Economías de la Inteligencia

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Por qué nadie puede adivinar cuándo se recuperará el ciudadano de a pie

Henry Ford dijo: “La historia es una patraña”. Con más cinismo aún, Napoleón dijo: “La historia no es sino una fábula aceptada por todos”. Ambos tenían parte de razón.

Cuando se produzca una fuerte presión sobre el dólar, habrá que temer un pánico financiero mundial

En el juego de ajedrez de la geopolítica, de aquí a 2050 va a haber muchas tempestades

Pero allá por el comienzo de los años treinta, durante la Gran Depresión, el padre del presidente John F. Kennedy, el viejo Joe Kennedy, amasó dos fortunas cuando apostó a que las acciones seguirían bajando y el paro seguiría aumentando. Desconfiaba de las recuperaciones iniciales del New Deal.

Por el contrario, el destacado economista estadounidense de Yale Irving Fisher, tras (1) casarse con una fortuna y (2) amasar una segunda fortuna gracias a la invención de un lucrativo sistema de clasificación visual, ha terminado, a pesar de todo, ¡perdiendo nada menos que tres fortunas!

La historia de estos dos opuestos ilustra cómo y por qué la economía nunca podrá ser una ciencia exacta. Joseph Kennedy, padre, era un duro y astuto especulador. Parece ser que vendió acciones al descubierto desde 1929 hasta, aproximadamente, 1931 o 1932. Fisher, para empezar, perdió su propia fortuna cuando las acciones que compró perdieron todo su valor. Así que volvió a estudiar las estadísticas de las instituciones financieras y del individuo de la calle. Fisher escribió un nuevo libro reconociendo que había sido demasiado optimista. En él reconocía su error anterior. Pero su nuevo libro decía: ahora el mercado de valores es una ganga.

Desgraciadamente, las acciones de su heredera esposa se hundieron por culpa de este consejo. El tozudo Fisher persistió en su optimismo. A renglón seguido aconsejó a su nuera, la presidenta (creo) de Wellesley College, que siguiera con las acciones. Esta vez ella se resistió y le despidió como asesor de inversiones.

Mientras que Fisher se quedó en la ruina, Joe Kennedy siguió vendiendo en descubierto acciones que todavía seguían cayendo. No hay ninguna paradoja.

Sin embargo, cuando al fin el programa de recuperación del New Deal empezó a dar sus frutos, Kennedy padre dejó el mercado de valores y compró el Chicago Merchandise Mart Building, la construcción más grande del mundo en aquel momento.

¿Qué especulador acertó? ¿Y cuál de estos dos gigantes bien informados estaba equivocado? Ningún sabio es capaz de responder a esa pregunta.

Hoy en día, el gobernador de la Reserva Federal, Ben Bernanke, vislumbra una posible recuperación para finales de año. Es un académico prudente, respaldado por los mejores expertos en previsiones del mundo en el Consejo de la Reserva Federal.

Yo sería un loco temerario si discutiese el punto de vista casi optimista de este funcionario de que, para finales de año, habrá algo de estabilidad. Ustedes y yo deberíamos esperar que en efecto haya un rayo de luz al final del túnel que nos espera. Pero traslademos ahora nuestra visión al futuro. Incluso si la perspectiva a corto plazo de una recuperación durante 2009-2010 se materializa, debo advertir una vez más de que, para el dólar estadounidense, el panorama a largo plazo está lleno de peligros.

China es el nuevo factor a tener en cuenta. Hasta ahora, China ha estado dispuesta a invertir sus recursos reciclados en forma de letras del Tesoro de bajísima rentabilidad. Eso sigue siendo una buena noticia. Pero es casi seguro que no puede durar y no durará. Algún día, puede que pronto, China se volverá pesimista respecto al dólar estadounidense.

Eso significa que habrá problemas letales para la economía estadounidense en el futuro. En el momento en que se produzca una fuerte presión sobre el dólar, creo que tendremos que temer que se produzca un pánico financiero verdaderamente mundial. Ahora, China, Japón y Corea tienen dólares, pero no porque piensen que los dólares seguirán siendo seguros.

