Economías de la Inteligencia

Empresa, Estrategia, Finanzas, Entrepreneurship, Innovación, Tecnología, Ciencia y Política

Dirigir, un arte que ¿todos pueden aprender?

Matthew Lynn – Bloomberg – 04/04/2009

En las últimas dos décadas, las fábricas de másteres en dirección de empresas (MBA) han creado las condiciones que contribuyeron al desastre en el que se encuentra la economía mundial en la actualidad. Legitimaron un enfoque seudocientífico de las finanzas que resultó ser falso, promovieron un estilo gerencial que era demasiado mecánico y formaron a una élite directiva más interesada en las recompensas que en producir riqueza duradera para las economías en las que opera.

El crecimiento de las escuelas de negocios es claro, especialmente al tiempo que la economía se contrae y que los banqueros desempleados buscan ser más calificados. El problema es que el último grupo de graduados en dirección de empresas que subieron a la cima armaron tal desastre que es difícil creer que los próximos lo harán mucho mejor. La gente que hizo que la economía mundial se estrellara contra las rocas en el último año ha tenido la mejor educación que el dinero pueda comprar. Aun así, genera dudas sobre lo que las escuelas de negocios enseñan, y cómo se las arreglaron para crear líderes incapaces de detectar los fallos de las empresas que dirigían. Si una escuela de vuelo produjera este número de accidentes, estaríamos haciendo algunas preguntas. No hay razón por la que los estudios de negocios deban estar exentos del mismo tipo de escrutinio.

Destreza adquirida

A las escuelas se les debería pedir que den explicaciones, porque han alentado un enfoque cuasi científico de los negocios y han afirmado que todo podía explicarse en un libro de texto. Han predicado un conjunto de fórmulas, alentando a los estudiantes a creer que dirigir una compañía era un arte que cualquiera podía dominar. Todo el sector de capital riesgo se basa en ese principio. Y también el de fusiones y adquisiciones.

En realidad, la administración es una destreza que se adquiere con la experiencia, el juicio y la intuición. Se están a punto de desperdiciar miles de millones en reaprender una sencilla verdad que nunca debió haberse olvidado.

Las herramientas intelectuales que nos llevaron a la crisis financiera fueron inventadas principalmente por el mundo académico.

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Las escuelas de negocios, contra las cuerdas

Paz Álvarez – 04/04/2009

Tener un máster en Administración y Dirección de Empresas, un MBA, siempre ha sido un pasaporte para ascender en el escalafón directivo o conseguir un buen puesto, y si encima iba firmado por una prestigiosa escuela de negocios, el pedigrí del candidato se elevaba inmediatamente. Las empresas han confiado ciegamente en las escuelas de negocios, hasta el punto de dar por buena toda la formación que imparten, sin cuestionarse nada más. Parte del crecimiento empresarial de los últimos años se debe, según los analistas, al apetito voraz de esta nueva clase ejecutiva que estaba dispuesta a comerse el mundo.

Pero algo ha fallado. Los cimientos se han tambaleado y a muchos tanto apetito voraz se les está indigestando. La crisis económica, acuciada por la caída de las empresas financieras, está poniendo en entredicho la formación recibida por los gestores. Y ahí es donde las escuelas de negocios han de asumir una parte de responsabilidad. ‘En efecto, no podemos echar la vista a un lado ni presumir de que todos los directivos han salido de nuestras escuelas cuando todo va bien, y cuando hay un fallo sistemático del sector financiero no podemos decir que no fue culpa nuestra’, afirma el español Ángel Cabrera, presidente de la escuela de negocios estadounidense Thunderbird, con sede en Arizona, quien cree que este tipo de instituciones no pueden mirar hacia otro lado. ‘Algunos pueden decir que no estamos para enseñar valores, sino teorías, pero todas las teorías están cargadas de valores y en muchos casos no son correctas’.

Lo cierto, prosigue Cabrera, es que el currículo de las escuelas de negocios ha estado ‘dominado por una visión economicista simplista para hacer modelos matemáticos con consecuencia en los valores’. Cita como ejemplo la teoría de la agencia, por la que se rige uno de los más antiguos y comunes modos de interacción social que se conocen. Una relación de agencia surge cuando una o más personas (el principal) encarga a otra persona (el agente) realizar un determinado cometido en su nombre. ‘Esta teoría asume que el directivo es egoísta y oportunista, y presupone que hará lo posible por beneficiarse, ya que se conjugan los intereses del ejecutivo con los del accionista’. Esto es, el ejecutivo actúa como agente de los propietarios y, por tanto, su objetivo es maximizar los beneficios de los accionistas.

