Economías de la Inteligencia

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Cerca de las estrellas

Compraron la filial de un grupo belga de tecnologías del espacio y con el tiempo abrazaron también el negocio de la neurociencia. La sede está en el Observatorio Fabra.

Ana Maiques y Giulio Ruffini. Foto: MAITE CRUZ MANEL TORREJÓN
BARCELONA
Por fuerza, unos empresarios con despacho en el simbólico Observatorio Fabra de Barcelona tienen que ser singulares. Singular es el italiano Giulio Ruffini (42 años), un doctor en física y matemático que cree que la distancia entre la ciencia y los productos con salida en el mercado es menor de lo que nos pensamos. En el 2001, él y su mujer, la valenciana Ana Maiques (36 años), compraron la filial española de Starlab, el grupo belga para el que trabajaban y que en esa fecha entró en barrena financiera y se declaró insolvente. Entonces aquella firma ya tenía algunos contratos con la industria espacial, un negocio que la refundada Starlab retomó. Pero, obsesionados “por hacer de la ciencia un modelo de negocio”, creyeron también en la neurociencia.
“En el 2007 lanzamos el Enobio, un sistema de lectura de la actividad cerebral que se diferencia en el mercado porque es portátil, sin cables, remoto y con electrodos secos, sin necesidad de gel conductor”. El producto lo están adquiriendo universidades y centros tecnológicos para el estudio de la epilepsia y los desórdenes del sueño, e incluso para el desarrollo de tecnología que facilite la interacción de las personas discapacitadas con los ordenadores.
En tecnología espacial, la empresa está diseñando una instrumentación para satélites que, sirviéndose de la señal de GPS, permite detectar en tiempo real el comienzo de un tsunami. “Y a la Agència Catalana de l’Aigua y Endesa les hemos vendido una tecnología que permite saber con precisión el nivel de un embalse sin el empleo de sensores en contacto con el agua”. Otra de sus tecnologías para satélite, desarrollada para el Ministerio de Fomento, permite detectar manchas de petróleo de más de 30 metros gracias a la emisión de señales de radar, con lo que los aviones de reconocimiento pueden localizar la mancha (y a su autor) al instante.
“Ahora la empresa empieza a dar sus frutos, pero en su momento me tuve que preguntar si era de verdad emprendedor”, dice Ruffini, que tiene una alma tan científica que dejó de ver Star Trek cuando la teleserie apuntaba más maneras de telenovela que de serie de culto para apasionados del espacio. “Quizá hubo algo de inconsciencia en aquella decisión, pero hoy estamos dando empleo a 30 personas y movemos dos millones de euros al año”.
Pero, ¿qué tienen en común dos disciplinas en apariencia alejadas como la neurociencia y el espacio? “Todo se puede reducir a números; nos sirven las mismas técnicas de procesado matemático”.

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Con chatarra, un joven creó simulador aéreo

Tomado de Diario El Universo

Con los restos de un Boeing, mucho ingenio y el apoyo de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, el diseñador gráfico Ernesto Lombeyda, de 32 años, construyó dos simuladores de vuelos que sirven para las prácticas del personal  militar y civil.

Con el trabajo de Lombeyda, quiteño que desde niño soñaba con ser piloto,  la Fuerza Aérea ahorró más de la mitad del dinero que iba a gastar en la compra de simuladores.

Las FF.AA.  tienen dos simuladores de vuelos donde se realizan prácticas aeronáuticas.

Maniobrar una aeronave por  el país dentro de un cuarto  no es descabellado. La Dirección de Industria Aeronáutica de la Fuerza Aérea Ecuatoriana (DIAF) lo hizo posible.

Se trata de los simuladores de vuelo DIAF-AF-001 y DIAF-AR-001, que la empresa aeronáutica acaba de fabricar para la fuerza terrestre.

El primero reproduce la cabina de un avión monomotor; el segundo, la de un helicóptero.

A pocos metros se alzan tres pantallas cóncavas donde se pueden ver las pistas de aterrizaje de una terminal aérea. La del José Joaquín de Olmedo, de Guayaquil, por ejemplo, luce exacta a la real.

La fidelidad de  las imágenes se debe a que los diseñadores tomaron fotografías del aeropuerto, de varios ángulos, y las subieron al sistema.

Contemplar esas escenas es solo el inicio de la aventura virtual. Apenas se activan los  switches  de los motores del avión, dos parlantes bajo los asientos empiezan a rugir y dan aviso de que están encendidos.

Luego, se siente que el avión empieza a deslizarse.  Antes de despegar  hay que enrumbar al avión  por la mitad de la pista. Para hacerlo, se utilizan  dos pedales colocados en el piso de la cabina. Algo que, para un principiante, es complejo.

