Economías de la Inteligencia

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El gran miedo a la inflación

De repente parece que todos hablan de la inflación. Opiniones muy severas advierten de que la hiperinflación está a la vuelta de la esquina. Y puede que los mercados se estén dejando llevar por esta alarma: los tipos de interés de los bonos del Estado a largo plazo están subiendo, y el temor a la futura inflación es una de las posibles razones de esa subida.

Japón tuvo problemas similares a los de EE UU y los precios bajaron

¿Pero tiene sentido este gran miedo a la inflación? Básicamente no, aunque con una advertencia a la que llegaré más tarde. Y sospecho que este miedo tiene que ver, al menos en parte, con la política, no con la economía.

Vayamos al grano. Es importante que nos demos cuenta de que no hay asomo de presiones inflacionarias en la economía ahora mismo. Los precios al consumo están más bajos que hace un año y las subidas salariales se han estancado debido al alto desempleo. El peligro claro y actual es la deflación, no la inflación.

Entonces, si los precios no suben, ¿a qué se debe esta preocupación por la inflación? Algunos afirman que la Reserva Federal está acuñando montones de dinero, lo cual tiene por fuerza que ser inflacionario, mientras que otros dicen que el déficit presupuestario acabará obligando al Gobierno estadounidense a reducir su deuda mediante la inflación.

Lo primero es sencillamente falso. Lo segundo podría ser correcto, pero no es así.

Sí es cierto que la Reserva Federal últimamente ha estado tomando medidas sin precedentes. Más concretamente, ha estado comprando muchísima deuda, tanto pública como del sector privado, y financiando estas compras atribuyendo a los bancos reservas adicionales. Y en tiempos normales, esto sería muy inflacionario: los bancos, nadando en reservas, aumentarían los préstamos, lo cual elevaría la demanda, lo que a su vez haría que subieran los precios.

Pero los tiempos que corren no son normales. Los bancos no están prestando sus reservas extra. No las están dando trámite y, de hecho, están devolviendo el dinero con rapidez a la Reserva Federal. De modo que, a fin de cuentas, la Reserva no está acuñando realmente dinero.

Aun así, ¿esas medidas no acabarán siendo inflacionarias, antes o después? No. El Banco de Japón, enfrentado a dificultades económicas no muy distintas de las que nosotros afrontamos hoy, compró deuda a grandísima escala entre 1997 y 2003. ¿Y qué pasó con los precios al consumo? Que bajaron.

En el fondo, buena parte del actual debate sobre la inflación nos recuerda lo ocurrido en los primeros años de la Gran Depresión, cuando muchos personajes influyentes prevenían sobre la inflación aunque los precios estuvieran cayendo. Como escribía el economista británico Ralph Hawtrey, “se manifestaban temores fantasiosos a la inflación. Era como gritar ‘fuego’ durante el diluvio universal”. Y añadía: “Cuando la depresión y el desempleo amainan es cuando la inflación se vuelve peligrosa”.

¿Corremos el riesgo de que suba la inflación cuando la economía se recupere? Eso afirman quienes contemplan proyecciones de que la deuda federal superará el cien por cien del PIB, y dicen que Estados Unidos tendrá finalmente que reducir su deuda recurriendo a la inflación: es decir, subir los precios para que se reduzca el valor real de la deuda.

Cosas así han ocurrido en el pasado. Por ejemplo, Francia redujo mediante la inflación buena parte de la deuda en la que había incurrido durante la I Guerra Mundial.

Pero faltan ejemplos más actuales. En las últimas dos décadas, Bélgica, Canadá y, por supuesto, Japón han experimentado episodios en los que la deuda superaba el cien por cien del PIB. Y Estados Unidos salió de la II Guerra Mundial con una deuda superior al 120% del PIB. En ninguno de estos casos recurrieron los Gobiernos a la inflación para resolver sus problemas.

Entonces, ¿hay razones para pensar que se acerca la inflación? Algunos economistas son partidarios de mantener una política deliberada de inflación moderada, como método para fomentar el préstamo y reducir la carga del endeudamiento privado. Yo estoy de acuerdo con estos argumentos, y expuse un razonamiento similar para Japón en la década de 1990. Pero la defensa de la inflación nunca prosperó entre los políticos japoneses de aquel entonces, y no hay señales de que esté arraigando entre los políticos estadounidenses de hoy.

Todo esto plantea la siguiente pregunta: si la inflación no es un riesgo real, ¿por qué todas esas afirmaciones de que sí lo es?

Bien, como ya se habrán dado cuenta, a veces los economistas disienten. Y las grandes disensiones son especialmente probables en tiempos extraños como éstos que corren, en los que muchas de las normas habituales ya no son válidas.

Pero es difícil que a uno no le dé la impresión de que el actual alarmismo respecto a la inflación es en parte político, y que procede en gran medida de economistas que no tenían problema con el déficit causado por las rebajas de impuestos, pero que de repente se convirtieron en cascarrabias fiscales cuando el Gobierno empezó a gastar dinero para sacar la economía a flote. Y su objetivo parece ser el de presionar al Gobierno de Obama para que abandone los planes de recuperación.

Huelga decir que el presidente no debería dejar que le intimiden. La economía sigue teniendo grandes problemas y necesita una ayuda continua.

Sí, tenemos un problema presupuestario a largo plazo, y tenemos que empezar a sentar las bases de una solución a largo plazo. Pero en lo referente a la inflación, lo único que debemos temer es al propio miedo a la inflación. -

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

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La trampa de los dólares de China

PAUL KRUGMAN

En los comienzos de la crisis financiera, los bromistas decían que nuestras relaciones comerciales con China habían resultado ser justas y equilibradas después de todo: ellos nos vendían juguetes envenenados y pescado contaminado, y nosotros les vendíamos valores fraudulentos.

Tiene tantos dólares, que venderlos provocaría su caída y fuertes pérdidas de capital para China

La propuesta china de pasar a una nueva moneda de reserva es casi una súplica. No una amenaza

Pero últimamente ambas partes de ese acuerdo están fallando. Por un lado, el interés del mundo por los productos chinos ha caído en picado. Las exportaciones de aquel país se han hundido en los últimos meses y son ahora un 26% más bajas que hace un año. Por otra parte, es evidente que los chinos están poniéndose nerviosos por culpa de esos valores.