¿Por qué, entonces? Principalmente lo hacen porque es una forma de prolongar su crecimiento impulsado por las exportaciones. No soy el único que siente este paranoico temor a la balanza de pagos futura. Warren Buffett, sin ir más lejos, se ha vuelto proteccionista. Desgraciadamente, es posible que muy pronto el proteccionismo se vuelva más maligno.

El presidente Obama se esfuerza por apoyar el libre comercio. Pero, siendo un astuto presidente centrista, se va a ver muy presionado para hacer concesiones.

Y estará sometido a nuevas presiones permanentes. Sus expertos deberían estar haciendo planes ya para que Estados Unidos se convierta en una potencia subordinada a China en lo que a liderazgo económico se refiere.

El equipo de Obama es bueno. ¿Pero actuarán con prudencia para adaptarse al hecho de que Estados Unidos se convierta en una sociedad mundial secundaria?

En el juego de ajedrez de la geopolítica, de aquí a 2050 va a haber muchas tempestades. Ahora es el momento de prepararnos para lo que nos deparará el futuro.

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¿Podría EE UU sufrir ‘décadas perdidas’ como las de Japón?

Paul Samuelson

Cuando Adolf Hitler asumió el poder en Alemania durante el periodo posterior a Weimar, entre 1933 y 1939, los videntes en Europa y EE UU proclamaron que “eso no puede pasar aquí”. Vale la pena el ejercicio de replantear la pregunta seriamente: ¿podrían los EE UU de Obama sufrir una década perdida como la experimentada por Japón?

Una economía deprimida genera una sociedad malsana. La historia nos lo ha mostrado

Sin una inyección pública fuerte de poder adquisitivo, una economía en recesión va de mal en peor

Pensar lo impensable puede ser útil incluso para los optimistas. Soy un macroeconomista realista que, a pesar de los excelentes programas de los equipos de Obama y el Congreso demócrata, prevé que la recuperación del crecimiento del PIB real y de los índices de empleo elevados en EE UU y en el mundo probablemente se dará tras una caída cifrada en años, y no en meses.

Supongamos, no obstante, que estoy siendo demasiado optimista y que EE UU pudiera experimentar una década perdida como la de Japón.

¿Cómo podría pasar eso? Todo lo que se necesita es un estancamiento de la democracia. A lo largo de la historia, dichos estancamientos se han producido con demasiada frecuencia. En Japón, las diferentes facciones del partido mayoritario, el Partido Demócrata Liberal, siempre han tendido a la controversia. Además, los legisladores de la Dieta se enfrentaban a los burócratas del país.

Sólo tenemos que imaginar una pérdida de popularidad del presidente Obama. Sin una inyección pública fuerte y sostenida de nuevo poder adquisitivo, una economía en recesión va de mal en peor. La reducción del empleo hace que el consumo se contraiga. La disminución del gasto provoca un aumento del desempleo. Es un círculo vicioso, la pescadilla que se muerde la cola.

Japón refuta la creencia anterior de que los mercados liberalizados siempre pueden generar su propia recuperación. Una refutación incluso anterior la proporcionó el incapaz Herbert Hoover entre 1929 y 1932. Una economía en retroceso genera su propio círculo vicioso descendente, a no ser que se le aporte un gran estímulo público sostenido. Una economía deprimida genera una sociedad malsana. La historia nos lo ha mostrado en repetidas ocasiones.

Por ahora, el dólar se mantiene sorprendentemente fuerte. Podría perder su categoría de moneda refugio. No podemos descartar un ataque desordenado contra el dólar en el futuro. Cuando eso ocurra, si es que ocurre, a los fondos de cobertura extranjeros que venden dólares al descubierto se les unirán también los fondos de cobertura estadounidenses.

Ahora mismo, el presidente Obama y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, no tienen que preocuparse por un debilitamiento del dólar (¿a lo mejor, en su fuero interno, incluso lo agradecen como un impulso para las exportaciones estadounidenses?). Pero más adelante, los excesivamente consumistas estadounidenses podrían perder el liderazgo mundial en los mercados de divisas. George W. Bush, durante sus ocho años en la Casa Blanca, se enemistó imprudentemente con las naciones extranjeras. Ése es su terrible legado.

