Economías de la Inteligencia

Empresa, Estrategia, Finanzas, Entrepreneurship, Innovación, Tecnología, Ciencia y Política

Universidades en la mira

Por Susana Klinkicht

susanak@hoy.com.ec

El presidente Rafael Correa atacó la semana pasada a las universidades en su propia casa. Invitado a un seminario sobre desarrollo, el mandatario arremetió, como es su costumbre, en términos generales contra todo el sistema universitario. Con esto, está logrando acorralar a un estrato de la sociedad con un gran potencial de protesta. Desprestigió a aquellos que podrían tratar de hacerle calor, luego de que los ha maltratado donde más duele, en el presupuesto. Dijo que el Estado invierte en las universidades $ 400 millones al año, el doble de lo que gasta en la educación primaria, que se considera fundamental para el desarrollo y que, además, llega a muchísimas más personas.

Hay que admitir que Correa tiene razón cuando resalta que, incluso en ciudades como Cuenca, cuyas universidades se jactan de estar entre las primeras en iniciar el proceso de certificación, de 100 bachilleres, 17 se matriculan en una universidad y solamente tres se gradúan. El presidente ha gritado a todos los vientos una vergüenza que se pretendía mantener en secreto, mientras se trataba con medios bastante dudosos de remediarla. Para aumentar la cifra de graduados, hoy hay cursos rápidos, que cuestan dinero adicional, para conseguir el certificado de manera más cómoda. También fue correcta la sentencia de Correa de que este país no tolera la apertura de una sola universidad más, mientras el sistema no haya sido totalmente reformado. Las cifras que presentó -70 universidades, 300 extensiones universitarias, 40 nuevas universidades en carpeta y más de 350 institutos técnicos superiores, para un país de 13 millones de habitantes- no aguantan comparación alguna.

El presidente se pronunció en favor de exámenes de ingreso y explícitamente en contra de confundir la igualdad de oportunidades con dejar entrar sin tamiz a malos bachilleres pobres de colegios también malos en razón de una democracia mal entendida.

Sería injusto decir que no haya planteado soluciones. Habló del mejoramiento de la educación secundaria, la capacitación y evaluación de los profesores, la acreditación de las universidades. También exigió una nueva Ley de Educación Superior que “defina adecuadamente la autonomía universitaria”. Es aquí donde hay que parar las orejas. Si el diagnóstico sirve para una drástica intervención del Estado a través del presupuesto, las reformas podrían ser un pretexto para terminar con las universidades como un lugar en el que se ubican por excelencia la libertad, la reflexión, la crítica y la responsabilidad social. No se trata de producir solo técnicos expertos con capacidades orientadas a demandas coyunturales del mercado laboral. La independencia debe primar sobre las normas. Nada se podría decir, en cambio, contra un sistema de financiamiento para las universidades en el que los fondos asignados aumenten en proporción al número de ciclos que los estudiantes aprueben y al porcentaje de graduaciones. O que esté en relación con los proyectos estratégicos, innovaciones o la investigación que realicen las universidades, lo que debería ser objeto de acuerdos entre cada universidad y el Estado.

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Ciencia democrática, política responsable

TRIBUNA: Josep M. Casacuberta

http://www.elpais.com/articulo/futuro/Ciencia/democratica/politica/responsable/elpepusocfut/20080326elpepifut_3/Tes

Últimamente se oyen voces, como la del filósofo Daniel Innerarity en este mismo periódico, que reclaman que la ciencia se democratice. La ciencia es demasiado importante, dicen, para dejarla sólo en manos de los científicos. ¿Qué estaremos haciendo mal para que propuestas como ésta nos parezcan casi lógicas? A mi modo de ver, dos son las causas principales, y las dos tienen que ver con la correcta definición de las funciones de la ciencia y de los límites de cada una de ellas.

La noticia en otros webs

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Del cambio climático a la clonación, de la terapia génica a los transgénicos, existen muchas cuestiones que preocupan a la sociedad que tienen un componente científico esencial. La sociedad pide a los científicos que analicen estos problemas y le aconsejen sobre las posibles soluciones; que desarrollen nuevas técnicas, nuevas terapias, que busquen soluciones; y también, cada vez más, que se decidan a dejar el laboratorio y creen pequeñas empresas de base tecnológica. Que sean realmente útiles y colaboren en dinamizar la nueva economía del conocimiento. Así las cosas, acabamos viendo al científico en un doble o a veces triple papel de experto, empresario e, incluso, político, y es comprensible que esto resulte inquietante. ¿Por qué tendríamos que creer a un científico, por eminente que sea, cuando nos asesora sobre una tecnología prometedora si él mismo ha creado una empresa para explotarla?

Éste es ciertamente un problema que se ha acentuado en los últimos años. El indudable éxito de la ciencia en producir conocimiento que puede ser aplicable al desarrollo tecnológico, y por lo tanto tener un valor mercantil, hace que ésta se esté convirtiendo en su función principal. En una sociedad en la que la utilidad y el rendimiento alcanzan las más altas cotas de prestigio no es extraño que la ciencia no rentable se vaya relegando a los márgenes del sistema. Cada vez es más difícil conseguir dinero para investigar si no se orienta la investigación hacia objetivos aplicados y se valora, y a menudo se exige, la participación directa de las empresas en la investigación.