Pero parece que China sigue teniendo expectativas poco realistas. Y eso es un problema para todos nosotros. La gran noticia de la semana pasada fue un discurso de Zhou Xiaochuan, el gobernador del Banco Central de China, en el que pedía una nueva “moneda de reserva supersoberana”.

La facción paranoica del Partido Republicano advirtió inmediatamente sobre un vil complot para que Estados Unidos renunciase al dólar. Pero el discurso de Zhou Xiaochuan era en realidad un reconocimiento de la debilidad del país. Lo que estaba diciendo, de hecho, es que China se ha metido a sí misma en una trampa de dólares y que no es capaz de salir de esa trampa, ni de cambiar las políticas que la hicieron caer inicialmente en ella.

Algunos antecedentes: en los primeros años de esta década, China empezó a registrar grandes superávit comerciales y también empezó a atraer un flujo considerable de capital extranjero. Si China hubiese tenido un tipo de cambio flotante -como, por ejemplo, Canadá-, esto habría provocado una revalorización de su moneda que, a su vez, habría ralentizado el crecimiento de las exportaciones chinas.

Pero, en vez de eso, China decidió mantener el valor del yuan más o menos fijo con respecto al dólar. Para hacerlo tenía que comprar dólares a medida que llegaban. Con el paso de los años, esos superávit comerciales siguieron creciendo, al igual que lo hizo la reserva de activos extranjeros de la República Popular China.

Pero la broma sobre los valores fraudulentos era injusta en realidad. Aparte de un tardío e irreflexivo acopio de acciones (de las más altas del mercado), los chinos han acumulado principalmente activos muy seguros, entre los que los bonos del Tesoro de Estados Unidos (bonos T, para abreviar) representan una parte importante del total. Pero aunque los bonos T son seguros como los que más, ofrecen una rentabilidad muy baja.

¿Había alguna estrategia oculta tras esta vasta acumulación de activos de baja rentabilidad? Probablemente, no. China adquirió su alijo de dos billones de dólares (con lo que convirtió la República Popular en la República de los bonos T) de la misma forma que Gran Bretaña adquirió su imperio: en un ataque de insensatez.

Y, según parece, el otro día, los dirigentes chinos se despertaron y se dieron cuenta de que tenían un problema. La baja rentabilidad no parece preocuparles demasiado, ni siquiera ahora. Pero, aparentemente, están preocupados por el hecho de que alrededor del 70% de esos activos estén expresados en dólares, por lo que cualquier caída futura del dólar conllevaría una gran pérdida de capital para China. De ahí la propuesta de Zhou de pasar a una nueva moneda de reserva del tipo de los Derechos Especiales de Giro (DEG), en los que el Fondo Monetario Internacional mantiene sus cuentas.

Pero esto es a la vez más y menos simple de lo que parece. Los Derechos Especiales de Giro no son dinero real. Son unidades contables cuyo valor se fija en función de una mezcla de dólares, euros, yenes japoneses y libras británicas. Y no hay nada que pueda evitar que China diversifique sus reservas apartándose del dólar ni, por supuesto, que se haga con una reserva que tenga una composición mixta como la de los DEG; es decir, nada excepto el hecho de que ahora China tiene tantos dólares, que no puede venderlos sin provocar una caída del dólar y desencadenar la pérdida de capital que temen sus dirigentes.

Así que, en realidad, la propuesta de Zhou equivale a una súplica para que alguien rescate a China de las consecuencias de sus propios errores de inversión. Pero eso no va a ocurrir.

Y la petición de alguna solución mágica al problema del exceso de dólares de China indica algo más: que los dirigentes de aquel país no se han enfrentado al hecho de que las reglas del juego han cambiado de una forma fundamental.

Hace dos años vivíamos en un mundo en el que China podía ahorrar mucho más de lo que invertía y deshacerse de su exceso de ahorro en Estados Unidos. Ese mundo ha desaparecido.

Aun así, el día después de su discurso sobre la nueva moneda de reserva, Zhou dio otro en el que parecía afirmar que la altísima tasa de ahorro china es inmutable, una consecuencia del confucionismo, que valora la “antiextravagancia”. Mientras tanto, “no es el momento apropiado” para que Estados Unidos ahorre más. En otras palabras, dejemos las cosas como estaban. Pero eso tampoco va a ocurrir.

La conclusión es que China todavía no se ha enfrentado a los dolorosísimos cambios que serán necesarios para afrontar esta crisis mundial. Claro está que lo mismo podría decirse de los japoneses, los europeos y los estadounidenses.

Y ese no aceptar las nuevas realidades es el principal motivo por el que, a pesar de algunos rayos de esperanza (la cumbre del G-20 ha conseguido más de lo que yo pensaba), es probable que esta crisis todavía se prolongue durante años.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service Traducción de News Clips

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La venganza del exceso

Paul Krugman

Se acuerdan de los viejos tiempos, cuando hablábamos de la “crisis de las hipotecas subprime”, y algunos hasta pensaban que esa crisis podía “frenarse”? ¡Ay, la nostalgia!

Hoy sabemos que los préstamos ’subprime’ eran sólo una pequeña parte del problema

Las cantidades que se quieren ahorrar superan a las que las empresas están dispuestas a invertir

Hoy sabemos que los préstamos subprime sólo eran una pequeña parte del problema. Incluso los préstamos hipotecarios incobrables en general eran sólo una parte de lo que fue mal. Vivimos en un mundo de prestatarios con problemas, desde los promotores de centros comerciales hasta las economías europeas milagrosas. Y no paran de surgir nuevos tipos de problemas con la deuda.

¿Cómo se ha producido esta crisis mundial de la deuda? ¿Por qué está tan extendida? Yo diría que la respuesta puede encontrarse en un discurso que dio hace cuatro años Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal. En aquel entonces, Bernanke intentaba resultar tranquilizador. Pero, aun así, lo que dijo entonces ya presagiaba el desastre que se avecinaba.

El discurso, titulado El exceso de ahorro mundial y el actual déficit por cuenta corriente de EE UU, ofrecía una explicación novedosa para el rápido aumento del déficit comercial estadounidense a principios del siglo XXI. Bernanke sostenía que las causas no había que buscarlas en EE UU, sino en Asia.

