Economías de la Inteligencia

Empresa, Estrategia, Finanzas, Entrepreneurship, Innovación, Tecnología, Ciencia y Política

Mitos de la economía ecuatoriana

Es difícil saber de dónde salen los mitos. Lo que sí es claro es a dónde nos lleva seguir creyendo en ellos.

Por Vicente Albornoz Guarderas

Existen tantos mitos sobre nuestra economía. Y están tan difundidos. El problema es que mientras sigamos creyendo en ellos, no vamos a poder resolver los verdaderos problemas que afectan al país y vamos a seguir creyendo que la solución está en aumentar el gasto, dejar de pagar la deuda, hacer campañas de alfabetización o quejarse de la larga noche neoliberal o de la dolarización. A continuación, algunos de estos mitos, aunque todavía quedan muchos otros por desmitificarse.

El gasto público sirve para bajar la pobreza. No. Los datos que permiten demostrar la falsedad de este mito son clarísimos. Entre 2001 y 2006, el gasto público creció, en promedio, en 14%. En esos años, la pobreza cayó a un promedio de 3 puntos anuales. En 2008, el gasto se disparó en 70% y la pobreza cayó solamente en un punto.

Además, el gasto público en el Ecuador está diseñado para beneficiar a las clases media y alta, pues los mayores rubros de gasto (burocracia y subsidios a los combustibles) llegan directamente a esos grupos de población. Para el próximo año, está previsto que el Gobierno gaste USD6000 millones en burocracia (clase media y alta), mientras que al bono solidario (que llega a los pobres) se destinarán solo USD660 millones.

El gasto público dinamiza la economía y baja el desempleo. Eso es totalmente teórico y, si bien ocurre en los libros de texto, no ocurre en el Ecuador actual. El año pasado el gasto público creció más que el PIB, o sea, el gasto no tuvo ningún efecto multiplicador en la economía y cada dólar gastado por el Gobierno aumentó la producción en menos de USD 1. Esto porque el Gobierno se ha encargado de ahuyentar todo aquello que parezca inversión privada, nacional o extranjera.

Y el desempleo, a pesar de ese aumento del gasto público, en el año 2008 fue significativamente más alto que en 2007. Claro que todo esto se agravó por el famoso Mandato 8, que mató la contratación por horas.

La deuda es eterna. Es tan falso y difundido este mito que más parece una ‘mentira generalmente aceptada’. Hoy, el Ecuador es uno de los países menos endeudados del mundo (y ya lo éramos antes de entrar en moratoria el año pasado). Gracias a las renegociaciones de 1994, 2000 y 2009 y gracias a los superávits fiscales entre 2000 y 2007, la deuda externa cayó casi todos los años desde 1999. Y gracias al saludable crecimiento del PIB desde 2001, su peso en la economía se ha reducido considerablemente. Deuda e intereses, para la alegría de muchos ecuatorianos (y para la tristeza de algunos izquierdosos), ya no son una carga para el desarrollo del país. La deuda se terminó. Ya no existe. No es eterna.
Lo único triste es que desde que contratamos el préstamo de Petrochina en agosto, la deuda externa volvió a crecer.

La noche fue neoliberal. No, no. Neoliberal es cuando el Gobierno no se mete en nada. En el Ecuador, el Gobierno siempre ha controlado el petróleo, los combustibles, la electricidad, los teléfonos fijos, entre otros. Eso no ha sido ni es neoliberal. Además, durante la supuesta noche solo se privatizó un par de fábricas de cemento y una aerolínea que ya estaba quebrada.

Por otro lado, la ‘solución’ a la crisis bancaria fue lo menos neoliberal del planeta: se estatizó una pelea que debía haber sido entre depositantes y deudores de los bancos. El Estado se metió en donde no debía meterse. La peor política estatal en décadas fue, por lo tanto, el prototipo de una política opuesta a lo neoliberal.

La noche fue una noche. Falso, falso, bien falso. Entre 1979 y 2006, el país progresó notablemente, a pesar de los malos precios del petróleo entre 1983 y 2000. La esperanza de vida creció de 61 a 75 años, mientras que la mortalidad infantil cayó de 59 a 16 por cada 1 000 nacidos vivos, y el analfabetismo de más de 20% a menos de 8%.

La sequía actual es la peor en 50 años. Qué va. En los primeros 15 días de noviembre de 2009 el caudal promedio del agua que llegó a Paute fue superior al que hubo en diciembre de 1989, enero de 1992, diciembre de 1998 y febrero de 2004. Eso significa que en esos meses la sequía fue peor que en los peores días de la supuesta sequía del mes pasado. Y eso que estos datos son solo desde que se inauguró la represa en 1983.

La sequía ha sido, por lo tanto, fuerte, pero no la peor de los últimos 26 años y no se puede argumentar que los apagones actuales se deben a la falta de lluvias.

Las campañas de alfabetización reducen el analfabetismo. Incorrecto. Desde 1982, la caída del analfabetismo se explica, exclusivamente, porque cada vez más niños acceden a educación básica. Pero el analfabetismo en los adultos no ha caído a pesar de las múltiples campañas de alfabetización, campañas en las que los gobiernos de turno han gastado importantes sumas de dinero publicitándose.

El Ecuador no puede devaluar. Una cosa es que el Gobierno del Ecuador no pueda devaluar cuando le dé la gana y otra es que la moneda que usa el país no pueda devaluarse. Resulta que el dólar (en gran parte por el mal manejo económico de Bush) viene devaluándose desde mediados del año 2001 frente al euro, desde inicios de 2003 frente al peso colombiano y, levemente, frente al sol peruano desde mediados de 2002. Gracias a ello, las exportaciones ecuatorianas han ganado competitividad.