En los últimos años la presión sobre los científicos para que se conviertan ellos mismos en empresarios ha aumentado considerablemente. Y aunque la existencia de científicos-empresarios sea beneficiosa para la economía y nuestro tejido industrial, corremos el riesgo de identificar a esta ciencia con la ciencia misma, con toda la ciencia. Más que nunca necesitamos ciencia no directamente productiva, y no sólo porque es la fuente de la ciencia rentable del futuro, sino porque necesitamos científicos independientes que puedan asesorarnos en problemas complejos de base científica.

La segunda razón que podría explicar el recelo creciente que genera la ciencia y los científicos podría buscarse en el uso y el abuso político de la ciencia. Existen distintas organizaciones y agencias de análisis y asesoría científica a las que nuestra sociedad puede acudir, y de hecho acude. Sin embargo, para que el sistema funcione correctamente, no sólo es indispensable que el trabajo de estas agencias se base en el rigor y la independencia de sus científicos, también es esencial que la sociedad utilice correctamente la información que le proporcionan. Es decir, que una vez asesorados en sus aspectos científicos, los políticos, teniendo en cuenta las otras muchas caras que los problemas complejos tienen, tomen una decisión política y, sobre todo, la justifiquen como tal.

Demasiado a menudo se busca una ciencia a medida que justifique determinadas decisiones políticas o se opta por desprestigiar a quienes no asesoran en una determinada dirección. No se puede negar el calentamiento global para justificar el no tomar medidas de ahorro energético con un coste evidente para la economía o el nivel de vida de los ciudadanos, de la misma forma que no se puede bloquear el cultivo de transgénicos parapetándose en unos supuestos problemas ambientales o para la salud que ningún estudio científico riguroso avala.

Si cuando hablamos de democratizar la ciencia estamos hablando de introducir criterios políticos en el diseño, el análisis y la interpretación de los resultados experimentales, estamos pidiendo el fin de la ciencia como tal. Permitamos que los científicos hagan su trabajo, preservemos una ciencia no rentable y responsabilicémonos todos de nuestras decisiones políticas. La democracia saldrá ganado.

Josep M. Casacuberta es Investigador Científico del CSIC y miembro del Panel de Organismos Modificados Genéticamente (OGM) de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA).

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Cerca de las estrellas

Compraron la filial de un grupo belga de tecnologías del espacio y con el tiempo abrazaron también el negocio de la neurociencia. La sede está en el Observatorio Fabra.

Ana Maiques y Giulio Ruffini. Foto: MAITE CRUZ MANEL TORREJÓN
BARCELONA
Por fuerza, unos empresarios con despacho en el simbólico Observatorio Fabra de Barcelona tienen que ser singulares. Singular es el italiano Giulio Ruffini (42 años), un doctor en física y matemático que cree que la distancia entre la ciencia y los productos con salida en el mercado es menor de lo que nos pensamos. En el 2001, él y su mujer, la valenciana Ana Maiques (36 años), compraron la filial española de Starlab, el grupo belga para el que trabajaban y que en esa fecha entró en barrena financiera y se declaró insolvente. Entonces aquella firma ya tenía algunos contratos con la industria espacial, un negocio que la refundada Starlab retomó. Pero, obsesionados “por hacer de la ciencia un modelo de negocio”, creyeron también en la neurociencia.
“En el 2007 lanzamos el Enobio, un sistema de lectura de la actividad cerebral que se diferencia en el mercado porque es portátil, sin cables, remoto y con electrodos secos, sin necesidad de gel conductor”. El producto lo están adquiriendo universidades y centros tecnológicos para el estudio de la epilepsia y los desórdenes del sueño, e incluso para el desarrollo de tecnología que facilite la interacción de las personas discapacitadas con los ordenadores.
En tecnología espacial, la empresa está diseñando una instrumentación para satélites que, sirviéndose de la señal de GPS, permite detectar en tiempo real el comienzo de un tsunami. “Y a la Agència Catalana de l’Aigua y Endesa les hemos vendido una tecnología que permite saber con precisión el nivel de un embalse sin el empleo de sensores en contacto con el agua”. Otra de sus tecnologías para satélite, desarrollada para el Ministerio de Fomento, permite detectar manchas de petróleo de más de 30 metros gracias a la emisión de señales de radar, con lo que los aviones de reconocimiento pueden localizar la mancha (y a su autor) al instante.
“Ahora la empresa empieza a dar sus frutos, pero en su momento me tuve que preguntar si era de verdad emprendedor”, dice Ruffini, que tiene una alma tan científica que dejó de ver Star Trek cuando la teleserie apuntaba más maneras de telenovela que de serie de culto para apasionados del espacio. “Quizá hubo algo de inconsciencia en aquella decisión, pero hoy estamos dando empleo a 30 personas y movemos dos millones de euros al año”.
Pero, ¿qué tienen en común dos disciplinas en apariencia alejadas como la neurociencia y el espacio? “Todo se puede reducir a números; nos sirven las mismas técnicas de procesado matemático”.