Señalaba que, a mediados de los noventa, las economías emergentes de Asia habían sido grandes importadoras de capital y habían tomado dinero prestado en el extranjero para financiar su desarrollo. Pero a raíz de la crisis financiera asiática de 1997 y 1998 (que entonces parecía algo tremendo, pero que resulta insignificante comparada con lo que está sucediendo ahora), esos países empezaron a protegerse a sí mismos amasando enormes cantidades de activos extranjeros como reservas, pero lo que estaban haciendo de hecho era exportar capital al resto de los países. La consecuencia fue que el mundo se inundó de dinero barato en busca de un lugar adonde ir.

La mayor parte de ese dinero fue a parar a EE UU, de ahí su gigantesco déficit comercial, porque el déficit comercial es la otra cara de las entradas de capital. Pero, como Bernanke señalaba acertadamente, el dinero también fluyó hacia otros países. En concreto, algunas pequeñas economías europeas registraron unas entradas de capital que, aunque en números absolutos eran mucho más pequeñas que las que afluyeron a EE UU, eran mucho más grandes en proporción al tamaño de dichas economías.

Aun así, gran parte del exceso de ahorro mundial fue a parar a EE UU. ¿Por qué? Bernanke citaba “la profundidad y complejidad de los mercados financieros del país (que, entre otras cosas, han permitido a las familias acceder con facilidad al dinero del mercado inmobiliario)”. Profundidad, sí. Pero ¿complejidad? Bueno, se podría decir que los banqueros estadounidenses, confiados tras un cuarto de siglo de celo liberalizador, lideraron al mundo a la hora de encontrar formas complejas de enriquecerse disimulando el riesgo y engañando a los inversores.

Y los sistemas financieros muy abiertos y escasamente regulados eran la característica de otros muchos receptores de grandes entradas de capital. Esto podría explicar la correlación casi espeluznante entre los elogios conservadores de hace dos o tres años y el desastre económico actual. “Las reformas han convertido a Islandia en un tigre nórdico”, proclamaba un informe del Cato Institute; Cómo se ha convertido Irlanda en el tigre celta era el título de un artículo de la Heritage Foundation; El milagro económico estonio se titulaba otro. Estos tres países atraviesan ahora una profunda crisis.

Durante algún tiempo, el flujo masivo de capital creó una ilusión de riqueza en estos países, exactamente igual que en el caso de los propietarios de viviendas estadounidenses. Los precios de los activos subían, las monedas eran fuertes y todo parecía ir de maravilla. Pero, antes o después, las burbujas se pinchan siempre y las economías milagrosas de ayer se han convertido en los casos perdidos de hoy, países cuyos activos se han evaporado, pero cuyas deudas siguen siendo muy reales. Y estas deudas son un lastre especialmente pesado porque la mayoría de los préstamos estaban expresados en monedas de otros países.

Y el daño no se limita a los prestatarios originales. En EE UU, la burbuja inmobiliaria se dio principalmente en las zonas costeras, pero cuando estalló, la demanda de bienes manufacturados, especialmente de coches, cayó en picado, y eso le ha pasado una tremenda factura al corazón del sector industrial. De forma similar, las burbujas de Europa se dieron principalmente en la periferia del continente, aunque la producción industrial de Alemania (que nunca experimentó una burbuja financiera, pero es el núcleo industrial de Europa) está cayendo rápidamente por culpa del hundimiento de las exportaciones.

Si quieren saber de dónde procede la crisis mundial, plantéenselo de esta forma: estamos contemplando la venganza del exceso.

Y el exceso de ahorro sigue estando ahí. De hecho, es mayor que nunca, ahora que los consumidores empobrecidos han redescubierto las ventajas de la frugalidad y que el boom mundial de la propiedad, que proporcionó una válvula de escape para todo ese exceso de ahorro, se ha ido al garete en todo el mundo.

Una forma de ver la actual situación internacional es pensar que estamos padeciendo una paradoja del ahorro a escala mundial: por todo el mundo, las cantidades que se quieren ahorrar superan a las que las empresas están dispuestas a invertir. Y la consecuencia es una depresión mundial que deja a todo el mundo peor de lo que estaba. Así es como nos hemos metido en este lío, del que seguimos buscando el modo de salir.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008. © 2009 New York Times News Service. Traducción de News Clips.

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Desesperación por la política financiera

Paul Krugman

Durante el fin de semana, The Times y otros periódicos informaron detalles filtrados sobre el plan de rescate bancario del Gobierno de Obama, que se da a conocer oficialmente esta semana. Si la información es correcta, Tim Geithner, el secretario del Tesoro, ha persuadido al presidente Barack Obama de reciclar la política del Gobierno de Bush, específicamente el plan “efectivo por basura” propuesto, y luego abandonado, hace seis meses por el entonces secretario del Tesoro, Henry Paulson.

Esto es más que decepcionante. De hecho, me llena de un sentimiento de desesperación.

Después de todo, acabamos de pasar la tormenta de fuego por los bonos de AIG, durante la cual funcionarios gubernamentales dijeron que no sabían nada, no podían hacer nada, y, de cualquier forma, era responsabilidad de alguien más. Entre tanto, el Gobierno no ha podido sofocar las inquietudes de la población en cuanto a lo que los bancos están haciendo con el dinero de los contribuyentes.

Es como si el Presidente estuviera determinado a confirmar la creciente percepción de que él y su grupo económico no están en contacto con nada, que su visión económicaEl Gobierno no ha podido sofocar las inquietudes de la población en cuanto a lo que los bancos están haciendo con el dinero de los contribuyentes. está nublada por su relación excesiva con Wall Street. Y para cuando Obama se dé cuenta de que necesita cambiar el curso, es probable que ya no tenga su capital político.

Hablemos por un momento de la situación de la economía.

En este momento, a nuestra economía la está hundiendo nuestro sistema financiero disfuncional, que se ha debilitado por pérdidas enormes en activos financieros respaldados con hipotecas y otros activos.

Como pueden decir los historiadores de la economía, es una vieja historia, no tan diferente de docenas de crisis similares en el transcurso de los siglos.

Y hay un procedimiento vigente para tratar las consecuencias de una quiebra financiera generalizada. Sería lo siguiente: el Gobierno asegura la confianza en el sistema garantizando muchas de las deudas bancarias (aunque no necesariamente todas). Al mismo tiempo, asume temporalmente el control de los bancos que en verdad son insolventes para poder limpiar sus contabilidades.