La vida en una caída sostenida como la de Japón podría ser lamentable. Ya mismo puedo ver por la ventana de mi casa de invierno en la costa occidental de Florida esa imagen deprimente. Si conducimos dos kilómetros hacia el sur, podemos contar carteles de “se vende” en 20 casas de lujo.

Las tiendas están en su mayoría vacías. Los servicios de enfermería abundan porque pocos maridos de enfermeras encuentran trabajo. Uno se tropieza con abogados e ingenieros dispuestos a aceptar trabajos de lavacoches, aunque hoy en día no hay trabajos de ésos. Edificios abandonados, a medio construir, se deterioran cada mes que pasa.

Me quedé sorprendido cuando oí decir a un consternado banquero local, que con toda probabilidad ha votado a los republicanos toda su vida, que si para evitar caer en la trampa japonesa la gente de Obama tuviera que tolerar unas tasas de inflación superiores al 10% entre 2009 y 2012, EE UU debería aceptar ese riesgo.

Ponderar la enfermedad japonesa, no porque sea muy probable sino para comprender lo perniciosa que podría ser, zanjará el debate a favor de los programas de estímulo extremos. Mejor prevenir que curar.

Y merece la pena explorar otro experimento mental relativo a la próxima media década. ¿Qué pasaría si la ideología contraria al libre comercio adquiriera popularidad política? ¿Cómo podría afectar a las tasas de crecimiento real y a los niveles de vida mundiales el que la UE, Norteamérica y Asia en general sucumbieran a los aranceles elevados y las cuotas de importación bajas?

El golpe más duro se lo llevarían China e India. Los trabajadores de EE UU y de la UE no se librarían de una caída de sus salarios anuales. Aun así, puede que muchos ciudadanos de países importantes de la UE como Francia, Alemania e Italia prefieran una caída de los salarios reales si con eso se consigue, por ejemplo, reducir a la mitad la tasa de desempleo en Europa. En tiempos y lugares modernos, las sociedades de centroizquierda evitan morirse de hambre tomando medidas temporales para reducir las desigualdades.

Como ya me sé las locuras de la izquierda y de la derecha, me he convertido en un centrista convencido que sabe que las empresas privadas y los reguladores públicos son esencialmente necesarios. Casi por definición, un centrista debe estar dispuesto a alcanzar un compromiso. Por eso, si los franceses quieren trabajar menos horas a la semana y frenar el libre comercio, son opciones admisibles que no amenazan con devolvernos a la era de la servidumbre.

Durante las burbujas ascendentes, el éxito de hoy parece alimentar el éxito de mañana. Pero es un arma de doble filo. En una burbuja descendente, la caída de ayer de los precios del Dow Jones genera nuevas caídas hoy y mañana. Irónicamente, cuando los ciudadanos se asustan demasiado y dejan de gastar, su cambio al ahorro imposibilita el aumento de la inversión. Mi generación de macroeconomistas lo denominaba “la paradoja del ahorro”. Los que hoy enseñan en las principales universidades estadounidenses se dejaron lavar el cerebro por eruditos libertarios como Milton Friedman y Friedrich Hayek y han olvidado estas realidades.

Sería una tragedia -una tragedia evitable- que las democracias de hoy se dejasen atrapar en recesiones prolongadas.

Paul A. Samuelson es profesor emérito de Economía en el Massachusets Institute of Technology (MIT) y Premio Nobel de Economía en 1970. © 2009 Paul Samuelson. Distribuido por Tribune Media Services. Traducción de News Clips.

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Recuerden a los que frenaron la recuperación estadounidense

Paul Samuelson

Tras el gran desplome del mercado de valores de octubre de 1929, el nuevo presidente republicano, Herbert Hoover, y su millonario secretario del Tesoro, Andrew Mellon, cometieron la estupidez de oponerse a los macroprogramas públicos de estímulo económico rápido. Ese terrible error arruinó para siempre sus reputaciones en la historia.

Sorprende que economistas conservadores se opongan a que el Gobierno estimule la economía real

La ciencia económica ha progresado mucho desde entonces. Desafortunadamente, sin embargo, el excelente equipo económico del presidente Obama todavía se ve constreñido y estorbado por la oposición republicana del Congreso. Así es la política, la política peligrosa.