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El mundo es matemático

Para los más humanistas, siguen siendo una pesadilla escolar, una ciencia abstracta y lejana: las matemáticas despiertan recelos. Pero sin ellas no podríamos entender el mundo. Gran parte de nuestras decisiones diarias son fruto de cálculo y distintas variables y opciones. Y muchos de los objetos que nos rodean en la vida cotidiana llevan las matemáticas dentro. El secreto es aprender a disfrutarlas. En todas las disciplinas

De repente, una noticia sacude la ciudad: se descubre que han inventado unas píldoras del conocimiento: historia, literatura… Los estudiantes van corriendo a la farmacia y al entrar uno de ellos pregunta: “Oiga, ¿y no tiene ninguna para aprender matemáticas?”. El encargado desaparece detrás del mostrador y al cabo de un rato se presenta con algo que se parece a un melón. “¿Tan grande?”, dice el estudiante. “Bueno”, – le contesta el farmacéutico-, “ya sabe que las matemáticas siempre fueron difíciles de tragar”.

PALABRAS CLAVE

Ibáñez, Johann Sebastian Bach, Beatles, Galileo, Leonardo, Obabakoak, Subirachs, País Vasco, Apollinaire, Universidad, Copa América, Pablo Neruda, Rafael Alberti, Bernardo Atxaga, Sagrada Familia, Juegos Olímpicos, Dalí, Pekín

Es un simple chiste, pero demuestra como en el imaginario popular las matemáticas siguen siendo una auténtica pesadilla. Mucha gente, con aptitudes o carreras humanistas, no les ve la utilidad, les suenan demasiado abstractas. El linguïsta y académico Francisco Rico, en una entrevista hace unos años dijo: “Las asignaturas básicas deberían ser las lenguas y la literatura, que es lo que enseña a conocer el mundo. De las asignaturas técnicas, las matemáticas no hacen ninguna falta: cualquier calculadora u ordenador te lo da todo hecho”. La polémica está servida.

Pero las matemáticas no son exclusivamente cálculo. Y buena parte del mundo que nos rodea se explica únicamente a través de esta ciencia exacta. Como decía Galileo, “las leyes del mundo están escritas en el lenguaje de las matemáticas”. Fernando Corbalán, autor de una serie de libros muy divertidos y amenos sobre la divulgación de las matemáticas, entre los cuáles destacan Matemáticas de la vida misma(Graó ed.), cree que son imprescindibles para el desarrollo personal y social. “Es como tener unas gafas dentro del cerebro, que nos permiten, cuando están bien enfocadas, entender qué hay debajo de la realidad. Incluso en una calculadora, tienes que saber qué es lo que tienes que calcular. Yuna vez se consiga un resultado, hay que interpretarlo en su contexto”.

Raul Ibáñez, profesor de la Universidad del País Vasco y vicepresidente de la Sociedad Española de Matemática, coincide: “Las matemáticas nos enseñan el análisis crítico y nos ayudan a comprender la realidad que nos rodea”. No hay que olvidar que a través de las leyes estadísticas o de la probabilidad tomamos decisiones. Incluso un escritor visionario como H. G. Wells pronosticó: “El pensamiento estadístico será un día tan necesario para el ciudadano eficiente como la capacidad de leer y escribir”. Por ello, agrega Ibáñez, “las matemáticas facilitan el ejercicio de la libertad individual. Son ideales para que no nos sintamos manipulados o ignorados. Pero además, sin ellas la sociedad no podría avanzar”.

Por muy paradójico que parezca, a menudo actuamos siguiendo criterios matemáticos, sin que seamos conscientes de ello y animados cada vez por el mismo objetivo: conseguir el resultado más eficiente en cada circunstancia. Pongamos algún ejemplo en un día cualquiera.

Al levantarnos de la cama, bajamos las escaleras de nuestro piso hacia la cocina, situada en la planta baja. Al llevar a cabo este simple ejercicio, no nos cansamos demasiado. Pero puede haber ocasiones en las que resultaría incómodo transitar por ellas: si los escalones estuvieran demasiado altos o excesivamente bajos. Pero esto, a no ser que la casa tenga defectos estructurales, no va a ocurrir. Las matemáticas permiten encontrar una sencilla fórmula para que las escaleras sean cómodas y no implique demasiado esfuerzo tanto subirlas como bajarlas, si sus medidas de altura y profundidad, calculadas con un modelo específi-co, están incluidas en una horquilla determinada. Paso siguiente, salimos a la calle y vamos de compras a un súper. Una vez más sin darnos cuenta, la matemática está presente a nuestro alrededor: todos los productos llevan su correspondiente código de barras, una de las funciones más actuales de esta ciencia. Después, comprobaremos la forma de los envases y veremos que las dos más habituales serán los cilindros y los ortoedros. Esto también tiene su explicación científica: son las dos formas que permiten apilar productos dejando el mínimo de huecos posibles.

Cogemos la bicicleta para ir al trabajo: la marcha con la que más se avanzará y que requerirá el mayor esfuerzo se obtendrá al combinar el plato grande con el piñón pequeño. Una combinación que se utilizará para ir a mucha velocidad, en terrenos planos. Sin saberlo, en realidad estamos aprovechando al máximo el sistema de transmisión en cadena y de sus distintos desarrollos, en el que se recorre una longitud diferente por cada vuelta de los pedales: un mecanismo que se basa en las leyes de los números. Atravesamos un parque y puede que no nos demos cuenta, pero el número áureo, (1,618033988 …) está ahí.