Eso fue lo que hizo Suecia a principios de 1990. También es lo que hicimos después de la debacle de los ahorros y préstamos en los años de Reagan. Y no hay ninguna razón por la que no podamos hacer lo mismo ahora.
Sin embargo, el Gobierno de Obama, al igual que el de Bush, pareciera querer una solución más fácil. El elemento en común de los planes de Paulson y de Geithner es la insistencia en que los activos malos en los libros de los bancos realmente valen muchísimo más de lo que cualquiera quiere pagar hoy. De hecho, su valor real es tan elevado que si se les pusiera el precio adecuado, los bancos estarían en problemas.

Así es que el plan es usar los fondos de los contribuyentes para elevar los precios de los activos malos a niveles “justos”. Paulson propuso que el Gobierno comprara los activos directamente. En cambio, Geithner propone un plan complicado en el que el Gobierno les preste dinero a inversionistas privados, que entonces lo usan para comprar las cosas. La idea, dice el principal asesor en economía de Obama, es usar “la experiencia del mercado” para establecer el valor de los activos tóxicos.

Sin embargo, el plan de Geithner ofrecería una perspectiva de sentido único: si sube el valor de los activos, ganan los inversionistas, pero si bajan, pueden incumplir con su deuda. Así es que en realidad esto no se trata de dejar que funcionen los mercados. Solo es una forma indirecta, disfrazada, de subsidiar compras de activos malos.

Aparte del costo probable para los contribuyentes, está pasando algo raro. Según mi cuenta, esta es la tercera vez que funcionarios gubernamentales de Obama han hecho circular un plan que es esencialmente una repetición del de Paulson, y cada vez le han agregado un conjunto de extras atractivos pero innecesarios, y han dicho que están haciendo algo totalmente diferente. Eso empieza a parecer obsesivo.

Sin embargo, el problema real con este plan es que no va a funcionar. Sí, es posible que los activos problemáticos estén algo subvalorados. El hecho es que los ejecutivos financieros literalmente apostaron sus bancos a la creencia de que no había una burbuja de la vivienda, y a la creencia relacionada de que los niveles sin precedente de la deuda de los hogares no eran ningún problema. Perdieron esa apuesta. Y ninguna cantidad de abracadabras –porque eso es en lo que se resume el plan de Geithner– cambiará ese hecho.

Se podría decir: ¿por qué no probar el plan y ver qué sucede? Una respuesta es que se perdería el tiempo: cada mes que no logramos resolver la crisis económica se pierden otros 600.000 empleos.

No obstante, algo que es más importante es la forma en la que Obama está desaprovechando su credibilidad. Si falla este plan –como es lo más probable que suceda– es poco factible que pueda persuadir al Congreso para que dé más fondos para hacer lo que debió haber hecho desde un principio.

No todo está perdido: la población quiere que Obama tenga éxito, lo que significa que aún puede salvar su plan de rescate bancario. Pero se está acabando el tiempo.

© The New York Times News Service

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¿Qué le pasa a Europa?

PAUL KRUGMAN 22/03/2009

Me preocupa Europa. De hecho, me preocupa el mundo entero; no hay refugios que estén a salvo de la tormenta económica mundial. Pero la situación de Europa me preocupa todavía más que la de EE UU.

España necesita nuevas fuentes de ingresos y empleo para sustituir a los de la construcción

Quiero dejar claro que no pretendo repetir ahora las quejas estadounidenses de rigor sobre que en Europa los impuestos son demasiado altos y las prestaciones demasiado generosas. Los grandes Estados del bienestar no son la causa de la actual crisis europea. De hecho, como explicaré brevemente, son un factor atenuante.

El peligro claro y actual que amenaza a Europa ahora mismo viene de otra dirección: la incapacidad del continente para responder de forma eficaz a la crisis financiera. Europa se ha quedado corta en lo referente tanto a la política fiscal como a la monetaria: se enfrenta a una depresión que es al menos tan grave como la de Estados Unidos y, sin embargo, está haciendo mucho menos para combatirla.

En lo que se refiere al aspecto fiscal, la comparación con EE UU es sorprendente. Muchos economistas, entre los que me incluyo, sostienen que el plan de estímulo de la Administración de Obama es demasiado reducido, teniendo en cuenta la gravedad de la crisis. Pero las medidas de EE UU hacen que todo lo que los europeos están haciendo parezca pequeño.

La diferencia en cuanto a la política monetaria es igual de llamativa. El BCE ha tenido mucha menos iniciativa que la Reserva Federal; ha sido lento a la hora de rebajar los tipos de interés (de hecho los subió el pasado mes de julio) y ha rehuido cualquier medida contundente para descongelar los mercados crediticios.

Lo único que está actuando a favor de Europa es lo mismo por lo que recibe la mayoría de las críticas: la magnitud y la generosidad de sus redes de seguridad social, que están amortiguando el impacto del desplome económico. Éste no es asunto baladí. La asistencia sanitaria universal y los generosos subsidios por desempleo garantizan que, al menos hasta la fecha, en Europa no haya tanto sufrimiento humano como lo hay en EE UU. Y estos programas también contribuirán a que se mantenga el gasto durante la depresión. Pero estos “estabilizadores automáticos” no son un sustituto de la acción positiva. ¿Por qué se está quedando corta Europa? La falta de liderazgo tiene parte de la culpa. Los responsables de la banca europea, que no se percataron de la gravedad de la crisis, siguen pareciendo extrañamente satisfechos consigo mismos. Para oír en EE UU algo parecido a las diatribas ignorantes del ministro de economía de Alemania, uno tiene que escuchar a, bueno, los republicanos.

Pero hay un problema más grave: la integración económica y monetaria de Europa va demasiado por delante de sus instituciones políticas. Las economías de los muchos países europeos están casi tan estrechamente vinculadas como las economías de los muchos Estados de EE UU, y la mayor parte de Europa comparte una moneda común. Pero, a diferencia de EE UU, Europa no tiene esa clase de instituciones de alcance continental necesarias para lidiar una crisis de alcance continental.

Éste es uno de los motivos principales para la falta de medidas fiscales: no hay ningún Gobierno que esté en situación de asumir la responsabilidad de la economía europea en su conjunto. En lugar de eso, lo que Europa tiene son gobiernos nacionales, cada uno de los cuales es reacio a incurrir en grandes deudas para financiar un estímulo económico que traspasaría muchos de sus beneficios, si no todos, a los votantes de otros países.