Claro que al igual que los americanos ‘nos dan devaluando’, el día en que empiecen a salir de la crisis bien podría empezar a revaluarse el dólar, algo para lo que sería bueno ir preparándonos.

Los países con moneda propia pueden devaluar. No. En serio que no. Los países con moneda propia muchas veces quieren devaluar, pero no siempre pueden hacerlo. Veamos a Colombia. En septiembre del año pasado, antes de la crisis internacional, el dólar estaba en 2,177 pesos. Al cierre de noviembre de este año se ubicó en 2,002 pesos por dólar. En otras palabras, por más que los colombianos quisieron devaluar, el peso se revaluó.

La explicación es que la economía colombiana está lo suficientemente bien manejada como para que el mercado quiera comprar pesos y no le dejen devaluar, pero eso es material para otro artículo. También es material para otro artículo el especular cuánto se hubiera devaluado el sucre (si lo tuviéramos) con el manejo actual de la economía. ¿Se imagina cómo se hubiera disparado?

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Economía e historia

Juan J. Paz y Miño Cepeda

juan.mino@telegrafo.com.ec

El pasado 12 de noviembre, participé junto con Alberto Acosta, Vicente Albornoz, Guillermo Arosemena, Fernando Martín, Marco Naranjo e Irving Zapater, en una mesa redonda organizada por FLACSO en el marco de su programa sobre el Bicentenario.

Destaqué la importancia de que ciertos economistas se dediquen a la historia, pues de lo contrario sus análisis, como se ve en el caso de los economistas liberales y neoliberales, se concentran en los índices y estadísticas macro o micro del presente, quitándoles sus raíces y fundamentos en el tiempo y en la sociedad.

Afirmé que cabría inquietarse por tres temas: por qué seguimos “subdesarrollados”, por qué los principios del “mercado libre” y de la “libertad empresarial”, que se suponen son los que provocaron el progreso de los más grandes países del mundo, demuestran solo fracasos en el Ecuador, como ocurrió en las pasadas décadas de los ochenta y noventa; y, por qué es que existe una absoluta minoría nacional que concentra la riqueza en medio de una amplia población pobre, al punto de desatacar a magnates y millonarios nunca antes vistos en el país. Las respuestas son múltiples y complejas. Pero tratando de establecer algunas líneas explicativas, lo primero que la historia ecuatoriana demuestra es que todavía se mantiene una marcada diferenciación en la estructura social. Por ello, las medidas económica o de acción gubernamental afectan a los distintos segmentos sociales de manera distinta. Ante esa realidad, creer que existe instrumental económico meramente “técnico” e “inocuo” es falso. La economía también es un campo donde se confronta la estructura del poder en el Ecuador. Los liberales y neoliberales solo ven al alto empresariado y a su mercado “libre”, porque no logran comprender la convivencia de la multiplicidad económica en el país.

“Los economistas neoliberales se
concentran en los índices y
estadísticas del presente…”

La historia republicana del Ecuador demuestra a cada paso que el proteccionismo, el desarrollismo, el creciente papel del Estado en la economía, las regulaciones sobre impuestos, las leyes laborales, etc., han sido resistidos particularmente por las poderosas oligarquías ecuatorianas, hasta el presente.

Nuestra historia también demuestra que las épocas de absoluta “libertad de empresa” y “mercado libre” siempre se levantaron sobre la base de reforzar la explotación sobre otras capas sociales subordinadas. Solo cuando hubo explícitas políticas sociales fue posible mejorar las condiciones de vida y trabajo en el país, pues las elites capitalistas y terratenientes nunca fueron capaces de crear, por sí solas, esas condiciones, que normalmente fueron propiciadas por gobiernos que utilizaron al Estado como instrumento para el desarrollo y el mejoramiento sociales.

Europa o Canadá y aún los EE.UU., demuestran precisamente que fue la fuerte intervención del Estado y las amplias políticas sociales en diversas épocas, las que promovieron su avance.

Entre las atrasadas elites del poder económico ecuatoriano esos principios suenan a “centralismo”, “estatismo” y hasta “comunismo”. Ha sido su falta de conciencia y de responsabilidad social y estatal la que afectó nuestro progreso.

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Empresa y Conciencia Social

Esta semana participé como conferenciante en un seminario sobre economía política en Quito, promovido por Flacso y Banco Central. Uno de los expositores, Juan Paz y Miño, historiador y profesor de pensamiento socialista, en su exposición, atacó duramente al sector privado generalizando que los empresarios explotan a los pobres. Lamentablemente por falta de tiempo no hubo la oportunidad a la réplica, por lo que lo hago a través de este medio.

Me hubiera gustado decirle que su apreciación es equivocada y fue error generalizar públicamente, por faltar a la verdad. En el mundo empresarial hay buenos y malos empresarios, la mayoría pertenece a la segunda categoría. Paz y Miño no conoce que Guayaquil se encuentra llena de instituciones de beneficencia, financiadas por empresas y profesionales que contribuyen unos económicamente y otros con su tiempo, sin pedir nada a cambio. Estas instituciones atienden todas las necesidades de los pobres, desde salud hasta educación, pasando por vivienda y alimentación. Es difícil poner el número total de atenciones, seguramente más 1’500.000 personas anualmente, siendo la Junta de Beneficencia de Guayaquil la que cubre 90% de las citadas atenciones. También hay pequeñas instituciones, como la Casa del Hombre Doliente que recibe a pobres en estado terminal y se preocupa de que mueran con dignidad. Además están las fundaciones de los grandes grupos empresariales, como la Fundación Vilaseca que concentra su esfuerzo en la educación. El sector empresarial también invierte en capacitación. Conozco una empresa que invierte 7/10 de 1% de las ventas, otras, menores porcentajes. Acepto que debe haber algunas que no invierten nada y está muy mal.