Pero quizás resulta más sorprendente que algunos macroeconomistas conservadores se hayan unido a quienes se oponen con pesimismo a que el Gobierno estimule de forma enérgica la economía real ahora. ¿Por qué unos especialistas en economía bien preparados quieren volver a caer en viejos errores en un momento crítico?

Es un hecho interesante, aunque no sirva de explicación, que algunos de ellos estén reproduciendo un viejo síndrome de Harvard. A principios de la década de los treinta, entre las estrellas de Harvard se encontraban nombres tan famosos como los de Joseph Schumpeter y Edward Chamberlin. Ambos encabezaron los ataques contra el plan de recuperación económica de Roosevelt conocido como New Deal.

Schumpeter afirmaba que las depresiones son algo bueno, no malo, porque proporcionan una catarsis (sea lo que sea lo que eso signifique en este contexto) después de las distorsiones de la expansión económica que las precede. ¡Una depresión era, de hecho, justo lo que recetaba el médico!

Pero Schumpeter no era el único que pensaba así. Otro austriaco famoso, Friedrich Hayek, que entonces residía en Inglaterra, fue objeto de eternos reproches por insistir de manera similar en limitar cualquier expansión del crédito durante la deflación de 1931. Se dice que, en un seminario celebrado en Londres en plena depresión, el joven socio de J. M. Haynes, Richard Kahn, le preguntó a Hayek: “¿Quiere decir que si usted me presta una libra y la gasto en consumir algo estoy haciendo que la depresión empeore? Hayek le respondió: “Sí, y es muy complicado explicar por qué”. Pero es fácil explicar por qué se hundió la reputación de Hayek como macroeconomista.

Ésta no era una peculiaridad austriaca. Chamberlin, el famoso inventor de la teoría de la competencia monopolística, contribuyó a las críticas contra el New Deal con la descabellada opinión de que las depresiones eran “imposibles” porque la demanda nunca podía ser más baja que la oferta. Por eso no es de extrañar que un periódico de Boston publicase un titular desaprobador: “El equipo titular de Harvard queda eliminado”.

En cierta forma, la historia se repite. Otra pareja de famosos economistas de Harvard, Greg Mankiw y Robert Barro, parece estar dejándose llevar por una ideología conservadora al estilo Hoover-Mellon para tratar de limitar y oponerse a la propuesta de Obama para reactivar la economía real. Su versión de la doctrina conservadora es ligeramente distinta.

Keynes y Richard Kahn sostenían que, en una economía con un paro y una falta de actividad excesivos, un dólar más de gasto gubernamental en productos de consumo, especialmente en aquellos que los consumidores normalmente no compran por sí mismos, sería más útil que un dólar gastado en aumentar la producción total.

Su razonamiento consistía en que esa parte de los beneficios privados obtenidos al producir lo que fuese que el Gobierno comprase en primer lugar serían gastados por aquellos que los hubiesen obtenido, y así sucesivamente. Los cálculos actuales sobre esta multiplicación indican que un dólar de gasto público en productos de consumo genera, tras cierto tiempo, alrededor de un dólar y medio de gasto total y de producción. Como todos los cálculos de ese tipo, éste es aproximado e incierto; el verdadero efecto multiplicador puede variar dependiendo de las circunstancias.

La bajada de los impuestos ha resultado ser menos eficaz porque los beneficiarios ahorran una parte considerable de ese dinero, especialmente en épocas de incertidumbre.

Los seguidores actuales de Herbert Hoover afirman que la multiplicación es mucho menor, no de 1,5 sino quizás de 1,01 o 1, o puede que incluso menos. Probablemente no estén en lo cierto, y esas afirmaciones exageradas son absurdas.

Los modelos de previsión habituales, empleados por el Gobierno y por el sector privado, funcionan mejor con multiplicadores cercanos al 1,5 que se propone aquí. Un meticuloso estudio comparativo del Banco de la Reserva Federal en Boston averiguó que los multiplicadores mucho más pequeños, como los que en su momento proponía Milton Friedman, funcionan muy mal.

Pero, incluso si las compras de productos con dinero público no añadiesen a la producción nacional más que esos mismos productos, ése no sería un motivo para oponerse a ellas en un momento en que se está despidiendo a obreros y las fábricas están cerrando porque no son capaces de encontrar compradores particulares para sus productos.