Se podría esperar que la política monetaria fuese más enérgica. Al fin y al cabo, aunque no haya un Gobierno europeo, sí que hay un Banco Central Europeo. Pero el BCE no es como la Reserva Federal, que puede permitirse ser atrevida porque está respaldada por un Gobierno nacional unitario, un Gobierno que ya ha tomado medidas para compartir los riesgos que conlleva la audacia de la Reserva, y que seguramente cubrirá las pérdidas de la Reserva si sus esfuerzos por descongelar los mercados financieros fracasan. El BCE, que debe responder a 16 gobiernos a menudo en desacuerdo, no puede contar con un apoyo similar. En otras palabras, Europa está demostrando que es estructuralmente débil en tiempos de crisis.

La principal pregunta es qué pasará con esas economías europeas que prosperaron durante la época de dinero fácil de hace unos años y, en concreto, con España.

Durante gran parte de la década pasada, España fue la Florida de Europa, con una economía que se mantenía a flote gracias al enorme auge especulativo de la vivienda. Al igual que en Florida, la expansión se ha transformado en recesión. España necesita encontrar nuevas fuentes de ingresos y de empleo para sustituir los trabajos perdidos en la construcción.

En el pasado, España habría tratado de mejorar su competitividad devaluando su moneda. Pero ahora su moneda es el euro, y parece que la única forma de salir adelante es iniciar un demoledor proceso de recortes salariales. Esto habría sido difícil en la mejor de las épocas; y será casi inconcebiblemente doloroso si, como parece muy probable, la economía europea en su conjunto está en crisis y con tendencia a la deflación durante años.

¿Significa todo esto que Europa cometió un error al permitir una integración tan estrecha? ¿Significa, en concreto, que la creación del euro fue un error? Tal vez. Pero Europa todavía puede demostrar que los escépticos se equivocan, si sus políticos empiezan a dar muestras de una mayor capacidad de liderazgo. ¿Lo harán? -

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y Premio Nobel de Economía 2008.

© 2009 New York Times News Service.

Traducción de News Clips.

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Bancos en Vilo

Paul Krugman

El camarada Greenspan quiere que nos apoderemos de las colinas más altas de la economía. Vale, no exactamente. Lo que Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal -y acérrimo defensor del libre mercado-, ha dicho de hecho es que “tal vez sea necesario nacionalizar temporalmente algunos bancos para facilitar una reestructuración rápida y ordenada”. Y yo coincido.

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¿Es la nacionalización algo poco estadounidense? No, es tan estadounidense como el pastel de manzana

El argumento a favor de la nacionalización se basa en tres observaciones. En primer lugar, algunos grandes bancos se encuentran peligrosamente cerca del borde del abismo; de hecho, habrían quebrado ya si los inversores no confiasen en que el Estado los rescatará si hace falta. En segundo lugar, hay que rescatar a los bancos. El hundimiento de Lehman Brothers estuvo a punto de destruir el sistema financiero mundial, y no podemos correr el riesgo de permitir que caigan instituciones mucho más grandes como Citigroup o Bank of America. Y en tercer lugar, aunque es necesario rescatar a los bancos, el Gobierno estadounidense no puede permitirse, ni fiscal ni políticamente, dar enormes regalos a los accionistas bancarios.

Concretemos. Hay una posibilidad razonable -no certidumbre- de que Citigroup y Bank of America, sumados, pierdan cientos de miles de millones de dólares en los próximos años. Y su capital, el exceso de activos respecto a las deudas, no es ni mucho menos lo suficientemente grande como para cubrir esas posibles pérdidas.

Se podría decir que la única razón por la que no han quebrado ya es que el Estado está haciendo de mampara, garantizando implícitamente sus obligaciones. Pero son bancos zombis, incapaces de proporcionar el crédito que la economía necesita. Para dejar de ser zombis, los bancos necesitan más capital. Pero no pueden obtenerlo de los inversores privados. Por lo tanto, el Estado tiene que aportar los fondos necesarios.

La pega es que los fondos necesarios para devolverlos plenamente a la vida superarían con creces lo que estos bancos valen en la actualidad. Citigroup y Bank of America han llegado a tener un valor combinado de mercado inferior a 30.000 millones de dólares, y hasta ese valor se basa principalmente, aunque no por completo, en la esperanza de que los accionistas consigan ayuda estatal. Y si el Estado va a poner básicamente todo el dinero, debería obtener la propiedad a cambio.

Aun así ¿no es la nacionalización algo muy poco estadounidense? No, es tan estadounidense como el pastel de manzana. Últimamente, la Corporación Federal de Seguros de Depósitos (FDIC) ha estado incautándose de bancos que considera insolventes a razón de aproximadamente uno por semana. Cuando la FDIC se incauta de un banco, asume los activos problemáticos de éste, paga su deuda y revende la institución ya saneada a inversores privados. Y eso es exactamente lo que los partidarios de la nacionalización temporal quieren que ocurra, no sólo con los bancos pequeños que la FDIC está expropiando, sino también con los grandes bancos que son igualmente insolventes.

La verdadera cuestión es por qué el Gobierno de Obama sigue sacando propuestas que parecen posibles alternativas a la nacionalización pero que en realidad implican enormes donaciones a los accionistas de los bancos.

Por ejemplo, el Gobierno proponía en un principio la idea de ofrecer a los bancos garantías contra las pérdidas provocadas por los activos problemáticos. Habría sido un buen trato para los accionistas bancarios, pero no tanto para el resto de nosotros: si sale cara ellos ganan, si sale cruz los contribuyentes pierden.

Ahora el Gobierno habla de una “alianza público-privada” para comprar activos problemáticos a los bancos, en la que el Estado prestará a los inversores privados el dinero para dicho fin. Esto ofrecería a los inversores una apuesta que sólo puede acabar de una forma: si los activos suben de precio, los inversores ganan; si caen considerablemente, los inversores se van y le dejan el muerto al Estado. De nuevo, cara ganan ellos, cruz nosotros perdemos.

¿Por qué no echar adelante sin más y nacionalizar? Recuerden que cuanto más vivamos con los bancos zombis, más difícil será poner fin a la crisis económica.