Otro ejemplo que aporta Cabrera tiene que ver con el modelo de Michael Porter sobre las cinco fuerzas que influyen en la estrategia competitiva de una compañía y determinan las consecuencias de su rentabilidad a largo plazo. ‘Cuando escarbas en esta teoría, te dice que extraes valor si compites con tus clientes, si exprimes a tus proveedores. ¿Tienes que explotar a tu clientes?, ¿Google explota a sus clientes? No, crea valor para ellos. Cuando indagas ves que las cinco fuerzas tienen unos valores que no se sostienen’. El objetivo no puede ser únicamente, dice Cabrera, crear valor para el accionista. ‘En España, si se derrumba la banca, ¿quién paga los platos rotos, el accionista o el contribuyente?, ¿y la gente que pierde su empleo?’.

En definitiva, apunta el responsable de Thunderbird, ‘habrá que pensar otra manera de definir la responsabilidad del directivo y no pensar que hay que crear únicamente valor para el accionista’. Porque el ejecutivo ha de entender su función como de servicio público, no tener afán de lucro, afirma Cabrera, que en Thunderbird ha instaurado la costumbre de que todos los graduados realicen un juramento hipocrático. En esta misma línea, el Pacto Global de Naciones Unidas ha lanzado unos principios para la educación responsable en gestión, a la que se han sumado 223 instituciones académicas, entre las que se encuentran las principales escuelas de negocios españolas.

También de servicio público habla Jordi Canals, director general del IESE, quien cree que las escuelas de negocios ‘hemos omitido temas importantes porque no hemos hablado suficientemente de crear empresas a largo plazo, de manera que se gestionen sin mirar el precio de la acción ni tampoco de la dimensión del servicio que se presta, ya que no se está en un puesto sólo para ganarse la vida, sino para estar al servicio del proyecto’, dice Canals, quien hace hincapié en la necesidad de integrar la ética y de la responsabilidad en la formación.

Una representación de decanos europeos ha estado estos días en el campus del IE Business School preguntándose qué grado de responsabilidad tienen en toda esta crisis. Y se ha llegado a la conclusión, afirma el decano de la citada institución, Santiago Íñiguez, de que si no admitiéramos esa responsabilidad ’seríamos poco relevantes, pero ha de ser compartida con los propios directivos, con otros stakeholders, con los gurús, con las agencias de rating y con los medios de comunicación’. Y señala que en Europa las escuelas de negocios sí se han centrado en formar teniendo en cuenta a los distintos agentes sociales, ‘mientras que en Estados Unidos ha primado maximizar las ganancias de los accionistas’.

Según Íñiguez, es necesario un cambio de contenido en los programas, reinventando conceptos como el riesgo financiero, ‘además de tener urgencia por construir un sistema financiero que genere confianza y de sentar las bases del nuevo el capitalismo’. Y agrega que los MBA deben volcarse en los conceptos de innovación y en formar a emprendedores. Asegura que la crisis es un buen momento para realizar una cura de humildad en las escuelas de negocios, ‘donde ha habido cierta arrogancia, y ahora tenemos que ligar la investigación y la enseñanza a las necesidades de los líderes’, apunta.

Las escuelas de negocios, según Mauro Guillén, director de Lauder Institute en Wharton, tienen el deber de aportar un diagnóstico y un análisis sobre lo que está pasando, ‘pero no tenemos la máxima responsabilidad’, afirma. ‘¿El comportamiento de Madoff es responsabilidad de las escuelas? Hay muchos individuos que sólo han tenido en cuenta los incentivos y en función de ello han tomado decisiones. No se puede acusar sólo al directivo o a los teóricos que han propuesto que buscar el valor para el accionista es la mejor manera de concebir la empresa, sino también del accionista, que cuando las cosas iban bien nunca dijo nada. Ha habido muchas complicidades’, dice Guillén. Las escuelas de negocios, agrega, deben adaptar sus estudios insistiendo en la formación en gestión de riesgos.