Fue descubierto en la antigüedad, como relación o proporción entre partes de un cuerpo o entre cuerpos y está presente en varios elementos de la naturaleza: en la morfología de diversos elementos tales como caracolas, nervaduras de las hojas de algunos árboles, el grosor de las ramas, proporciones humanas… De camino paramos en un bar. Tomamos un café sentados a una mesa con unos colegas, y entra una chica rubia espectacular en el local. Aquí hay otro efecto indirecto de la matemática: nos atrae a primera vista también porque las líneas de su cara son perfectamente simétricas. El equilibrio de las proporciones contribuye a una evaluación estética positiva. Supongamos ahora que la chica esté acompañada de unas amigas que no son igual de atractivas que ella. La primera reacción es que usted competirá con sus amigos para seducir a la rubia. Sin embargo, pensándolo bien, es mejor que cada uno se fije en las amigas y que todos pasen de la más guapa. ¿Por qué? Es la estrategia óptima: todos salen ganando, renunciando a su objetivo inicial. Es, muy resumido, el equilibrio de Nash, una teoría matemática que demuestra que al evitar, por así decirlo, la autodestrucción mutua, se logra la máxima satisfacción para todos.

¿Sorprendidos? La ciencia de los números está detrás de gestos cotidianos. Por ejemplo, coger o no el paraguas. Las matemáticas son esenciales para saber qué tiempo hará. Las estaciones meteorológicas toman datos, introducen las variables en ordenadores que los combinan con las leyes de la física hasta que al final nos dirán si va a llover o no. O hablar por teléfono. Detrás de un simple gesto como marcar un número hay códigos binarios, la transformación de voz en series númericas, algoritmos.

Asimismo, la matemática hoy es imprescindible en algunas aplicaciones médicas. En estos momentos ya es posible reproducir órganos del cuerpo humano en un ordenador para llegar a saber con antelación cómo responderá un paciente en un quirófano durante una operación. Algunos productos revolucionarios de los últimos años son hijos de razonamientos matemáticos: los míticos trajes de baño de los nadadores en los Juegos Olímpicos de Pekín, el casco del barco del último ganador de la Copa América de vela… Asimismo, las matemáticas aplicadas han permitido solucionar problemas de optimización de los recursos empresariales para conseguir una mejora de la eficiencia. Gracias a ciertos modelos, se ha podido, por ejemplo, eliminar y racionalizar puntos de recogida de basura ubicados en varias zonas de una ciudad para que los barrenderos llegaran a todos los sitios con otro tipo de rutas.

Ahora bien, puede resultar difícil establecer una relación de las matemáticas con otras disciplinas artísticas más lejanas, como el arte, la música o la literatura. Pero las hay. Existen escritores que se han inspirado en la matemática como tema de su obra. Se pueden citar, por ejemplo, La divina proporción de Rafael Alberti: “A ti, maravillosa disciplina / media, extrema razón de la hermosura”; o la Oda a los números de Pablo Neruda “¡Qué sed / de saber cuánto! (…) El tiempo se hizo número. La luz fue numerada”. No hay que olvidar que la misma poesía está basada en métrica, rítmo y- por qué no- cálculo.

Pero incluso la escritura de un cuento puede leerse como una obra de ingeniería. Un personaje del libro Obabakoak de Bernardo Atxaga decía lo siguiente: “Según él, un cuento no vendría a ser más que una operación de aritmética. Pero no una operación de cifras, claro, sino hecha a base de sumas y restas de elementos, tales como ´amor´, ´odio´, ´esperanza´, ´deseo´, ´honor´…”.

En cuanto al arte, hay numerosos ejemplos. Guillaume Apollinaire decía que “la geometría es para las artes plásticas lo que la gramática es para el arte de escribir”. Ahora entre los estudiosos está comprobada la relación entre el movimiento pictórico del cubismo y la cuarta dimensión espacial. Por no hablar del estudio de las leyes de la perspectiva o las técnicas de composición de los mosaicos, cuyo dominio es indispensable para conseguir ciertos efectos. Basta con examinar un cuadro de Dalí para ver el peso que tienen las construcciones geométricas en la composición de su obra. El Hombre Vitruviano de Leonardo es, además de una obra de arte, una lección de proporciones y simetrías.

La publicidad y el diseño empresarial también se nutren del cálculo: muchos logotipos de marcas renombradas se inspiran en figuras geométricas subliminales, imposibles o simétricas. La matemática está presente en la arquitectura, en los cálculos de un puente o de solidez de un edificio. Es más, un enigma matemático puede llegar a ser incluso un elemento de decoración arquitectónica en sí: por ejemplo, el cuadrado mágico de Subirachs, un rompecabezas númerico que se encuentra esculpido en un grupo escultórico de la Sagrada Familia.

Por muy extraño que parezca, la música también es cuestión de números. Se han llevado a cabo estudios que han detectado fórmulas detrás del Arte de la Fuga de Johann Sebastian Bach. La ciencia no sólo sirve para descifrar la música clásica: recientemente el investigador canadiense Jason Brown ha conseguido, utilizando modelos de cálculo muy complejos, descubrir cuál era la nota inicial de la cancion Hard day´s night de los Beatles, conocida como el acorde imposible: la solución del misterio era un fa, tocado con un piano en lugar de una guitarra.

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Can Science Help Solve the Economic Crisis?