Tenemos muchos ejemplos de mejoras en la economía real que tuvieron su origen en el gasto público: Estados Unidos después de 1940, nuevamente entre 1963 y 1967, e incluso la Alemania de Hitler. En esos casos, la fuerza impulsora era el gasto militar. No hay ningún motivo económico por el que el gasto en obras públicas pacíficas tendría que funcionar de un modo distinto.

De modo que ¿cómo explicar semejante estupidez a estas alturas del desarrollo de las ciencias económicas y en un momento en que la economía real tiene una necesidad tan apremiante de un impulso expansivo?

Se vislumbran dos posibles explicaciones. La primera es que un largo periodo de crecimiento económico tranquilo, interrumpido únicamente por recesiones muy leves, ha adormecido a la joven macroeconomía con la creencia de que éste es el orden natural de las cosas y que las economías capitalistas modernas simplemente no pueden sufrir caídas graves de la demanda. Ésta es una variante del error de Chamberlin. La otra explicación es que, aparentemente, la ideología conservadora tiene permiso para dejar de lado la sensatez.

Se tarda tiempo en labrarse una buena reputación. Pero en la injusta jungla de la ciencia, puede perderse de un día para otro. Afortunadamente, después de toda mala decisión dentro de los modelos económicos, uno puede hallar algo de consuelo en la última frase de Lo que el viento se llevó: “Mañana será otro día”.

c) 2008, Paul A. Samuelson. Distribuido por Tribune Media Services. Traducción de News Clips.

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Premio Nobel: recetas para descubrir, inventar… y ganar

El premio Nobel de Economía Paul Samuelson especificó en 1970 ciertas condiciones necesarias que un científico debe tener para obtener el prestigioso galardón. El tiempo demostró que no estaba equivocado

Para los medios y, como consecuencia, para el gran público, el mito refleja a los investigadores científicos como seres superdotados, distraídos, en algunos casos profundamente malignos y sedientos de poder y en otros como personas que se sacrifican por el bien de la humanidad.

Casi todos aparecen en la televisión mirando por un microscopio o manejando máquinas infernales generadoras de impactantes rayos. ¿Pero cómo son realmente?

La realidad en términos generales es que son personas comunes, con inteligencias normales, quizás curiosas, preguntonas -o quizás, mejor, autopreguntonas-, muchas veces obsesivas.

Por una parte, son esforzados trabajadores y, por otra, haraganes que buscan trabajar lo menos posible. Así, a partir del invento de la rueda, no se necesitó transpirar para arrastrar pesadas cargas. En el mismo sentido apuntan la máquina de vapor, el automóvil, el motor eléctrico, las computadoras, los robots o los controles remotos.

Se pueden colegir las características de un buen investigador imaginando la escena de entrega de los premios Nobel en Estocolmo en 1970, en la que un grupo de estudiantes, invitado para intercambiar ideas con los premiados, le preguntó a Arne Tiselius -premio Nobel en 1948 y presentador de nuestro Luis Federico Leloir, premiado ese año- qué había que hacer para ganar el Premio Nobel.

Tiselius contestó que no sabía cómo aconsejarlos. Para él, el premio principal era el goce que produce el trabajo de investigación y sus consecuentes descubrimientos e innovaciones… Pero cuando el Premio Nobel de Economía de ese año, Paul Samuelson, agradeció en nombre de todos los premiados, retomó el tema comentando que él podía decirles como ganar el premio y que ello, incluso, era muy fácil.

“Lo primero es tener grandes maestros”, y en su caso se consideró afortunado. Entre otros de sus maestros citó a Wassili Leontief, premiado luego con el Nobel en 1973, tres años después.

Lo segundo, dice Samuelson, es trabajar con grandes colegas, colaboradores y compañeros. La bendición que tuvo Samuelson en ese sentido le hace citar tres nombres, entre los que están James Tobin y Robert Solow, premiados 13 y 17 años después respectivamente.