Responsabilidad, pero con matices. Esa es la valoración de Carlos Losada, director general de Esade, quien cree que la formación ética de un individuo depende de la familia, de la escuela, de las amistades y hasta de los medios de comunicación, que crean unos determinados referentes, informa Rosario Correro. ‘Somos sólo corresponsables de la situación, cuando llega un alumno de 28 años a un máster, trae sus propios valores, y no es tan fácil cambiarlos’. El director de Esade considera ridículo que ahora las escuelas se apresuren a poner créditos de ética en sus cursos. ‘Como si la ética se pudiera separar de todo lo demás. Me parece una barbaridad, el peor mensaje que podamos dar. La ética debe estar en tu relación con la competencia, en cómo lanzas un productos, en cualquier decisión que tomas como empresario’. Eso no quiere decir que una escuela no tenga que abordar el tema ‘claro que podemos hacer cosas, pero siendo conscientes de que el comportamiento empresarial está dentro de la sociedad’. Esade intenta desarrollar la conciencia de los alumnos de carrera, ‘a los que tienes más tiempo para formar’, haciendo prácticas en zonas muy pobres de Nicaragua o Bolivia, ‘cuando un ejecutivo pone cara y ojos a la pobreza es más consciente de sus decisiones’.

Los gestores caídos también tenían un máster

Estar en posesión de un máster adorna el currículo de muchos, pero esto no significa que sea un aval de buena gestión. Por ejemplo, Richard Fuld, presidente de Lehman Brothers, anota en su expediente académico un MBA por la Universidad de Nueva York.

Franklin Raines, presidente de la también caída Fannie Mae, estudió en la prestigiosa facultad de Derecho de Harvard, institución que aparece en muchos rankings como la mejor del mundo y que no está adscrita a los principios para la educación responsable en gestión, iniciativa impulsada por Naciones Unidas, aunque sí ha decidido participar en el debate.

También en esta misma escuela estudiaron John Thain, ex responsable ejecutivo de Merrill Lynch, y Christopher Cox, ex presidente de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC). En la Universidad de Georgetown se especializó en leyes el ex presidente de Citi Charles Prince.

En Europa, algunos de los ejecutivos que han llevado al desastre a sus compañías han completado sus estudios y perfeccionado sus conocimientos empresariales en algún campus de élite.

A la escuela de Harvard acudió Andy Hornby, responsable ejecutivo del banco británico HBOS, que tuvo que ser rescatado en una fusión con Lloyds Bank y, más tarde, ambos tuvieron que ser auxiliados por el Gobierno del Reino Unido.

Principios. Formación responsable

1. Desarrollar las capacidades de los alumnos para aportar valor sostenible para los negocios y la sociedad.

2. Se incorporarán a las actividades académicas los valores de la responsabilidad social global.

3. Se creará un marco educativo que favorezca el liderazgo responsable.

4. Se realizará una investigación de concepto para mejorar la creación de valor sostenible social, ambiental y económico.

5. Se interactuará con los gestores de empresas para ampliar el conocimiento de sus desafíos para cumplir con sus responsabilidades sociales.

6. Se apoyará el diálogo y el debate con todos los agentes.

En mi opinión

Ángel Cabrera. Thunderbird. ‘No podemos mirar a otro lado, sobre todo cuando hay un fallo sistemático del sistema financiero’

Jordi Canals. IESE. ‘No hemos hablado suficiente del largo plazo ni de la función de servicio público del directivo’

Mauro Guillén. Lauder Institute (Wharton). ‘¿Es responsabilidad de las escuelas de negocios el comportamiento de Madoff?’

Santiago Íñiguez. IE Business School. ‘Hay que cambiar el contenido en los programas y reinventar el concepto de riesgo financiero’

Carlos Losada. Esade. ‘¿Responsables?, con muchos matices, el comportamiento empresarial está ligado a la sociedad’

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El remedio sueco

ÁNGEL UBIDE

Esta semana, además de la proclamación del presidente Obama, ha sucedido un acontecimiento que potencialmente puede cambiar de manera drástica el panorama económico. Los gobiernos británico y americano acaban de admitir que tienen una crisis bancaria y, por tanto, van a tomar finalmente las medidas necesarias para resolverla. Hace más de 18 meses que reventó la burbuja crediticia, pero hasta ahora los gobiernos se han comportado como si el problema fuera una crisis de liquidez, una crisis de confianza donde los agentes económicos se han asustado, con el corolario de que, una vez que retorne la confianza, todo volverá a la normalidad.