¿Cómo se produciría la nacionalización? Todo lo que el Gobierno tiene que hacer es tomarse en serio su planeada prueba de resistencia para los grandes bancos y no ocultar los resultados si la suspenden y se hace necesaria una absorción. Vale, todo esto de que un Gobierno que lleva meses ayudando a los bancos se declare indignadísimo por el pésimo estado de sus balances contables sonaría a teatro, pero no pasa nada.

E insisto, el objetivo no es la propiedad estatal a largo plazo. Al igual que sucede con los bancos pequeños incautados por la FDIC cada semana, los grandes bancos serían devueltos al control privado lo antes posible. El blog financiero Calculated Risk sugiere que en lugar de llamarlo proceso de nacionalización deberíamos llamarlo “preprivatización”.

Según Robert Gibbs, portavoz de la Casa Blanca, la Administración de Obama cree que “un sistema bancario privado es el camino a seguir”. Y todos pensamos lo mismo. Pero lo que tenemos ahora no es empresa privada, es socialismo defectuoso: los bancos se llevan la parte buena y los contribuyentes soportan los riesgos. Y también es perpetuar los bancos zombis y bloquear la recuperación económica.

Lo que queremos es un sistema en el que a los bancos les toque tanto lo bueno como lo malo. Y el camino hacia ese sistema pasa por la nacionalización.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y Premio Nobel de Economía 2008. Traducción de News Clips. © 2009 New York Times News Service.

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Paul Krugman: “El camino para España será doloroso o extremadamente doloroso”

El periodista y economista americano Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, ha asegurado que “el camino para España será doloroso o extremadamente doloroso” en referencia a la situación de crisis, y ha explicado que éste variará dependiendo de su entorno en Europa y la política que se desarrolle en la comunidad europea.

“El camino que España tiene por delante es difícil por el euro”, ha explicado a los periodistas, y ha afirmado que los precios y salarios en el país son “insostenibles” porque no están alineados con los demás integrantes de la Unión Europea.

Krugman ha indicado que en España se va a vivir un proceso de “deflación” similar al que vivió Alemania hace una década.

Bajar los salarios y los precios
“Si la economía europea experimenta deflación, una posibilidad certera, España tendrá que reducir los salarios y precios”, ha asegurado el economista, quien también ha vaticinado que si la Unión Europea crece de un 2 a un 3 por ciento anualmente, España sentirá “el dolor” de cinco a siete años.

Durante unas jornadas que celebrará la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA) en Sevilla hasta mañana bajo el título “Respuestas ante la crisis”, Krugman ha sostenido que esta situación no ha ocurrido en ningún país desde la Gran Depresión que se vivió en 1929.

También ha explicado que la respuesta a la crisis por parte de EEUU “es inadecuada”, pero ha añadido que la respuesta que está dando la UE “es sólo una tercera parte de EEUU”, y ha agregado que en EEUU existe una unión que no existe en Europa.

“La UE es una superpotencia económica pero no actúa como tal”, según el economista, quien ha agregado que el gobierno estadounidense aún posee un margen de maniobra para gastar dinero en el caso de que existiera una “situación extrema”, porque podrían añadir un 30 por ciento más de déficit en términos de PIB (Producto Interior Bruto).

Problemas económicos en la UE
El economista, que escribe desde una columna en el periódico New York Times, ha asegurado que los problemas económicos que está atravesando la UE tienen dos frentes que pasan por las políticas fiscales, que necesitan una coordinación, y el modo de enfrentarse a estos problemas por parte del continente.

En relación al plan económico de Barack Obama ha explicado que está “más contento” que otros, pero aún así también ha lamentado que no es suficiente aunque “da pie a tener ciertas expectativas”.

En cuanto a la adopción del euro por parte de España, el economista ha reconocido que “es posible que se viviera una mejor situación si jamás se hubiera unido a la Unión Económica Europea”, pero también ha reconocido que la hipotética posibilidad de abandonarla, aunque fuera temporalmente, “llevaría al caos”.

Próxima reunión del G-20
Krugman ha recordado que la última vez que un área de divisa se rompió en Europa fue el imperio austrohúngaro, y cerró durante dos semanas una frontera, “algo que actualmente en Europa es imposible”.

En cuanto a la próxima reunión del G-20, ha afirmado que no existe un acuerdo entre EEUU y Europa, “especialmente con Alemania”, y ha declarado que si “sale algo importante de esa reunión será una sorpresa”.

“Se pueden esperar declaraciones ambiguas y posiblemente el anuncio de otra reunión posterior”, y ha finalizado declarando que necesitamos “algo más de temor a Dios en ambos lados del Atlántico”.

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La innovación como solución

Krugman y Venter protagonizan una jornada sobre ideas y conocimiento

No son muy habituales en esta página los foros destinados al debate de ideas y a la reflexión sobre el conocimiento. Pero tampoco son habituales las jornadas en las que, en plena crisis, se planteen cambios profundos del sistema productivo y de la sociedad en su conjunto como solución de futuro.

El Ministerio de Ciencia e Innovación ha convocado para el lunes 16 de marzo, en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid, Innovae, una gran jornada dedicada a la innovación desde puntos de vista muy diversos, como la economía, la investigación científica, la industria tecnológica, el sector industrial o las finanzas. Este evento, que se enmarca dentro de los actos organizados con motivo de la celebración del Año Europeo 2009 de la Creatividad y la Innovación, es el que pretende acaparar la mayor proyección internacional y el mayor impacto mediático de las aproximadamente 300 iniciativas que se celebrarán con este motivo.

La innovación como solución es el lema de este foro, que tiene lugar en un momento difícil a nivel internacional. La actual coyuntura económica plantea la necesidad -recalcan los convocantes- de generar nuevas formas de organización social y económica. Lo cierto es que parece existir un común acuerdo acerca de que las soluciones de futuro necesariamente se basarán en una visión innovadora de nuestro sistema. “Una nueva forma de abordar las soluciones que exigirá una mirada renovadora”, reza la convocatoria.

No estamos hablando de conceptos teóricos y poco concretos. Otra cosa es que se consiga. Innovación es la aplicación de nuevas ideas, conceptos, productos, servicios y prácticas con la intención de ser útiles para el incremento de la productividad. Un elemento esencial de la innovación es su aplicación exitosa de forma comercial. No sólo hay que inventar algo, sorprender, sino, por ejemplo, introducirlo en el mercado para que la gente pueda disfrutar de ello y para que sirva, al mismo tiempo, para aumentar la competitividad de empresas y productos. “Es ahí donde queda reflejada la importancia de apostar por la inversión, el desarrollo y la innovación (I+D+i) en momentos de crisis”, explica el Gobierno.