En tercer lugar deben tener alumnos que se destaquen y, dado el gran número de discípulos de Samuelson, éste sólo se animó a dar tres ejemplos. Ellos fueron Lawrence Klein, Robert Mundell y Joseph Stiglitz, los que ganaron bastante después el Nobel, en 1980, 1999 y 2001 respectivamente.

La cuarta condición indicada por Samuelson es que se deben leer los trabajos de los grandes maestros, para lo cual cita a siete de ellos. Dos hasta el año 2003, Bertil Ohlin y Gunnar Myrdal, fueron premiados cuatro y siete años después de que se escucharan estos consejos de Samuelson en 1970.

Factor suerte

“La quinta condición -se apresuró a decirles- es la suerte”. Evidentemente Samuelson acertó en la cita de sus maestros, compañeros de investigación, discípulos e investigadores cuyos trabajos deben leerse: entre todos ellos hubo ocho que recibieron el premio años después de que él los citara. Evidentemente, Samuelson tenía el ojo bien entrenado. Habría que preguntarse cuántos, de los otros once que todavía no lo recibieron, serán premios Nobel en el futuro.

No obstante, la brillantez de la -en cierto modo- “demostración” de Samuelson, se podrían enriquecer sus consejos.

Para hacer más descubrimientos, deben tenerse en cuenta, además de las condiciones individuales, las ambientales.

Respecto de las condiciones ambientales, son las que se refieren a la existencia, en un país, de un poderoso o débil sector de ciencia y tecnología, incluyendo al conjunto de sus investigadores, sus medios de vida y, por supuesto, la existencia de fondos para invertir en elementos necesarios para el trabajo de investigación. En ambientes ricos en medios y, sobre todo, en cantidad de personalidades trabajando en investigación, la posibilidad de formarse como buen investigador es mayor. En caso contrario, mayores serán los esfuerzos que el investigador deberá hacer para conseguir buenos descubrimientos.

Todo tiene su grado de relatividad. Las ideas de Samuelson para ganar el premio Nobel fundamentalmente fueron la de tener grandes maestros. Lo habitual en el trabajo de investigación es que éste se aprende trabajando con buenos investigadores.

Los buenos investigadores producen, además de descubrimientos, buenos discípulos.

La influencia de los grandes maestros, de los compañeros de trabajo de excelencia y de los buenos discípulos puede visualizarse cuando se vinculan esas relaciones con los premios Nobel. Así, con J.J. Thomson, premio Nobel en 1906, trabajaron cinco investigadores que luego fueron premiados. Con uno de ellos, E. Rutherford, investigaron nueve discípulos que luego fueron Nobel y uno de ellos, Niels Bohr, lo hizo a su vez con nueve colaboradores que recibieron ese premio, entre ellos W. Pauli, quien tuvo cuatro discípulos luego también premiados. De entre ellos, I. Rubi formó nueve Nobel, uno de los cuales, J. Schwinger tuvo cinco que recibieron el Nobel y, finalmente, uno de estos últimos, J. Steinberger, lo ganó con sus discípulos M. Schwartz y L. Lederman, en 1988.

Genética intelectual

Esta valiosa descendencia se podría definir como un fenómeno de “genética intelectual”.

Una rara excepción fue la de nuestro Nobel Bernardo Houssay, que se formó a sí mismo. Con él aprendieron a investigar Luis F. Leloir, Nobel en 1970, y Andrés Stoppani, que, si bien no fue premiado, formó a César Milstein, el tercer argentino premio Nobel en 1984. Milstein podría considerarse nieto científico de Houssay.

Leloir, en una nota periodística de 1986 en LA NACION, titulada “El descubrimiento al alcance de todos”, se pregunta: “¿Qué factores influyen para que algunos hagan descubrimientos repetidamente y otros una sola vez o nunca? El tema es de gran interés ya que, de llegarse a saber el por qué, se podría enseñar más racionalmente a los discípulos cómo investigar con buenos resultados o programar a una computadora para que hiciera descubrimientos para nosotros”.

“Las nuevas ideas e inventos se le ocurren a personas que están pensando constantemente en un problema”, dice.

Entonces, de repente, o como consecuencia de un pensamiento inconsciente, la solución aparece: “¡Eureka, la encontré!”