Nassim Nicholas Taleb, Douglas Rushkoff, Larry Sanger, Mike Brown, George Dyson, Emanuel Derman, Michael Shermer, Paul Romer, Tor Nørretranders

NASSIM NICHOLAS TALEB: I urge all you scientists to go take your “science” where it may work—and leave us in the real world without more problems. Please, please, enough of this “science”. We have enough problems without you. …

DOUGLAS RUSHKOFF: The greatest danger of this compromised and arbitrary “scientific-style” approach to economics is that it implies an equivalence of the economy with nature. The sense is that the economy is really an ecology in which the laws of physics and nature actually apply. Sure they apply, but only as much as they apply to any utterly synthetic and manufactured environment. …

MIKE BROWN: I think the main thing science has to offer in this crisis right now is a little dose of its traditional empirical humility, and when things have gotten pretty screwed up, that is usually a good place to start, if only just for good form. It would also, of course, be wise to remain skeptically mindful of where science may have contributed to the mess. …

LARY SANGER: Any scientific project to take on economics and boldly transform it into a hard science will run into that problem of a complexity that is not amenable to rigorous scientific model-building. The other trouble with an “economic Manhattan project” suggestion is the fact that work in the social sciences is inherently ideological. I suppose that the title of the article’s section 4, “What is to be done?” was chosen ironically—being the title of Lenin’s most famous tract and all. …

GOERGE DYSON: “Ten years ago I started a company based on the assumption that people are basically good,” argued E-Bay founder Pierre Omidyar (at the Santa Fe Institute) in 2004. “And now I have the data to prove it.” Instead of putting a dozen scientists in a room to come up with a better model of the existing global financial system, we should put a dozen Pierre Omidyars, Elon Musks, Salar Kamangars, and Jeff Bezoses in a room (with Danny Hillis) and let them actually build one (a new financial system, not another model). …

EMANUEL DERMAN: This is a noble proposal, but I remain a bit of a skeptic with respect to the ability of a cohort of scientists and economists to find a scientific solution to the problems of our economy. Economies are living organisms, about as old as the oldest profession, and rebuilding the economic system from scratch is a problem in engineering and social engineering, not in science. Human’s and scientists don’t have a good history as regards social engineering. …

MICHAEL SHERMER: Expand the problem by many orders of magnitude and we get a sense of the breathtaking inanity of trying to control an entire economy, no matter how smart the experts in our hypothetical economic Manhattan Project may be. The economy is a product of human action, not of human design. Trying to redesign something that was never designed in the first place is futile. I vote no on an economic Manhattan Project. …

PAUL ROMER: To be successful, a Capital Markets Safety Board (CMSB) would require both funding and careful attention to incentives. Like the NTSB, a CMSB should be truly independent from the government agencies that are responsible for crisis prevention and crisis management. It should also be protected from influence by firms in the financial sector. In its data collection efforts, it should not rely on university researchers who are themselves susceptible to influence by the interested government agencies or the private sector players. Nor should it use academics who have a personal or professional stake in any particular view about what caused a crisis. It’s the soft corruption of lobbying and regulatory capture that should worry us, not ideology. Institutionalized transparency is the best antidote. …

TOR NØRRETRANDERS: We now know from experimental economics, game theory and the anthropology of gift giving that this creature exists only in the mind of economists, not in the real world. Humans (and other primates) treat each other with empathy and a striving for fair play (often through the punishment of free riders). Therefore the laudable new discussion of models of the economic system fail to discuss the real issue: Our model of human beings. And it fails to discuss the crucial externality to the economic process: Sometimes we decide to do great things that will lift each and everyone up where we belong. …

ERIC WEINSTEIN: Some salvageable models have been kept on life support by adding epicycle after epicycle to deal with their obvious incompatibilities with markets and observed human behavior (e.g. the inexplicable neoclassical insistence on fixed preferences) while common risk measures like Value-at-Risk are probably flawed beyond hope. And yet, insights from fields as diverse as gauge theory, and evolutionary psychology may have a positive role to play in healing what ails the cartoonish homo economicus model to create a more realistic scientific theory of market agency. But the best way to do this is too subject the models to a marketplace of ideas somewhat more vigorous than modern day economics. …

BRIAN KNUTSON: What are some implications of these findings for the current crisis? Presently, we need to put a price on ambiguous derivatives (a job for the economists). As long as the value of these contracts remains unresolved, this could generate ultra-uncertainty, which will promote fear, which will keep money in peoples’ mattresses and out of the market. In the future, we should regulate (or incentivize) against contracts that resist pricing. …

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Premio Nobel: recetas para descubrir, inventar… y ganar

El premio Nobel de Economía Paul Samuelson especificó en 1970 ciertas condiciones necesarias que un científico debe tener para obtener el prestigioso galardón. El tiempo demostró que no estaba equivocado

Para los medios y, como consecuencia, para el gran público, el mito refleja a los investigadores científicos como seres superdotados, distraídos, en algunos casos profundamente malignos y sedientos de poder y en otros como personas que se sacrifican por el bien de la humanidad.

Casi todos aparecen en la televisión mirando por un microscopio o manejando máquinas infernales generadoras de impactantes rayos. ¿Pero cómo son realmente?

La realidad en términos generales es que son personas comunes, con inteligencias normales, quizás curiosas, preguntonas -o quizás, mejor, autopreguntonas-, muchas veces obsesivas.

Por una parte, son esforzados trabajadores y, por otra, haraganes que buscan trabajar lo menos posible. Así, a partir del invento de la rueda, no se necesitó transpirar para arrastrar pesadas cargas. En el mismo sentido apuntan la máquina de vapor, el automóvil, el motor eléctrico, las computadoras, los robots o los controles remotos.