El objetivo de este acto es, en buena medida, innovar sobre la forma de promover la cultura científica y tecnológica. Para ello, el presupuesto de la convocatoria es de 4,4 millones de euros, un 10% más que el año pasado.

La jornada se plantea con una importante perspectiva internacional, al contar con la presencia de especialistas muy destacados en ámbitos dispares, como el premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman; el profesor J. Craig Venter, conocido por sus contribuciones visionarias en la secuenciación del genoma humano, o el vicepresidente de Nokia y ex primer ministro de Finlandia, Esko T. Aho, que es, además, uno de los embajadores de este año europeo. Entre los participantes españoles, el acto contará con la presencia del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y del director general de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, Juan Tomás Hernani.

Los organizadores también ofrecen la oportunidad de enviar una pregunta al premio Nobel de Economía e incluso de participar en un desayuno informal con el propio Krugman, una iniciativa dirigida principalmente a estudiantes y que exige unos mínimos conocimientos de inglés como único requisito para participar. La jornada, como no podía ser de otra forma, se podrá seguir en directo a través de la página web del evento (www.innovacion2009.com). -

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Detrás de la Curva

Paul Krugman

EE.UU. |

El plan del presidente Barack Obama para estimular la economía fue “masivo”, “gigantesco”, “enorme”. Así se le dijo al pueblo estadounidense, en especial en los noticiarios de televisión, durante los preparativos para votar la iniciativa. Al ver las noticias se podría haber pensado que la única pregunta era si el plan era demasiado grande y demasiado ambicioso.

No obstante, muchos economistas, yo mismo incluido, en realidad, argumentaron que el plan era demasiado pequeño y demasiado cauteloso. Los datos más recientes confirman esas inquietudes, e indican que las políticas económicas del gobierno de Obama ya se están quedando rezagadas respecto de la curva.

Para ver qué tan mal andan los números, hay que considerar esto: las propuestas presupuestales del gobierno, dadas a conocer hace menos de dos semanas, presuponen una tasa promedio de desempleo de 8,1% para todo el año. En realidad, el desempleo llegó a ese nivel en febrero, y está aumentando rápido.

El empleo ya ha caído más en esta recesión de lo que lo hizo en la crisis de 1981-1982, considerada la peor desde la Gran Depresión. Como resultado, la promesa de Obama de que su plan crearía o salvaría 3,5 millones de trabajos para finales del 2010 parecería poco impresionante, por decir lo menos. Es una promesa creíble –sus economistas usaron estimaciones sólidas de la corriente principal sobre los impactos de las políticas fiscal y del gasto–. Sin embargo, 3,5 millones de empleos dentro de casi dos años no son suficientes de cara a una economía que ya ha perdido 4,4 millones de trabajos, y están perdiendo 600.000 más cada mes.

Ahora se plantean tres grandes preguntas sobre la política económica. Primera, ¿se da cuenta el Gobierno de que no está haciendo suficiente? Segunda, ¿está preparado para hacer más? Tercera, ¿el Congreso secundará políticas más fuertes?

En cuanto a las dos primeras, encontré la entrevista más reciente de Obama con The New York Times todo menos tranquilizadora.

“Creemos y tenemos la expectativa de que habremos colocado todos los pilares para la recuperación este año”, declaró el Presidente –una creencia y una expectativa que no respaldan datos ni un modelo de los que yo tenga conocimiento–. Seguramente, se supone que los líderes deben sonar tranquilos y bajo control. Sin embargo, frente a los datos funestos, esta observación sonó poco realista.

Y no hubo ningún indicio en la entrevista de que estén preparados para hacer más.

Un arreglo real de los problemas del sistema bancario podría ayudar a compensar el tamaño inadecuado del plan de estímulos, así que fue bueno escuchar que Obama pasa al menos una hora diaria con sus asesores económicos “analizando la forma en la que estamos abordando los mercados financieros”. Sin embargo, continuó para desechar los llamados a una acción decisiva por considerar que provienen de blogs (en realidad, lo hacen de muchos otros lugares, incluido al menos un presidente de un banco de la Reserva Federal), y sugirió que los críticos quieren “nacionalizar todos los bancos” (algo que nadie está proponiendo).

Como yo lo interpreté, este rechazo –junto con la falta de un anuncio sobre planes amplios para reestructurar a la banca– significa que la Casa Blanca ha decidido arreglárselas en el frente financiero, dependiendo en la recuperación económica para rescatar a los bancos en lugar de a la inversa. Y con el plan de estímulos tan reducido para producir una recuperación económica Bueno, ya se tiene el panorama.

Más tarde o más temprano, el Gobierno se dará cuenta de que se tiene que hacer más. Sin embargo, cuando regrese por más dinero, ¿estará de acuerdo el Congreso?

Los republicanos están ahora firmemente comprometidos con el punto de vista de que no deberíamos hacer nada para responder a la crisis económica, excepto reducir impuestos –lo que siempre quieren hacer sin importar las circunstancias–. Si Obama regresa por una segunda ronda de estímulos, ellos responderán no porque sean útiles, sino diciendo que fallaron sus políticas.

En contraste, la población en general está a favor de acciones contundentes. Según una encuesta de opinión reciente de Newsweek, una mayoría del electorado apoya los estímulos, y, más sorprendente, una cantidad considerable cree que será necesario un gasto adicional. Sin embargo, ¿seguirá ese apoyo dentro, por decir, unos seis meses?

Asimismo, una gran mayoría cree que el gobierno gasta demasiado en ayudar a grandes instituciones financieras. Esto indica que la política financiera de dinero por nada del Gobierno terminará por dilapidar su capital político.

Así que aquí está el panorama que me asusta: es septiembre del 2009, la tasa de desempleo ha superado 9%, y, a pesar de la primera ronda de gasto en estímulos, aún sigue subiendo. Obama finalmente reconoce que son necesarios estímulos mayores.