El caso de Arquímedes es un ejemplo de trabajo mental complementado con la observación. En otros casos, para que las observaciones o conocimientos previos e hipótesis sobre ellos sean válidos, hay que hacer experimentos.

“Varios de mis compañeros -dice Leloir- tuvieron buenas ideas sobre cómo hacer un buen experimento estando en el baño o en la cama, en las primeras horas de la mañana. Paz y aislamiento son las ventajas del baño o la cama. No es fácil concentrarse en un tema en el tumulto de una fiesta”.

“La discusión entre 4 o 5 personas aisladas, trabajando en el mismo problema o proyecto de investigación puede ser muy fructífera. Es importante el examen crítico de las hipótesis, para descartar las malas o aquéllas que no puedan ser probadas con los métodos disponibles. Ciertas personas no tienen mucha imaginación y tienen sólo unas pocas ideas, mientras que otras están tan llenas de nuevas ideas que no tienen el tiempo ni la paciencia para probarlas todas”, señala.

Un descubrimiento requiere “conocimiento, curiosidad, paciencia y un factor poco divertido y romántico, pero muy importante: el trabajo duro”.

No va a ser fácil encontrar el método seguro y perfecto para producir buenos descubrimientos o invenciones. La complejidad del problema está relacionada con la complejidad del cerebro humano.

Aunque se han dado indicios de cuáles son algunas características del trabajo de investigación indicados por dos premios Nobel, ambos de 1970, Samuelson y Leloir, existen otros estilos de investigación. Algunos premios Nobel hallaron sus principales ideas en condiciones diferentes, sin todas las características señaladas, y ganaron el Nobel con un único trabajo importante, pero tan trascendente y revolucionario que su ciencia y el método de trabajo en ella cambiaron radicalmente. Pero este tipo de premiado es excepcional.

Por Enrique Belocopitow

El autor es investigador y divulgador científico, y vicepresidente de la Fundación Instituto Leloir.

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Y vendrán nuevas debilidades

Paul Samuelson, Tomado de Diario El País…

La humanidad es más ostra que búho sabio. Tanto en la macroeconomía contemporánea como en la geopolítica contemporánea, los optimistas piensan demasiado pronto que distinguen el comienzo de mejores tiempos.

Temo que debemos esperar nuevas debilidades macroeconómicas, y probablemente persistirán durante todo 2009

Antes, Estados Unidos y sus aliados derrotaron a los talibanes en Afganistán. ¿De verdad? Los enemigos extremistas resucitan, como el ave fénix, con mucha frecuencia. Una y otra vez.

Consideren también que el envío de más tropas estadounidenses a Irak parece correcto ahora que ha suscitado esperanzas racionales de que un Irak cooperador (a tres partes) avanza hacia el autogobierno, algo que podría justificar una futura retirada del Ejército estadounidense de ese país. Sin embargo, a los estrategas experimentados no les sorprenderá que los beneficios del creciente aumento de tropas se evaporen de aquí a seis meses.

De Gaulle aprendió por las malas los altibajos franceses en Argelia y Vietnam. Los presidentes Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon aprendieron lecciones similarmente graves en Vietnam. Al final, sin victoria ni honor vanaglorioso, toda la sangre y la hacienda sacrificados para derrotar al Gobierno izquierdista vietnamita no valieron para nada.

Un patrón muy similar a este patrón geopolítico -éxitos seguidos por derrotas cada vez peores- podría hacerse patente en el actual caos financiero. La Reserva Federal estadounidense y los bancos centrales extranjeros se vieron forzados a ampliar la oferta de crédito. No lo hicieron para proteger a los prestamistas hipotecarios temerarios y a los prestatarios temerarios de sufrir pérdidas de inversión y ejecuciones de hipotecas. Por el contrario, recordando lo gravemente que se hundieron las economías mundiales durante la gran depresión de 1929-1939, los Gobiernos modernos han actuado con rapidez para inclinarse contra los vientos adversos de la recesión.

Cuando la Reserva Federal ayudó al fondo de cobertura Long Term Capital Management mediante una ayuda financiera diseñada en 1998, la motivación fue mantener viva la prosperidad comercial de 1995-2000. Los seguidores de las actuaciones del presidente Herbert Hoover y del secretario del Tesoro Andrew Mellon en 1929 critican estas ayudas estatales porque fomentan el “riesgo moral”, es decir, un aumento de la inversión arriesgada en el futuro debido a las expectativas de un rescate inmerecido.