Una vez que la nave está ubicada se debe acelerar y halar una palanca del tablero. Cuando se ha alcanzado la velocidad necesaria  se mueve el timón hacia atrás y, listo, el piloto siente que cursa por los aires.

En las pantallas, la imagen de Guayaquil vista desde las alturas es idéntica a la real: sus barrios, el río Guayas, el malecón, todo replicado con fidelidad.

Lo mismo sucede con Quito, Cuenca, Manta, Latacunga, Loja y en general con todas las localidades que tienen un aeropuerto. Incluso se pueden simular vuelos entre aeropuertos. Cuando eso se hace  se pueden divisar los nevados y poblados desde las alturas.

Y no solo eso. En ambos artefactos  se pueden cambiar el clima del vuelo, recrear lluvias y viento. Además se pueden simular averías de la nave para que el piloto practique aterrizajes de emergencia.

El creador de este proyecto es Ernesto Lombeyda, un diseñador gráfico, de 32 años, amante de los aviones. Todo comenzó cuando en agosto del 2007, él buscaba piezas servibles entre la chatarra de un Boeing 727-200 dado de baja.

El armatoste, cuenta Lombeyda, estaba en el Aeropuerto Internacional Cotopaxi. Él acudió a ese lugar, pues estaba construyendo un sueño que  cultivó desde niño: elaborar el simulador de un Boeing.

Los aviones están en su mente desde que tiene conciencia.

Eso lo llevó a los 32 años hacia los restos de aquel Boeing 727-200.
Como la aeronave se encontraba al lado del hangar de la DIAF, pensó que le pertenecía a esa entidad.

Por eso, luego de elegir algunas piezas, acudió a las oficinas en Quito. Ahí contactó al gerente comercial del organismo, el coronel Nelson Vallejo.

Lombeyda pensó que hacerse acreedor de esos materiales iba a ser difícil. Por ello llevó todos los planos de su proyecto y dio una disertación detallada ante el oficial. Le habló de sus sueños de infancia y lo envolvió con sus palabras.

Todo eso para que, al término de la exposición, el coronel Vallejo le informara que el avión no pertenecía a la DIAF. Sin embargo, el gerente quedó tan maravillado que lo ayudó.

De esta manera se pusieron en contacto con la empresa dueña del Boeing y esta les avisó que esos materiales  habían sido vendidos como chatarra a una fábrica de ollas. Ante esa situación, cuenta Lombeyda, no fue difícil persuadir a la compañía que lo escogiera a él como comprador.

Desde entonces, aquel soñador se hizo un lugar en la memoria del coronel Vallejo. Los meses pasaron y en diciembre la DIAF negoció uno de sus servicios con la fuerza terrestre. En una reunión, cuenta Vallejo, un oficial del Ejército empezó a regatear el precio, argumentando que no se podía exceder en el gasto, pues debía comprar dos simuladores de vuelo. Los aparatos servirían para entrenar a los futuros pilotos.

De inmediato, la imagen de Lombeyda reapareció en la mente del coronel Vallejo. Él preguntó a los interesados cuánto les iba a costar esa adquisición y cuáles eran las características de los aparatos que iban a comprar.

Ellos dijeron que lo iban a traer de otro país sudamericano y dio a breves rasgos las especificaciones del producto. Al escuchar eso, Vallejo comparó esa información con el proyecto de Lombeyda. Sin duda, se dijo, lo que el soñador tenía en mente era de mayor calidad.

Así, el coronel Vallejo ofreció a la fuerza terrestre mejores simuladores a la mitad de precio. “¡Cómo!”, saltaron los directivos de la DIAF. Le dijeron al coronel que la institución no contaba con ese servicio, que no podían hacerlo. Entonces, el oficial afirmó: “Sí podemos”.

Luego de unos días, Lombeyda repitió su disertación ante los oficiales.
De esta manera, el 18 de febrero de este año, el Ejército adquirió los simuladores por adelantado.

Desde entonces, la DIAF cuenta con taller de diseño y construcción de simuladores y se convirtió en el sustento directo de quince familias.
Hoy, el DIAF-AF-001 y el DIAF-AR-001 están listos. Diez pilotos de la Policía, cinco de compañías privadas y otros cinco de FF.AA. han ido a probarlos y han quedado encantados.

Ernesto Lombeyda
Diseñador creador

“De niño en mi casa, cerca al aeropuerto (de Quito), veía el aterrizaje de los aviones y allí nació la ilusión de pilotear una nave”.

Coronel Nelson Vallejo
Gerente de La DIAF
“Las pruebas han sido excelentes. Los clientes han crecido y construiremos dos simuladores más.

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