Economías de la Inteligencia

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Utopía monetaria

La unión monetaria ofrece ventajas pero es difícil de crear. Los países deben aplicar una misma política económica por décadas.

Por Gonzalo Maldonado Albán
Anteayer, el ministro Diego Borja dijo en Radio Democracia que su Gobierno defiende la dolarización porque protege la capacidad adquisitiva de las personas. No obstante, una unión monetaria -es decir, un mercado regional con una sola moneda- sería más conveniente para el Ecuador, agregó el funcionario.

Tener una moneda regional equivale -por lógica simple- a abandonar la dolarización. Pero al margen de esta flagrante contradicción -una más del oscuro discurso oficial- es importante saber si tal unión monetaria sería viable. Veamos:

A veces, los países que comercian entre sí devalúan su moneda para volver artificialmente competitivos a sus productos. Los países afectados por esa medida responden con aranceles o cuotas, o con depreciaciones aún mayores de sus propias monedas. El resultado final es negativo para todos porque el intercambio comercial se reduce o se trunca del todo. Una moneda común evita todo aquello porque si ésta se deprecia o revalúa afecta o beneficia a todos por igual.

Algo similar ocurre con los flujos de capital. Un país con una moneda volátil sufre masivas entradas y salidas de capitales que buscan ganancias con la apreciación o depreciación del tipo de cambio. Para evitar estos ataques especulativos contra su moneda, los países imponen restricciones a los flujos de dinero, lo que, a la larga, limita el financiamiento de esos mismos países. Una moneda común evita aquellos problemas porque dentro de un mercado regional ya no habrá manera de hacer ganancias apostando a los movimientos del tipo de cambio.

Si las ventajas que ofrecen son tan importantes ¿por qué no hay más uniones monetarias en el mundo? Porque son difíciles de crear.

Para empezar, una unión monetaria debe hacerse entre países con niveles de desarrollo e instituciones similares. La clave del éxito de una convergencia monetaria es la inflación. En países con niveles semejantes de precios, una moneda común será más fácil de establecer porque ninguno quedará más caro o barato con respecto al otro.

Para que la inflación entre los países sea similar, las autoridades deben renunciar a su autonomía y sujetarse a las metas de gasto necesarias para alcanzar ciertos objetivos macroeconómicos comunes. Los países involucrados deben aplicar la misma política económica ¡durante décadas! (A Europea le tomó 14 años tener una moneda común, a costa de grandes sacrificios políticos de sus gobernantes.)

¿Tienen los países de la región andina -o latinoamericana- las instituciones y la voluntad política para aplicar durante décadas una política económica común? Definitivamente no. Crear una unión monetaria es otra utopía más de las que a este Gobierno le gusta cultivar. Lo más sensato ahora es defender la dolarización.

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Anatomía de la crisis

Por Gonzalo Maldonado, Diario El Comercio

En su ‘Teoría de los sentimientos morales’ Adam Smith dijo que el deseo de copiar o de seguir lo que otros hacían era la pulsión más dañina del ser humano. Si los agricultores de un país decidieran sembrar trigo porque uno de ellos obtuvo pingües ganancias con ese cultivo, todos terminarán perdiendo porque el exceso de oferta hará que el precio de aquella gramínea se desplome en el mercado. Algo similar ocurre hoy en el sistema financiero internacional. Los precios de los papeles que se transan en bolsa siguen cayendo porque todos los inversionistas han decidido hacer lo mismo que alguien hizo en algún momento: vender sus activos financieros para tener dinero en efectivo. Lo que pudo haber resultado beneficioso para una persona -vender un papel y guardar ese dinero en efectivo- a nivel colectivo está produciendo una catástrofe de proporciones inimaginables. Todo el sistema financiero global está en riesgo de colapsar, si las autoridades no detienen ese pánico vendedor que amenaza con tomarse absolutamente todos los participantes del mercado. Es que, al principio, los problemas de liquidez y solvencia solo concernían a los deudores de hipotecas y a los bancos tenedores de esas hipotecas. Como las autoridades estadounidenses fueron incapaces de armar un paquete creíble que limitase la crisis al ámbito hipotecario, los inversionistas comenzaron a desprenderse de sus posiciones -depósitos o acciones- en todos los bancos comerciales. Esto debilitó la posición patrimonial de aquellas instituciones, al punto de forzarles a cortar sus líneas de crédito. Como el paquete de ayuda ha tardado en llegar, la crisis amenaza ahora con tomarse al sector real de la economía. Los precios de acciones como las de General Motors están en niveles históricamente bajos por el temor de que esa corporación no sea capaz de honrar sus deudas. En una situación parecida se encuentra Ford Motor Company, otro gigante de la industria automotriz. Si las grandes empresas entrasen en dificultades económicas, se producirían despidos masivos. Esto afectaría al consumo de los hogares, lo que acentuaría la recesión a escala mundial. Si entre hoy y mañana, las autoridades del G7 no son capaces de transmitir confianza entre los inversionistas, los expertos aseguran que se produciría un ‘crack’ incluso más grave que el ocurrido en 1929. Para evitar aquello, se barajan alternativas extremas como nacionalizar toda la banca; que el Estado preste directamente a las empresas y a las familias en dificultades financieras y que garantice absolutamente todos los pasivos del sistema financiero. Son medidas que antes hubieran sido impensables pero que ahora se las mira como las únicas capaces de impedir el colapso de los mercados.

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