para vencer e imponerse a sus rivales. Así deben entenderse la actual devaluación del dólar, los enormes subsidios a la industria automovilística y la baja de tipos de interés en EE. UU., que han puesto contra la pared a Europa y Japón, volviéndolos menos competitivos.

Dada la creciente globalización de la economía mundial, también son arrastrados a esa guerra los países emergentes y explotados, que tienen que devaluar sus monedas para volverse más competitivos o dictar leyes proteccionistas para proteger su mercado interno.

Pero las grandes crisis, con todo el desempleo, miseria y pánico social que producen, son también oportunidades de desarrollo para los países dependientes, como lo muestra la historia del siglo XX y los ejemplos de los países de mayor desarrollo en nuestra región, tales como Brasil, México y Argentina.

La industrialización brasileña comenzó en el marco de la crisis mundial de los años treintas, cuando la “Revolución Varguista”, buscando romper la dependencia con los EE. UU., puso en marcha un proceso de sustitución de importaciones, construcción de infraestructura industrial (Siderúrgica de Volta Redonda, PETROBRAS), diversificación del comercio exterior y búsqueda de la unión aduanera con los países próximos. Y el gran motor de ese proceso fue el Estado, que, según el líder brasileño Getulio Vargas, tenía la “obligación de organizar las fuerzas productivas”, dada la incapacidad y debilidad de la empresa privada.

La industrialización mexicana se inició por la misma época y coincidió con el gobierno nacionalista del general Lázaro Cárdenas. Comenzó con el proteccionismo y la sustitución de importaciones, en productos de consumo masivo, y se amplió luego a la industria pesada. Hitos importantes de ella fueron la reforma agraria, la estatización de los ferrocarriles (1937), la nacionalización del petróleo y creación de PEMEX (1938) y el Plan Sexenal, que delineaba la intervención del Estado en los campos agrario, industrial, sindical y educativo.

La industrialización argentina aprovechó la crisis de la Segunda Guerra Mundial y tuvo como gestor a la “Revolución Justicialista” liderada por Juan Domingo Perón. Enfrentada al estancamiento del sector primario y la falta de divisas, Argentina nacionalizó el comercio exterior y desarrolló una política proteccionista. Luego anunció un Plan Quinquenal basado en cuatro pilares: protección y desarrollo del mercado interno, nacionalismo económico, rol preponderante del Estado y papel central de la industria. También aplicó una política salarial redistributiva y creó el Banco Central, para “promover el desarrollo de la industria y el mejoramiento de la producción agrícola y ganadera”, regular el crédito, controlar a los bancos y proteger el ahorro interno.

Hoy, esos tres países están a la vanguardia de América Latina.

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La deuda infame (1)

Jorge Núñez, El Telégrafo

Los orígenes de nuestra deuda externa están en la famosa “Deuda Inglesa”, usada por el gobierno de Bolívar para comprar armas y contratar soldados profesionales europeos para nuestra guerra de independencia.

Para ello, fue comisionado a Londres don Luis López Méndez, quien contrató con los coroneles Hippisley, Mac Donald, Ikeene, Wilson y otros el reclutamiento de tropas para Venezuela. Por tal gestión, entre 1817 y 1819 salieron de Inglaterra un total de 5.088 oficiales y soldados de fortuna, destinados a enrolarse en nuestro ejército republicano. La mayor parte de ellos era de origen británico (ingleses, irlandeses y  escoceses), aunque hubo también en sus filas 300 alemanes. Con ellos se formaron algunos batallones que se destacaron en la guerra de independencia, como la Legión Británica, que luchó en Boyacá, y el batallón Albión, que peleó en Pichincha y Ayacucho. Jefes y oficiales europeos integraron también los famosos batallones “Rifles” y “Carabobo”, de tan importante actuación en las campañas bolivarianas.

Mas el reclutamiento de estas tropas fue ocasión para variados actos de corrupción por parte de los enganchadores, que vendían grados de oficiales o aceptaban pagar sumas elevadas y en plazos cortos por estos reclutamientos y por los equipos de guerra comprados a los británicos.

Buscando cortar esos abusos de contratistas y prestamistas, el gobierno de Bolívar dispuso el pago de solo las obligaciones respaldadas por documentos. Y finalmente decretó la supresión de estos reclutamientos  en septiembre de 1820, puesto que ya poseía tropas nacionales suficientes y bien entrenadas. Para esa fecha, el valor de los buques, armas, pertrechos y uniformes comprados a los ingleses era de un millón de libras esterlinas, esto es,  de unos cinco millones de pesos colombianos, de lo que se adeudaba más o menos la mitad.

Hacia marzo de 1821, la deuda exterior de Colombia se hallaba en tal confusión que el gobierno de Bogotá decidió enviar a Londres, para su arreglo definitivo, al Vicepresidente de la República, Francisco Antonio Zea,  a quien también se le encargó obtener un nuevo empréstito de dos millones de pesos y se le proveyó de papeles firmados en blanco por Bolívar, para que pudiese ajustar cualquier convenio en forma rápida.

En agosto de 1820, Zea hizo con los ingleses la primera renegociación de la deuda externa, que contemplaba la entrega de pagarés a todos los acreedores, con un interés anual del 10 al 12 por ciento; la hipoteca de las rentas nacionales del tabaco y la minería de oro y plata, para garantizar el pago de la deuda exterior, y la cancelación trimestral de intereses. Es más, los banqueros lograron del pródigo e inexperto Zea la entrega de pagarés a cuanto audaz decía tener deudas pendientes, aunque no presentaran los documentos probatorios del caso.

Esa desastrosa gestión de Zea elevó la deuda externa grancolombiana en casi un 50 por ciento. “…Dejándose arrastrar por una mal entendida generosidad, seducido por las adulaciones de astutos  especuladores y engañado tal vez por estos, perjudicó en extremo a su patria”, afirmó de Zea el entonces Ministro del Interior grancolombiano José Manuel Restrepo.

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