Se pueden colegir las características de un buen investigador imaginando la escena de entrega de los premios Nobel en Estocolmo en 1970, en la que un grupo de estudiantes, invitado para intercambiar ideas con los premiados, le preguntó a Arne Tiselius -premio Nobel en 1948 y presentador de nuestro Luis Federico Leloir, premiado ese año- qué había que hacer para ganar el Premio Nobel.

Tiselius contestó que no sabía cómo aconsejarlos. Para él, el premio principal era el goce que produce el trabajo de investigación y sus consecuentes descubrimientos e innovaciones… Pero cuando el Premio Nobel de Economía de ese año, Paul Samuelson, agradeció en nombre de todos los premiados, retomó el tema comentando que él podía decirles como ganar el premio y que ello, incluso, era muy fácil.

“Lo primero es tener grandes maestros”, y en su caso se consideró afortunado. Entre otros de sus maestros citó a Wassili Leontief, premiado luego con el Nobel en 1973, tres años después.

Lo segundo, dice Samuelson, es trabajar con grandes colegas, colaboradores y compañeros. La bendición que tuvo Samuelson en ese sentido le hace citar tres nombres, entre los que están James Tobin y Robert Solow, premiados 13 y 17 años después respectivamente.

En tercer lugar deben tener alumnos que se destaquen y, dado el gran número de discípulos de Samuelson, éste sólo se animó a dar tres ejemplos. Ellos fueron Lawrence Klein, Robert Mundell y Joseph Stiglitz, los que ganaron bastante después el Nobel, en 1980, 1999 y 2001 respectivamente.

La cuarta condición indicada por Samuelson es que se deben leer los trabajos de los grandes maestros, para lo cual cita a siete de ellos. Dos hasta el año 2003, Bertil Ohlin y Gunnar Myrdal, fueron premiados cuatro y siete años después de que se escucharan estos consejos de Samuelson en 1970.

Factor suerte

“La quinta condición -se apresuró a decirles- es la suerte”. Evidentemente Samuelson acertó en la cita de sus maestros, compañeros de investigación, discípulos e investigadores cuyos trabajos deben leerse: entre todos ellos hubo ocho que recibieron el premio años después de que él los citara. Evidentemente, Samuelson tenía el ojo bien entrenado. Habría que preguntarse cuántos, de los otros once que todavía no lo recibieron, serán premios Nobel en el futuro.

No obstante, la brillantez de la -en cierto modo- “demostración” de Samuelson, se podrían enriquecer sus consejos.

Para hacer más descubrimientos, deben tenerse en cuenta, además de las condiciones individuales, las ambientales.

Respecto de las condiciones ambientales, son las que se refieren a la existencia, en un país, de un poderoso o débil sector de ciencia y tecnología, incluyendo al conjunto de sus investigadores, sus medios de vida y, por supuesto, la existencia de fondos para invertir en elementos necesarios para el trabajo de investigación. En ambientes ricos en medios y, sobre todo, en cantidad de personalidades trabajando en investigación, la posibilidad de formarse como buen investigador es mayor. En caso contrario, mayores serán los esfuerzos que el investigador deberá hacer para conseguir buenos descubrimientos.

Todo tiene su grado de relatividad. Las ideas de Samuelson para ganar el premio Nobel fundamentalmente fueron la de tener grandes maestros. Lo habitual en el trabajo de investigación es que éste se aprende trabajando con buenos investigadores.

Los buenos investigadores producen, además de descubrimientos, buenos discípulos.

La influencia de los grandes maestros, de los compañeros de trabajo de excelencia y de los buenos discípulos puede visualizarse cuando se vinculan esas relaciones con los premios Nobel. Así, con J.J. Thomson, premio Nobel en 1906, trabajaron cinco investigadores que luego fueron premiados. Con uno de ellos, E. Rutherford, investigaron nueve discípulos que luego fueron Nobel y uno de ellos, Niels Bohr, lo hizo a su vez con nueve colaboradores que recibieron ese premio, entre ellos W. Pauli, quien tuvo cuatro discípulos luego también premiados. De entre ellos, I. Rubi formó nueve Nobel, uno de los cuales, J. Schwinger tuvo cinco que recibieron el Nobel y, finalmente, uno de estos últimos, J. Steinberger, lo ganó con sus discípulos M. Schwartz y L. Lederman, en 1988.

Genética intelectual

Esta valiosa descendencia se podría definir como un fenómeno de “genética intelectual”.

Una rara excepción fue la de nuestro Nobel Bernardo Houssay, que se formó a sí mismo. Con él aprendieron a investigar Luis F. Leloir, Nobel en 1970, y Andrés Stoppani, que, si bien no fue premiado, formó a César Milstein, el tercer argentino premio Nobel en 1984. Milstein podría considerarse nieto científico de Houssay.

Leloir, en una nota periodística de 1986 en LA NACION, titulada “El descubrimiento al alcance de todos”, se pregunta: “¿Qué factores influyen para que algunos hagan descubrimientos repetidamente y otros una sola vez o nunca? El tema es de gran interés ya que, de llegarse a saber el por qué, se podría enseñar más racionalmente a los discípulos cómo investigar con buenos resultados o programar a una computadora para que hiciera descubrimientos para nosotros”.

“Las nuevas ideas e inventos se le ocurren a personas que están pensando constantemente en un problema”, dice.

Entonces, de repente, o como consecuencia de un pensamiento inconsciente, la solución aparece: “¡Eureka, la encontré!”