Paz y Miño es ejemplo de intelectual socialista que nunca ha arriesgado capital ni dado trabajo, por haberse dedicado a la academia y a colaborar en el sector público. Estas actividades deben combinarse con trabajo en el mundo real, sino no se está calificado para cuestionar a los empresarios. Es muy lamentable que un profesor enseñe a odiar a sus alumnos, pero así ha sido y es el socialismo que se especializa en crear pobreza en lugar de riqueza.

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Gabriela Calderón de Burgos

Gasto público y prosperidad

El Gobierno ha anunciado que utilizará 2.555 millones de dólares para reactivar la economía y reducir el desempleo (9,1%). Tanto los políticos como muchos empresarios parecen estar de acuerdo que una inyección de gasto público tendrá un “efecto multiplicador”: los constructores contratarán a más obreros, los obreros que serán contratados consumirán más y así sucesivamente.

Esto viene de la teoría keynesiana de que por cada dólar extra en gasto público resultará más de un dólar extra en actividad económica. ¿Hay evidencia que respalde esta teoría? El economista de Harvard, Robert Barro, considera que la evidencia empírica disponible no respalda la idea keynesiana del efecto multiplicador y que los programas de estímulo probablemente aumentarán el PIB por una cantidad que no superará el aumento en el gasto público.

Y es que el problema con la teoría de Keynes es que ignora un pequeño detalle: el gobierno no puede inyectar dinero a la economía sin quitárselo. Hay tres fuentes para financiar los aumentos en el gasto público: emisión de moneda, impuestos o deuda y en el caso de Ecuador, gastar el dinero de las empresas estatales. La primera opción suele derivar en alta inflación y como han mostrado varios economistas eminentes, también en alto desempleo.

La segunda opción, aumentar impuestos, implica retirar recursos del sector privado que las empresas hubiesen podido gastar en productos y trabajadores y colocarlo en el sector público. Aquí cabe la pregunta, ¿por qué asumimos que el sector público utilizará de manera más eficiente los recursos?

La tercera opción, endeudarse, significa que todo lo que se gasta hoy se financia con los impuestos que se cobrarán el día de mañana –después de las próximas elecciones–. La cuarta opción resulta en que las empresas estatales sigan siendo una especie de caja chica para el gobierno central, perjudicando la viabilidad de estas.

Nuestro gobierno ha optado por una mezcla de estas fuentes. Repatriar fondos implica aumentar la masa monetaria (opción 1), aumentar el gasto público significa que tarde o temprano habrá un paquetazo (opción 2) y que eventualmente crecerá la deuda (opción 3).

Aumentar el gasto público probablemente solo redistribuirá la riqueza existente, no la aumentará. Hay otras maneras en que el gobierno puede reactivar la economía. Muchos economistas respetados coinciden en que la Gran Depresión de los años treinta nos enseñó que el proteccionismo comercial, la inflexibilidad laboral y el aumento de los impuestos todos fueron factores que contribuyeron a agravar y alargar el estancamiento económico.

Por lo tanto, nuestro Gobierno podría ayudar mucho haciendo totalmente lo contrario: reducir unilateralmente los aranceles, flexibilizar el mercado laboral (por ejemplo, permitiendo la contratación por horas y no subiendo más el salario mínimo), simplificar el pago de impuestos y bajar las tasas tributarias. Eso ayudaría mucho más que un costoso plan de reactivación.

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Hay que avanzar aún más

El Gobierno anunció una serie de medidas de política económica conducentes a fomentar la reactivación económica, en un ambiente todavía latente de crisis económica internacional, y aumentar la presión fiscal.
Con relación al primer aspecto, las medidas encaminadas a controlar los desequilibrios de balanza de pagos como el incremento del Impuesto a la Salida de Divisas son acertadas para evitar que capitales golondrinas entren y salgan del país causando inestabilidad, sobre todo al sistema financiero. Vale la pena recordar que gran parte de las causas de las recurrentes crisis financieras de la década de los 90, como la asiática, se debieron al descontrol y libre movilidad de los flujos financieros que causaron desajustes en las cuentas corrientes de los países. Además, es necesario limitar la tendencia desmedida que tiene el país a importar. Sin duda, el ISD va a encarecer las importaciones pero, principalmente, de productos suntuarios y los que vienen a competir con la industria nacional.