Sin embargo, no logra que su nuevo plan se apruebe en el Congreso porque la aceptación de sus políticas económicas ha caído en picada, en parte debido a que se perciben como fallidas, en parte debido a que las políticas de creación de empleo se han unido en la mente de la población a los rescates bancarios profundamente impopulares. Y, como resultado, la recesión continúa en medio de la polémica, sin control.

Está bien, se trata de una advertencia, no de una predicción. Sin embargo, la política económica se está quedando atrás de la curva, y existe un peligro real, en aumento, de que nunca la alcance.

© The New York Times News Service.

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Una década con Bernie

PAUL KRUGMAN 22/02/2009

PAUL KRUGMAN ES PROFESOR DE ECONOMÍA DE PRINCETON Y PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA EN 2008.© 2009 NEW YORK TIMES SERVICE

A estas alturas, todo el mundo conoce la triste historia de los inversores a los que engañó Bernard Madoff. Miraban sus extractos de cuenta y pensaban que eran muy ricos. Pero entonces, un día, descubrieron con horror que su supuesta riqueza era un producto de la imaginación de otra persona. Desgraciadamente, ésa es una metáfora bastante buena de lo que le ha sucedido a Estados Unidos en su conjunto durante la primera década del siglo XXI.

El inversor de Madoff descubrió con horror que su riqueza era producto de la imaginación de un tercero

Es una metáfora aplicable a la situación de EE UU. La riqueza de las familias es hoy menor que en 2001

La semana pasada, la Reserva Federal publicaba los resultados del último Sondeo sobre Finanzas de los Consumidores, un informe trienal sobre los activos y las deudas de las familias estadounidenses. La conclusión es que básicamente no se ha creado ninguna riqueza desde el comienzo del nuevo milenio: el valor neto de la familia estadounidense media, ajustado a la inflación, es ahora menor que en 2001.

En cierta forma, esto no debería sorprendernos. Durante la mayor parte de la última década, Estados Unidos ha sido un país de personas con préstamos y gastos, no de ahorradores. La tasa de ahorro por persona ha caído desde el 9% de finales de los años ochenta hasta el 5% en los noventa y hasta sólo el 0,6% entre 2005 y 2007, y la deuda familiar ha crecido mucho más deprisa que los ingresos por persona. ¿Por qué íbamos a esperar que nuestro valor neto hubiese aumentado?

Aun así, hasta hace muy poco, los estadounidenses creían que se estaban haciendo más ricos porque recibían extractos bancarios que decían que sus casas y carteras de acciones estaban revalorizándose más deprisa de lo que aumentaban sus deudas. Y si la creencia de muchos estadounidenses de que podían contar con las plusvalías para siempre parece ingenua, vale la pena recordar la cantidad de voces influyentes -especialmente en publicaciones de derechas como The Wall Street Journal, Forbes y National Review- que fomentaban esa creencia y ridiculizaban a aquellos que se preocupaban por el escaso ahorro y el exceso de deudas.

Entonces la realidad se impuso y resultó que quienes se preocupaban habían estado en lo cierto todo el tiempo. El aumento del valor de los activos había sido una ilusión, pero el aumento de la deuda había sido muy real.

Así que ahora tenemos problemas; problemas más profundos, pienso yo, de lo que la mayoría de la gente cree incluso ahora. Y no me estoy refiriendo únicamente al menguante grupo de pronosticadores que siguen insistiendo en que la economía se va a recuperar cualquier día de éstos.

Porque éste es un lío que tiene unas bases muy amplias. Todo el mundo habla de los problemas de los bancos, que sin duda están en una situación aún peor que la del resto del sistema. Pero los bancos no son los únicos que tienen demasiadas deudas y demasiados pocos activos; la misma descripción es válida para el sector privado en su conjunto.

rafaY como señalaba en los años treinta el gran economista estadounidense Irving Fisher, las cosas que la gente y las empresas hacen cuando se dan cuenta de que tienen demasiadas deudas tienden a ser contraproducentes si todo el mundo las hace al mismo tiempo. Los intentos de vender activos y liquidar deudas hacen que la caída de los precios sea todavía más pronunciada, lo cual reduce todavía más el valor neto. Los intentos de ahorrar más se traducen en un parón de la demanda del consumidor, lo que a su vez intensifica el desplome económico.

¿Están los políticos preparados para hacer lo que haga falta para salir de este círculo vicioso? En principio, sí. Los representantes gubernamentales comprenden el problema: necesitamos “frenar lo que constituye una espiral muy perjudicial y posiblemente deflacionaria”, ha dicho Lawrence Summers, asesor económico principal de Obama.

En la práctica, sin embargo, las medidas que se proponen actualmente no parecen estar a la altura del reto. El plan de estímulo fiscal, aunque sin duda será de ayuda, probablemente no hará más que mitigar los efectos económicos colaterales del fenómeno deflación-deuda. Y el tan esperado anuncio del plan de rescate de los bancos ha dejado a todo el mundo más confuso que tranquilo.

Existe la esperanza de que el rescate de los bancos termine por convertirse en algo más potente. Ha sido interesante contemplar cómo la posibilidad de una nacionalización temporal de los bancos pasaba de tener una aceptación marginal a otra mayoritaria, hasta el punto de que republicanos como el senador Lindsey Graham han admitido que podría ser necesaria. Pero, incluso si finalmente hacemos lo que sea necesario en el frente bancario, eso sólo resolvería una parte del problema.

Si quieren ver lo que realmente cuesta sacar a la economía de la trampa de la deuda, fíjense en el enorme proyecto de obras públicas, también conocido como II Guerra Mundial, que puso fin a la Gran Depresión. La guerra no sólo condujo al pleno empleo, también produjo un rápido aumento de los ingresos y una inflación considerable, todo ello sin que el sector privado solicitara prácticamente ningún crédito. Hacia 1945, la deuda del Gobierno se había disparado, pero el porcentaje de la deuda del sector privado respecto al PIB era sólo la mitad de lo que había sido en 1940. Y este bajo nivel de deuda privada contribuyó a que se dieran las condiciones propicias para la gran expansión de la posguerra.

Puesto que no hay nada parecido a eso sobre el tapete, ni parece probable que vaya a haberlo en un futuro próximo, las familias y empresas tardarán años en liquidar las deudas que tan alegremente contrajeron. Lo más probable es que el legado de nuestra época de ilusión -nuestra década con Bernie- sea una larga y dolorosa depresión. .

Traducción de News Clips.

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