El caso de Arquímedes es un ejemplo de trabajo mental complementado con la observación. En otros casos, para que las observaciones o conocimientos previos e hipótesis sobre ellos sean válidos, hay que hacer experimentos.

“Varios de mis compañeros -dice Leloir- tuvieron buenas ideas sobre cómo hacer un buen experimento estando en el baño o en la cama, en las primeras horas de la mañana. Paz y aislamiento son las ventajas del baño o la cama. No es fácil concentrarse en un tema en el tumulto de una fiesta”.

“La discusión entre 4 o 5 personas aisladas, trabajando en el mismo problema o proyecto de investigación puede ser muy fructífera. Es importante el examen crítico de las hipótesis, para descartar las malas o aquéllas que no puedan ser probadas con los métodos disponibles. Ciertas personas no tienen mucha imaginación y tienen sólo unas pocas ideas, mientras que otras están tan llenas de nuevas ideas que no tienen el tiempo ni la paciencia para probarlas todas”, señala.

Un descubrimiento requiere “conocimiento, curiosidad, paciencia y un factor poco divertido y romántico, pero muy importante: el trabajo duro”.

No va a ser fácil encontrar el método seguro y perfecto para producir buenos descubrimientos o invenciones. La complejidad del problema está relacionada con la complejidad del cerebro humano.

Aunque se han dado indicios de cuáles son algunas características del trabajo de investigación indicados por dos premios Nobel, ambos de 1970, Samuelson y Leloir, existen otros estilos de investigación. Algunos premios Nobel hallaron sus principales ideas en condiciones diferentes, sin todas las características señaladas, y ganaron el Nobel con un único trabajo importante, pero tan trascendente y revolucionario que su ciencia y el método de trabajo en ella cambiaron radicalmente. Pero este tipo de premiado es excepcional.

Por Enrique Belocopitow

El autor es investigador y divulgador científico, y vicepresidente de la Fundación Instituto Leloir.

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Historia del 1

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Publico aquí la introducción de un excelente artículo sobre los científicos en latinoamérica…

Excelente Artículo del por qué Latinoamérica está siempre en la retaguardia… Mi opinión personal es que mientas no se cultiven las economías de la inteligencia, nunca saldremos de la crisis… Es un excelente trabajo de la BBC de Londres…

 

 

 

Imaginemos que hoy en un país de América Latina acaba de nacer el que será uno de los mayores benefactores de la humanidad.

Alguien, por ejemplo, como Louis Pasteur cuyo trabajo ha salvado millones de vidas gracias a las vacunas y la pasteurización.

Nuestro científico imaginario ya posee una excelente educación básica y aunque su país no es rico, cuenta con varias universidades e incluso una academia establecida de ciencias e investigación.

El joven ya demostró su gran capacidad para investigar y formular hipótesis, la paciencia para conducir experimentos y la brillantez para lograr soluciones y resultados.

¿Logrará con estas virtudes nuestro eminente investigador latinoamericano convertirse en uno de los más importantes científicos del silgo XXI?

No.

Para lograr su objetivo, el nuevo Louis Pasteur tendrá que entender, en primer lugar, cómo opera la maquinaria de la ciencia moderna, y después involucrarse en ella.

Al extranjero

En la mayoría de los países existe un organismo gubernamental que maneja el dinero destinado a la investigación científica y tecnológica.

Son los consejos nacionales, cuya función es priorizar y promover las necesidades específicas del Estado en un sector especializado, en este caso la ciencia y la tecnología.

Éstos se encargan también de otorgar becas de investigación en el extranjero.

 

La ciencia moderna se basa en colaboración e intercambio dinámico de información. Si los científicos latinoamericanos no se exponen a los últimos avances científicos, corremos el riesgo de “reinventar la rueda” Facundo Fernández
“Hoy en día, sin una beca de investigación, es imposible desarrollarse en la ciencia” dice el doctor Fabio Salamanca-Buentello, un médico mexicano de 33 años egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México y hoy investigador de tecnologías emergentes en el Centro McLaughlin de Medicina Molecular de la Universidad de Toronto, Canadá.

 

Los investigadores deben presentar una propuesta de proyecto a un comité de selección del Consejo, que decidirá a quién y para qué se dará financiamiento.

“No es un proceso exento de controversia y, por supuesto, los comités tienen tanto criterios explícitos como intereses privados para aceptar determinados proyectos de investigación”, señala Salamanca-Buentello.

 

Otros científicos, como el doctor Facundo Fernández, egresado de la Universidad de Buenos Aires y ahora profesor asistente del Departamento de Química y Bioquímica del Instituto de Tecnología de Georgia, en Estados Unidos, cree que una beca en el extranjero es importante, “pero no imprescindible”.

“Los beneficios de tener una beca en un país con mejores recursos científicos básicamente son que el investigador está expuesto a las líneas de investigación “de punta” y a la mejor instrumentación y metodología”.

Fabio Salamanca Buentello, Universidad de Toronto

Fabio Salamanca Buentello es experto en tecnologías emergentes para el mundo en desarrollo.

Cuando no es posible tener esta experiencia, dice el científico argentino, los investigadores latinoamericanos pueden también realizar postdoctorados dentro de su país de origen.

“Pero estas experiencias -agrega- deben complementarse con viajes al extranjero para participar en conferencias internacionales, porque la ciencia moderna se basa en colaboración e intercambio dinámico de información”.