“El incremento del Impuesto a la
Salida de Divisas evita los capitales golondrinas…”

La repatriación del ahorro nacional, tanto público como privado, es indispensable para que estos recursos dinamicen la economía interna a través del crédito y no estén financiando a las economías extranjeras. A junio de este año los activos externos netos del sistema financiero y la reserva internacional llegaron a 7.932 millones de dólares.
Con relación al segundo aspecto, las reformas tributarias planteadas están encauzadas hacia el aumento de la presión fiscal del sector público en aras de tener un Estado con mayor capacidad recaudatoria para instrumentar una política de gastos más amplia, que permita disminuir la dependencia de los ingresos provenientes de la explotación de los recursos naturales. De esta manera, se podría disponer de un Estado más fuerte, y que pueda asumir un papel más efectivo de redistribución y alentar el Buen Vivir de todos los habitantes del país. El Ecuador ocupa uno de los puestos más bajos en toda América Latina, en el año 2008 alcanzó un valor de su presión fiscal de 12,9%, lejos de la media latinoamericana (18,6%, según la CEPAL).
Se evidencia en la reforma propuesta un mayor peso a las recaudaciones por impuestos directos, como el impuesto a la renta que permite un sistema mucho más progresivo. Aquí se plantea incluir dentro de la renta global los ingresos recibidos por concepto de dividendos (ganancias) y el anticipo mínimo del impuesto a la renta para las empresas, procurando con este último minimizar la evasión tributaria. Otra parte de las medidas planteadas busca dar incentivos al sector productivo y estimular la demanda interna de los hogares.
Hay que avanzar aún más en acciones de política económica, entre ellas mayor firmeza en la regulación a la banca privada para que cumpla su rol en el desarrollo del país de canalizar el ahorro a la inversión y no restrinja el crédito como ha sucedido durante el primer semestre de este año. Y en la política tributaria todavía quedan retos pendientes como un mayor énfasis en la aplicación progresiva de impuestos directos -más redistributivos- que impuestos indirectos, una mejor focalización del gasto tributario en términos de equidad y una mayor lucha contra la evasión.

r lucha contra la evasión.

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Capitalist Fools: The Economic Crisis

Behind the debate over remaking U.S. financial policy will be a debate over who’s to blame. It’s crucial to get the history right, writes a Nobel-laureate economist, identifying five key mistakes—under Reagan, Clinton, and Bush II—and one national delusion.

There will come a moment when the most urgent threats posed by the credit crisis have eased and the larger task before us will be to chart a direction for the economic steps ahead. This will be a dangerous moment. Behind the debates over future policy is a debate over history—a debate over the causes of our current situation. The battle for the past will determine the battle for the present. So it’s crucial to get the history straight.

What were the critical decisions that led to the crisis? Mistakes were made at every fork in the road—we had what engineers call a “system failure,” when not a single decision but a cascade of decisions produce a tragic result. Let’s look at five key moments.

No. 1: Firing the Chairman

In 1987 the Reagan administration decided to remove Paul Volcker as chairman of the Federal Reserve Board and appoint Alan Greenspan in his place. Volcker had done what central bankers are supposed to do. On his watch, inflation had been brought down from more than 11 percent to under 4 percent. In the world of central banking, that should have earned him a grade of A+++ and assured his re-appointment. But Volcker also understood that financial markets need to be regulated. Reagan wanted someone who did not believe any such thing, and he found him in a devotee of the objectivist philosopher and free-market zealot Ayn Rand.

Greenspan played a double role. The Fed controls the money spigot, and in the early years of this decade, he turned it on full force. But the Fed is also a regulator. If you appoint an anti-regulator as your enforcer, you know what kind of enforcement you’ll get. A flood of liquidity combined with the failed levees of regulation proved disastrous.

How did we land in a recession? Visit our archive, “Charting the Road to Ruin.” Illustration by Edward Sorel.

Greenspan presided over not one but two financial bubbles. After the high-tech bubble popped, in 2000–2001, he helped inflate the housing bubble. The first responsibility of a central bank should be to maintain the stability of the financial system. If banks lend on the basis of artificially high asset prices, the result can be a meltdown—as we are seeing now, and as Greenspan should have known. He had many of the tools he needed to cope with the situation. To deal with the high-tech bubble, he could have increased margin requirements (the amount of cash people need to put down to buy stock). To deflate the housing bubble, he could have curbed predatory lending to low-income households and prohibited other insidious practices (the no-documentation—or “liar”—loans, the interest-only loans, and so on). This would have gone a long way toward protecting us. If he didn’t have the tools, he could have gone to Congress and asked for them.

Of course, the current problems with our financial system are not solely the result of bad lending. The banks have made mega-bets with one another through complicated instruments such as derivatives, credit-default swaps, and so forth. With these, one party pays another if certain events happen—for instance, if Bear Stearns goes bankrupt, or if the dollar soars. These instruments were originally created to help manage risk—but they can also be used to gamble. Thus, if you felt confident that the dollar was going to fall, you could make a big bet accordingly, and if the dollar indeed fell, your profits would soar. The problem is that, with this complicated intertwining of bets of great magnitude, no one could be sure of the financial position of anyone else—or even of one’s own position. Not surprisingly, the credit markets froze.

Here too Greenspan played a role. When I was chairman of the Council of Economic Advisers, during the Clinton administration, I served on a committee of all the major federal financial regulators, a group that included Greenspan and Treasury Secretary Robert Rubin. Even then, it was clear that derivatives posed a danger. We didn’t put it as memorably as Warren Buffett—who saw derivatives as “financial weapons of mass destruction”—but we took his point. And yet, for all the risk, the deregulators in charge of the financial system—at the Fed, at the Securities and Exchange Commission, and elsewhere—decided to do nothing, worried that any action might interfere with “innovation” in the financial system. But innovation, like “change,” has no inherent value. It can be bad (the “liar” loans are a good example) as well as good.