La mayoría de mis compañeros macroeconomistas son en su mayoría demasiado jóvenes para recordar la gran depresión. Siendo alumno de la conservadora Universidad de Chicago, yo la percibí ampliamente dentro y fuera del aula. Y saqué varias lecciones permanentes:

1. El capitalismo puro no puede evitar algunos ciclos económicos. Y tampoco puede contarse con que los mercados curen por sí solos sus males.

2. Las medidas adoptadas por la Reserva Federal de subir y bajar los tipos de interés a corto plazo en una inclinación contra el viento pueden definitivamente amortiguar la volatilidad de la macroactividad comercial real. Éste no es un mero deseo académico. Desde 1989, nosotros y el mundo hemos disfrutado de hecho de una especie de gran moderación: ciclos empresariales con altibajos menos pronunciados.

3. Sin embargo, en momentos de alteraciones más graves -1929-1933 o 2007-2008-, las alteraciones por parte de los bancos centrales de sus objetivos de tipo de interés a largo plazo se vuelven cada vez más impotentes. Los tipos de interés cercanos a cero sólo sirven para fomentar la acaparación, no para gastar dinero.

4. Por último, en tiempos de severas crisis relacionadas con la oferta -como ahora y en la década de 1970-, cuando los precios del petróleo de la OPEP se cuadruplican de la noche a la mañana al mismo tiempo que las cosechas y la producción mundial de metales sufren y los precios de las materias primas se encuentran en una burbuja ascendente, una economía sufre una estanflación maligna: aumento del desempleo al mismo tiempo que la inflación total se desboca.

Por desgracia, el mismo zigzag entre el optimismo y el pesimismo es endémico en la batalla entre las paridades del dólar estadounidense y las del euro, el yen japonés o el won coreano. Hace un mes, la ligera mejora de las exportaciones estadounidenses revitalizó el nivel del dólar respecto al euro y otras monedas principales.

Genial, quizá, para los especuladores de gatillo fácil. Sin embargo, el gráfico a largo plazo de los déficits de la balanza de pagos total de Estados Unidos sólo muestra contoneos en su crónica tendencia ascendente. Si esto le produce pesadillas a Warren Buffett, quizá las masas de estadounidenses que gastan en exceso se percaten también.

Si a los economistas nos hubiesen dicho en 2007 lo dura que sería la tormenta perfecta de los mercados financieros que se ha producido de hecho en 2008, creo que habríamos predicho racionalmente una recesión económica global en Estados Unidos mucho peor de lo que ha sido hasta ahora. ¿Pero cuánto va a durar? No contengan la respiración.

Temo que debemos esperar nuevas debilidades macroeconómicas, y probablemente persistirán durante todo 2009. A mediados de septiembre nos llegaba la noticia de la quiebra de Lehman Brothers, el cuarto mayor banco de inversión estadounidense. Tengo que aprobar la decisión de no avalarlo como se había hecho antes con Bear Sterns.

De nuevo sufrieron golpes duros sociedades gigantes como Citigroup y American Investment Group (seguros). Cuando nadie salió en ayuda de Merrill Lynch, la mayor casa de corretaje minorista estadounidense, Bank of America la engulló.

Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, admitía públicamente que la tormenta perfecta sufrida por Wall Street a mediados de septiembre es un suceso peor, de esos que se dan “una vez en un siglo”. Por eso es extraño que el 16 de septiembre el Comité de Mercado Abierto de la Reserva Federal se negara a reducir un poco sus tipos de interés y dijera que no a un nuevo crédito de apoyo. Aunque éste sea un pecado venial, no mortal, me sigue pareciendo que el mayor fallo del gobernador Ben Bernanke es el de no recordar que, ante todo, la razón de ser de los bancos centrales es la de constituirse en prestamista de último recurso cuando una sociedad de mercado democrática se ve golpeada por la calamidad más grave.

Espero que Bernanke acabe teniendo razón y que yo me haya equivocado.

(c) 2008 Paul Samuelson. Distribuido por Tribune Media Services.

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