“Si los científicos latinoamericanos no se exponen a los últimos avances científicos, corremos el riesgo de “reinventar la rueda”", dice Facundo Fernández.

En letra impresa

Sigamos imaginando que nuestro joven investigador sí logró obtener una beca de investigación en algún centro académico del mundo desarrollado.

Y ahora comienza, con su bata blanca de laboratorio, el largo aprendizaje para lograr sus eminentes descubrimientos.

Si todo marcha bien, llegará el momento de enfrentar la segunda gran prueba de la ciencia: publicar sus descubrimientos en alguna revista especializada.

“El fundamento de la ciencia es que debe aclarar los misterios de la naturaleza para todos -dice Fabio Salamanca-Buentello-. Por lo tanto, es básico que cualquier avance se comunique y para eso hay que publicarlo”.

Las revistas especializadas cuentan con sus propios comités de selección, así que una investigación sólo obtendrá el “sello de calidad” cuando es publicada.

Philip Campbell es editor en jefe de la prestigiosa revistaNature.

Su trabajo es elegir entre los cientos de documentos que recibe a aquéllos que serán enviados a la evaluación de dos o tres revisores del comité de selección.

Cientifico

El ideal es que cada país destine 1% de su PIB a la ciencia y la tecnología.

“Rechazamos sin revisar un 50 o 60% de los documentos que recibimos. Debo admitir que hemos rechazado trabajos sobresalientes, simplemente porque nuestro criterio tiene fallas y limitaciones”, dice Campbell.

En promedio, las revistas especializadas publican menos del 10% de los artículos que reciben para cada edición, así que es indudable el poder que mantienen.

Según Salamanca-Buentello “hay una enorme discriminación en las publicaciones, y no ven de la misma forma a un investigador de la Universidad de Harvard que a otro de una universidad del tercer mundo”.

A pesar de que en los países en desarrollo vive más de 80% de la población mundial, en éstos sólo trabaja un 30% de los científicos involucrados en investigación.

Y de lo que se publica actualmente en las revistas mundiales de ciencia y tecnología, sólo un 15% proviene de los investigadores del mundo en desarrollo.

La única forma de cambiar estas tendencias, dicen los expertos, es que los gobiernos de los países en desarrollo se interesen más por la ciencia y la tecnología.

¿Regresar?

Facundo Fernández. Instituto de Tecnologia de Georgia

Facundo Fernández es experto en espectrometría de masas del Instituto Tecnológico de Georgia.

Hoy en día, muchos investigadores latinoamericanos que se destacan en el mundo desarrollado optan por no regresar a sus países de origen, que pierden así el beneficio de sus conocimientos.

“En mi caso particular -dice Facundo Fernández- la decisión fue motivada por la crisis agudísima que sufrió la Argentina en 2001″.

“En ese momento la situación no estaba dada para comenzar una carrera científica, y había poquísimas oportunidades. En comparación, las oportunidades en Estados Unidos son enormes, en particular, en mi área de trabajo que es espectrometría de masas, un área muy costosa”.

“Es decir que para trabajar en esta línea de investigación en la Argentina, haría falta una inversión bastante significativa, que excede los montos de los subsidios promedio que se otorgan a investigadores independientes”.

El ideal, afirman los expertos, es que los países destinen 1% de su PIB a la ciencia y tecnología.

La realidad sin embargo es que México destina 0,37% a este rubro, Argentina 0,53%; Colombia el 0,51% y Chile el 0,68%, según los últimos datos disponibles de la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT).

 Hay un gran desinterés de nuestros gobiernos y nuestras industrias. Y mientras eso no cambie, los científicos del mundo en desarrollo estaremos siempre siguiendo las reglas del primer mundo 
Fabio Salamanca-Buentello

Tal como señala el científico argentino Facundo Fernández, hay una enorma falta de infraestructura para la formación científica en la región.

“Creo que el secreto pasa por reconocer el talento en una etapa muy temprana” expresa Fernández.

“El sistema científico en la Argentina ha mejorado mucho en este sentido, permitiendo a muchos jóvenes ingresar al sistema de ciencia y tecnología en una etapa muy temprana de su carrera”.

“Si esta política se mantiene y expande, creo que la situación va a mejorar”.

El desarrollo de las aplicaciones científicas y tecnológicas, afirman los expertos, tiene un enorme impacto en la calidad de vida de una sociedad, su industria y su economía.

Por eso la importancia de la inversión de América Latina en el desarrollo de sus científicos.

Tal como señala Fabio Salamanca-Buentello, “hay un gran desinterés de nuestros gobiernos y nuestras industrias. Y mientras eso no cambie, los científicos del mundo en desarrollo estaremos siempre siguiendo las reglas del primer mundo”.

 

 

 

Inversión en ciencia y tecnología (CyT) en ECUADOR: 

Actividades científicas y tecnológicas (ACT) US$ 49,1 millones 
Investigación y desarrollo (I+D) US$ 18,6 millones 

Porcentaje del PIB destinado a CyT:

ACT 0,18 % 
I+D 0,07 % 

Número de publicaciones (Science Citation Index): 

234 

Número de estudiantes en el extranjero (cinco principales destinos):

2.274 en EE.UU. 
1.718 en España 
669 en Cuba 
382 en Alemania
294 en Francia 

Coeficiente de Invención (relación entre patentes solicitadas 
por residentes y la población total del país):
0,38 

Fuente: Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT) 
Año 2005 o último disponible

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