No. 2: Tearing Down the Walls

The deregulation philosophy would pay unwelcome dividends for years to come. In November 1999, Congress repealed the Glass-Steagall Act—the culmination of a $300 million lobbying effort by the banking and financial-services industries, and spearheaded in Congress by Senator Phil Gramm. Glass-Steagall had long separated commercial banks (which lend money) and investment banks (which organize the sale of bonds and equities); it had been enacted in the aftermath of the Great Depression and was meant to curb the excesses of that era, including grave conflicts of interest. For instance, without separation, if a company whose shares had been issued by an investment bank, with its strong endorsement, got into trouble, wouldn’t its commercial arm, if it had one, feel pressure to lend it money, perhaps unwisely? An ensuing spiral of bad judgment is not hard to foresee. I had opposed repeal of Glass-Steagall. The proponents said, in effect, Trust us: we will create Chinese walls to make sure that the problems of the past do not recur. As an economist, I certainly possessed a healthy degree of trust, trust in the power of economic incentives to bend human behavior toward self-interest—toward short-term self-interest, at any rate, rather than Tocqueville’s “self interest rightly understood.”

The most important consequence of the repeal of Glass-Steagall was indirect—it lay in the way repeal changed an entire culture. Commercial banks are not supposed to be high-risk ventures; they are supposed to manage other people’s money very conservatively. It is with this understanding that the government agrees to pick up the tab should they fail. Investment banks, on the other hand, have traditionally managed rich people’s money—people who can take bigger risks in order to get bigger returns. When repeal of Glass-Steagall brought investment and commercial banks together, the investment-bank culture came out on top. There was a demand for the kind of high returns that could be obtained only through high leverage and big risktaking.

There were other important steps down the deregulatory path. One was the decision in April 2004 by the Securities and Exchange Commission, at a meeting attended by virtually no one and largely overlooked at the time, to allow big investment banks to increase their debt-to-capital ratio (from 12:1 to 30:1, or higher) so that they could buy more mortgage-backed securities, inflating the housing bubble in the process. In agreeing to this measure, the S.E.C. argued for the virtues of self-regulation: the peculiar notion that banks can effectively police themselves. Self-regulation is preposterous, as even Alan Greenspan now concedes, and as a practical matter it can’t, in any case, identify systemic risks—the kinds of risks that arise when, for instance, the models used by each of the banks to manage their portfolios tell all the banks to sell some security all at once.

As we stripped back the old regulations, we did nothing to address the new challenges posed by 21st-century markets. The most important challenge was that posed by derivatives. In 1998 the head of the Commodity Futures Trading Commission, Brooksley Born, had called for such regulation—a concern that took on urgency after the Fed, in that same year, engineered the bailout of Long-Term Capital Management, a hedge fund whose trillion-dollar-plus failure threatened global financial markets. But Secretary of the Treasury Robert Rubin, his deputy, Larry Summers, and Greenspan were adamant—and successful—in their opposition. Nothing was done.

No. 3: Applying the Leeches

Then along came the Bush tax cuts, enacted first on June 7, 2001, with a follow-on installment two years later. The president and his advisers seemed to believe that tax cuts, especially for upper-income Americans and corporations, were a cure-all for any economic disease—the modern-day equivalent of leeches. The tax cuts played a pivotal role in shaping the background conditions of the current crisis. Because they did very little to stimulate the economy, real stimulation was left to the Fed, which took up the task with unprecedented low-interest rates and liquidity. The war in Iraq made matters worse, because it led to soaring oil prices. With America so dependent on oil imports, we had to spend several hundred billion more to purchase oil—money that otherwise would have been spent on American goods. Normally this would have led to an economic slowdown, as it had in the 1970s. But the Fed met the challenge in the most myopic way imaginable. The flood of liquidity made money readily available in mortgage markets, even to those who would normally not be able to borrow. And, yes, this succeeded in forestalling an economic downturn; America’s household saving rate plummeted to zero. But it should have been clear that we were living on borrowed money and borrowed time.

The Economic Crisis

The cut in the tax rate on capital gains contributed to the crisis in another way. It was a decision that turned on values: those who speculated (read: gambled) and won were taxed more lightly than wage earners who simply worked hard. But more than that, the decision encouraged leveraging, because interest was tax-deductible. If, for instance, you borrowed a million to buy a home or took a $100,000 home-equity loan to buy stock, the interest would be fully deductible every year. Any capital gains you made were taxed lightly—and at some possibly remote day in the future. The Bush administration was providing an open invitation to excessive borrowing and lending—not that American consumers needed any more encouragement.

No. 4: Faking the Numbers

Meanwhile, on July 30, 2002, in the wake of a series of major scandals—notably the collapse of WorldCom and Enron—Congress passed the Sarbanes-Oxley Act. The scandals had involved every major American accounting firm, most of our banks, and some of our premier companies, and made it clear that we had serious problems with our accounting system. Accounting is a sleep-inducing topic for most people, but if you can’t have faith in a company’s numbers, then you can’t have faith in anything about a company at all. Unfortunately, in the negotiations over what became Sarbanes-Oxley a decision was made not to deal with what many, including the respected former head of the S.E.C. Arthur Levitt, believed to be a fundamental underlying problem: stock options. Stock options have been defended as providing healthy incentives toward good management, but in fact they are “incentive pay” in name only. If a company does well, the C.E.O. gets great rewards in the form of stock options; if a company does poorly, the compensation is almost as substantial but is bestowed in other ways. This is bad enough. But a collateral problem with stock options is that they provide incentives for bad accounting: top management has every incentive to provide distorted information in order to pump up share prices.