En EE UU han entendido que hay que hacer dos cosas a la vez, recapitalizar bancos y comprar activos ‘tóxicos’

La receta para la resolución de una crisis bancaria sistémica es bien conocida y la hemos discutido en esta columna varias veces, siguiendo el modelo sueco de principios de los años 90, aplicado con éxito en las múltiples crisis bancarias de los mercados emergentes en 1997-98: acometer una evaluación rigurosa de las pérdidas, cerrar los bancos insolventes, recapitalizar los bancos solventes pero con problemas (o los insolventes pero demasiado grandes para poderlos cerrar de manera ordenada) y transferir los activos tóxicos fuera del balance para que los bancos puedan retomar la actividad crediticia. Si los activos tóxicos permanecen en el balance los directivos de los bancos dedican una gran parte de su tiempo a gestionar los activos con problemas -en otras palabras, los bancos se dedican a minimizar perdidas, en lugar de maximizar las ganancias- y por tanto actúan de manera muy conservadora. Por tanto, aunque los bancos reciban infusiones de capital, serán muy cautos a la hora de prestar.

Hasta ahora, las autoridades mundiales han optado por recapitalizar los bancos y proveer garantías para las emisiones de deuda. A su vez, se han dedicado a proclamar que la causa principal de la crisis ha sido la imprudencia de los bancos, que tenían poco capital y eran poco cuidadosos a la hora de prestar (el comunicado del G20 del pasado noviembre es un claro ejemplo). La conclusión es que los bancos, en el futuro, tendrán que tener unos niveles de capitalización superiores. ¿Si usted fuera un banco, escuchara a las autoridades hablar de esta manera, viera la situación económica actual incierta como es, tuviera millones de euros de activos de dudosa calidad en su balance, y recibiera una inyección de capital, qué haría? Lo racional sería “ahorrar” este capital, es decir mejorar la capitalización del banco y continuar con una actitud muy prudente hasta que tenga una mayor certeza de las perdidas que aflorarán de los activos dudosos de su balance. Y esto es exactamente lo que están haciendo los bancos, lógicamente, por mucho que las autoridades se lamenten de que los bancos no están “colaborando”.

El crédito no fluye porque las autoridades, hasta ahora, no han querido seguir el modelo sueco de resolución de crisis bancarias. Y la razón es sencilla: por una parte, implica reconocer que existe una crisis sistémica del sistema bancario; por otra parte, el coste fiscal ex-ante (no ex-post, ya que en muchos casos los gobiernos acaban generando beneficios de la gestión de estos activos) es elevado, ya que hay que capitalizar una institución pública que se haga cargo de los activos tóxicos. El debate en EE UU ha completado el círculo: en octubre pasado se anunció que se comprarían activos tóxicos, luego que se recapitalizarían los bancos, finalmente han entendido que hay que hacer las dos cosas a la vez.

En Gran Bretaña se van a dotar 300.000 millones de libras para este plan, en Estados Unidos el montante tendrá que ser bastante superior. Es una operación complicada y que implica un aumento importante de los pasivos públicos, pero necesaria para restablecer el flujo crediticio. ¿Y en Europa? Pues, como siempre, vamos a remolque. Hay actuaciones puntuales, como en Alemania donde se han intervenido múltiples bancos, pero no hay un proceso sistemático de resolución de esta crisis. Si hubiera un organismo de supervisión bancaria a nivel europeo, y la voluntad política de dotar los recursos necesarios, se podría organizar un “remedio sueco”, identificando los bancos con problemas y forzándoles a reconocer las pérdidas y recapitalizarse adecuadamente. Pero hay bancos demasiado grandes para el tamaño de sus países de origen, y bancos con actividades en múltiples países que requieren una actuación multinacional de difícil coordinación. Así que, debido a las deficiencias de nuestro sistema de resolución de crisis financieras -deficiencias que se han sabido desde el inicio de la Unión Monetaria pero que no se han querido resolver- Europa seguirá adoptando las medidas posibles, no las adecuadas, para resolver esta crisis.

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