The incentive structure of the rating agencies also proved perverse. Agencies such as Moody’s and Standard & Poor’s are paid by the very people they are supposed to grade. As a result, they’ve had every reason to give companies high ratings, in a financial version of what college professors know as grade inflation. The rating agencies, like the investment banks that were paying them, believed in financial alchemy—that F-rated toxic mortgages could be converted into products that were safe enough to be held by commercial banks and pension funds. We had seen this same failure of the rating agencies during the East Asia crisis of the 1990s: high ratings facilitated a rush of money into the region, and then a sudden reversal in the ratings brought devastation. But the financial overseers paid no attention.

No. 5: Letting It Bleed

The final turning point came with the passage of a bailout package on October 3, 2008—that is, with the administration’s response to the crisis itself. We will be feeling the consequences for years to come. Both the administration and the Fed had long been driven by wishful thinking, hoping that the bad news was just a blip, and that a return to growth was just around the corner. As America’s banks faced collapse, the administration veered from one course of action to another. Some institutions (Bear Stearns, A.I.G., Fannie Mae, Freddie Mac) were bailed out. Lehman Brothers was not. Some shareholders got something back. Others did not.

The original proposal by Treasury Secretary Henry Paulson, a three-page document that would have provided $700 billion for the secretary to spend at his sole discretion, without oversight or judicial review, was an act of extraordinary arrogance. He sold the program as necessary to restore confidence. But it didn’t address the underlying reasons for the loss of confidence. The banks had made too many bad loans. There were big holes in their balance sheets. No one knew what was truth and what was fiction. The bailout package was like a massive transfusion to a patient suffering from internal bleeding—and nothing was being done about the source of the problem, namely all those foreclosures. Valuable time was wasted as Paulson pushed his own plan, “cash for trash,” buying up the bad assets and putting the risk onto American taxpayers. When he finally abandoned it, providing banks with money they needed, he did it in a way that not only cheated America’s taxpayers but failed to ensure that the banks would use the money to re-start lending. He even allowed the banks to pour out money to their shareholders as taxpayers were pouring money into the banks.

The other problem not addressed involved the looming weaknesses in the economy. The economy had been sustained by excessive borrowing. That game was up. As consumption contracted, exports kept the economy going, but with the dollar strengthening and Europe and the rest of the world declining, it was hard to see how that could continue. Meanwhile, states faced massive drop-offs in revenues—they would have to cut back on expenditures. Without quick action by government, the economy faced a downturn. And even if banks had lent wisely—which they hadn’t—the downturn was sure to mean an increase in bad debts, further weakening the struggling financial sector.

The administration talked about confidence building, but what it delivered was actually a confidence trick. If the administration had really wanted to restore confidence in the financial system, it would have begun by addressing the underlying problems—the flawed incentive structures and the inadequate regulatory system.

Was there any single decision which, had it been reversed, would have changed the course of history? Every decision—including decisions not to do something, as many of our bad economic decisions have been—is a consequence of prior decisions, an interlinked web stretching from the distant past into the future. You’ll hear some on the right point to certain actions by the government itself—such as the Community Reinvestment Act, which requires banks to make mortgage money available in low-income neighborhoods. (Defaults on C.R.A. lending were actually much lower than on other lending.) There has been much finger-pointing at Fannie Mae and Freddie Mac, the two huge mortgage lenders, which were originally government-owned. But in fact they came late to the subprime game, and their problem was similar to that of the private sector: their C.E.O.’s had the same perverse incentive to indulge in gambling.

The truth is most of the individual mistakes boil down to just one: a belief that markets are self-adjusting and that the role of government should be minimal. Looking back at that belief during hearings this fall on Capitol Hill, Alan Greenspan said out loud, “I have found a flaw.” Congressman Henry Waxman pushed him, responding, “In other words, you found that your view of the world, your ideology, was not right; it was not working.” “Absolutely, precisely,” Greenspan said. The embrace by America—and much of the rest of the world—of this flawed economic philosophy made it inevitable that we would eventually arrive at the place we are today.

Joseph E. Stiglitz, a Nobel Prize–winning economist, is a professor at Columbia University.

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El gran miedo a la inflación

De repente parece que todos hablan de la inflación. Opiniones muy severas advierten de que la hiperinflación está a la vuelta de la esquina. Y puede que los mercados se estén dejando llevar por esta alarma: los tipos de interés de los bonos del Estado a largo plazo están subiendo, y el temor a la futura inflación es una de las posibles razones de esa subida.

Japón tuvo problemas similares a los de EE UU y los precios bajaron

¿Pero tiene sentido este gran miedo a la inflación? Básicamente no, aunque con una advertencia a la que llegaré más tarde. Y sospecho que este miedo tiene que ver, al menos en parte, con la política, no con la economía.

Vayamos al grano. Es importante que nos demos cuenta de que no hay asomo de presiones inflacionarias en la economía ahora mismo. Los precios al consumo están más bajos que hace un año y las subidas salariales se han estancado debido al alto desempleo. El peligro claro y actual es la deflación, no la inflación.

Entonces, si los precios no suben, ¿a qué se debe esta preocupación por la inflación? Algunos afirman que la Reserva Federal está acuñando montones de dinero, lo cual tiene por fuerza que ser inflacionario, mientras que otros dicen que el déficit presupuestario acabará obligando al Gobierno estadounidense a reducir su deuda mediante la inflación.

Lo primero es sencillamente falso. Lo segundo podría ser correcto, pero no es así.

Sí es cierto que la Reserva Federal últimamente ha estado tomando medidas sin precedentes. Más concretamente, ha estado comprando muchísima deuda, tanto pública como del sector privado, y financiando estas compras atribuyendo a los bancos reservas adicionales. Y en tiempos normales, esto sería muy inflacionario: los bancos, nadando en reservas, aumentarían los préstamos, lo cual elevaría la demanda, lo que a su vez haría que subieran los precios.

Pero los tiempos que corren no son normales. Los bancos no están prestando sus reservas extra. No las están dando trámite y, de hecho, están devolviendo el dinero con rapidez a la Reserva Federal. De modo que, a fin de cuentas, la Reserva no está acuñando realmente dinero.

Aun así, ¿esas medidas no acabarán siendo inflacionarias, antes o después? No. El Banco de Japón, enfrentado a dificultades económicas no muy distintas de las que nosotros afrontamos hoy, compró deuda a grandísima escala entre 1997 y 2003. ¿Y qué pasó con los precios al consumo? Que bajaron.

En el fondo, buena parte del actual debate sobre la inflación nos recuerda lo ocurrido en los primeros años de la Gran Depresión, cuando muchos personajes influyentes prevenían sobre la inflación aunque los precios estuvieran cayendo. Como escribía el economista británico Ralph Hawtrey, “se manifestaban temores fantasiosos a la inflación. Era como gritar ‘fuego’ durante el diluvio universal”. Y añadía: “Cuando la depresión y el desempleo amainan es cuando la inflación se vuelve peligrosa”.

¿Corremos el riesgo de que suba la inflación cuando la economía se recupere? Eso afirman quienes contemplan proyecciones de que la deuda federal superará el cien por cien del PIB, y dicen que Estados Unidos tendrá finalmente que reducir su deuda recurriendo a la inflación: es decir, subir los precios para que se reduzca el valor real de la deuda.

Cosas así han ocurrido en el pasado. Por ejemplo, Francia redujo mediante la inflación buena parte de la deuda en la que había incurrido durante la I Guerra Mundial.

Pero faltan ejemplos más actuales. En las últimas dos décadas, Bélgica, Canadá y, por supuesto, Japón han experimentado episodios en los que la deuda superaba el cien por cien del PIB. Y Estados Unidos salió de la II Guerra Mundial con una deuda superior al 120% del PIB. En ninguno de estos casos recurrieron los Gobiernos a la inflación para resolver sus problemas.

Entonces, ¿hay razones para pensar que se acerca la inflación? Algunos economistas son partidarios de mantener una política deliberada de inflación moderada, como método para fomentar el préstamo y reducir la carga del endeudamiento privado. Yo estoy de acuerdo con estos argumentos, y expuse un razonamiento similar para Japón en la década de 1990. Pero la defensa de la inflación nunca prosperó entre los políticos japoneses de aquel entonces, y no hay señales de que esté arraigando entre los políticos estadounidenses de hoy.

Todo esto plantea la siguiente pregunta: si la inflación no es un riesgo real, ¿por qué todas esas afirmaciones de que sí lo es?

Bien, como ya se habrán dado cuenta, a veces los economistas disienten. Y las grandes disensiones son especialmente probables en tiempos extraños como éstos que corren, en los que muchas de las normas habituales ya no son válidas.

Pero es difícil que a uno no le dé la impresión de que el actual alarmismo respecto a la inflación es en parte político, y que procede en gran medida de economistas que no tenían problema con el déficit causado por las rebajas de impuestos, pero que de repente se convirtieron en cascarrabias fiscales cuando el Gobierno empezó a gastar dinero para sacar la economía a flote. Y su objetivo parece ser el de presionar al Gobierno de Obama para que abandone los planes de recuperación.

Huelga decir que el presidente no debería dejar que le intimiden. La economía sigue teniendo grandes problemas y necesita una ayuda continua.

Sí, tenemos un problema presupuestario a largo plazo, y tenemos que empezar a sentar las bases de una solución a largo plazo. Pero en lo referente a la inflación, lo único que debemos temer es al propio miedo a la inflación. -

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

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Por qué nadie puede adivinar cuándo se recuperará el ciudadano de a pie

Henry Ford dijo: “La historia es una patraña”. Con más cinismo aún, Napoleón dijo: “La historia no es sino una fábula aceptada por todos”. Ambos tenían parte de razón.

Cuando se produzca una fuerte presión sobre el dólar, habrá que temer un pánico financiero mundial

En el juego de ajedrez de la geopolítica, de aquí a 2050 va a haber muchas tempestades

Pero allá por el comienzo de los años treinta, durante la Gran Depresión, el padre del presidente John F. Kennedy, el viejo Joe Kennedy, amasó dos fortunas cuando apostó a que las acciones seguirían bajando y el paro seguiría aumentando. Desconfiaba de las recuperaciones iniciales del New Deal.

Por el contrario, el destacado economista estadounidense de Yale Irving Fisher, tras (1) casarse con una fortuna y (2) amasar una segunda fortuna gracias a la invención de un lucrativo sistema de clasificación visual, ha terminado, a pesar de todo, ¡perdiendo nada menos que tres fortunas!

La historia de estos dos opuestos ilustra cómo y por qué la economía nunca podrá ser una ciencia exacta. Joseph Kennedy, padre, era un duro y astuto especulador. Parece ser que vendió acciones al descubierto desde 1929 hasta, aproximadamente, 1931 o 1932. Fisher, para empezar, perdió su propia fortuna cuando las acciones que compró perdieron todo su valor. Así que volvió a estudiar las estadísticas de las instituciones financieras y del individuo de la calle. Fisher escribió un nuevo libro reconociendo que había sido demasiado optimista. En él reconocía su error anterior. Pero su nuevo libro decía: ahora el mercado de valores es una ganga.

Desgraciadamente, las acciones de su heredera esposa se hundieron por culpa de este consejo. El tozudo Fisher persistió en su optimismo. A renglón seguido aconsejó a su nuera, la presidenta (creo) de Wellesley College, que siguiera con las acciones. Esta vez ella se resistió y le despidió como asesor de inversiones.

Mientras que Fisher se quedó en la ruina, Joe Kennedy siguió vendiendo en descubierto acciones que todavía seguían cayendo. No hay ninguna paradoja.

Sin embargo, cuando al fin el programa de recuperación del New Deal empezó a dar sus frutos, Kennedy padre dejó el mercado de valores y compró el Chicago Merchandise Mart Building, la construcción más grande del mundo en aquel momento.

¿Qué especulador acertó? ¿Y cuál de estos dos gigantes bien informados estaba equivocado? Ningún sabio es capaz de responder a esa pregunta.

Hoy en día, el gobernador de la Reserva Federal, Ben Bernanke, vislumbra una posible recuperación para finales de año. Es un académico prudente, respaldado por los mejores expertos en previsiones del mundo en el Consejo de la Reserva Federal.

Yo sería un loco temerario si discutiese el punto de vista casi optimista de este funcionario de que, para finales de año, habrá algo de estabilidad. Ustedes y yo deberíamos esperar que en efecto haya un rayo de luz al final del túnel que nos espera. Pero traslademos ahora nuestra visión al futuro. Incluso si la perspectiva a corto plazo de una recuperación durante 2009-2010 se materializa, debo advertir una vez más de que, para el dólar estadounidense, el panorama a largo plazo está lleno de peligros.

China es el nuevo factor a tener en cuenta. Hasta ahora, China ha estado dispuesta a invertir sus recursos reciclados en forma de letras del Tesoro de bajísima rentabilidad. Eso sigue siendo una buena noticia. Pero es casi seguro que no puede durar y no durará. Algún día, puede que pronto, China se volverá pesimista respecto al dólar estadounidense.

Eso significa que habrá problemas letales para la economía estadounidense en el futuro. En el momento en que se produzca una fuerte presión sobre el dólar, creo que tendremos que temer que se produzca un pánico financiero verdaderamente mundial. Ahora, China, Japón y Corea tienen dólares, pero no porque piensen que los dólares seguirán siendo seguros.

¿Por qué, entonces? Principalmente lo hacen porque es una forma de prolongar su crecimiento impulsado por las exportaciones. No soy el único que siente este paranoico temor a la balanza de pagos futura. Warren Buffett, sin ir más lejos, se ha vuelto proteccionista. Desgraciadamente, es posible que muy pronto el proteccionismo se vuelva más maligno.

El presidente Obama se esfuerza por apoyar el libre comercio. Pero, siendo un astuto presidente centrista, se va a ver muy presionado para hacer concesiones.

Y estará sometido a nuevas presiones permanentes. Sus expertos deberían estar haciendo planes ya para que Estados Unidos se convierta en una potencia subordinada a China en lo que a liderazgo económico se refiere.

El equipo de Obama es bueno. ¿Pero actuarán con prudencia para adaptarse al hecho de que Estados Unidos se convierta en una sociedad mundial secundaria?

En el juego de ajedrez de la geopolítica, de aquí a 2050 va a haber muchas tempestades. Ahora es el momento de prepararnos para lo que nos deparará el futuro.

Archivado bajo:Paul Samuelson

El mundo prospera a pesar de las crisis

Como el resto del mundo, Ecuador no es ajeno a las crisis económicas en sus diferentes formas. Hace 15 años escribí Nuestros males crónicos, las crisis económicas en Ecuador, libro que analiza las crisis desde la primera en la Audiencia de Quito hasta la de 1982-1984. Si se hiciera una nueva edición, habría que agregar tres más.

En la citada obra, hay referencia a la crisis producida por el agotamiento de las minas de plata en la primera década del siglo XVII; la de los obrajes y la de la destrucción de bosques de quina (cascarilla) a fines del siglo XVIII. En el período poscolonial, las primeras crisis dentro de la Gran Colombia, ocurrieron por rivalidades entre líderes; en la primera década como República de Ecuador, debido a conflictos armados de Flores en la frontera con Colombia y luego con Rocafuerte. En esta última se paralizó el comercio exterior por algunos meses, al encontrarse Rocafuerte atrincherado en Puná.

En los cuarenta, la epidemia de fiebre amarilla y la circulación de monedas falsas; en los cincuenta, el conflicto con Perú; revoluciones en todas las décadas, algunas de ellas devastadoras, terminando en guerras civiles, etc.

En el siglo XX, se mantuvo el mismo ritmo, En cada década, Ecuador vivió una o más crisis, comenzando con la casi quiebra del Banco Comercial y Agrícola en 1901, seguida de más revoluciones; Primera Guerra Mundial, epidemias del cacao, etc.

El siglo XXI arrancó con la crisis bancaria iniciada en 1999 y en el 2009, nos encontramos en otra. Los ecuatorianos son expertos en crisis, quizá por ello, a pesar de los duros golpes que la economía ha recibido, ha habido progreso, pero no al ritmo de otras naciones de la región.

Pertenezco a la era cuando no existían: semáforo, aire acondicionado, televisión, carretera de cuatro vías, computadora, centro comercial, plástico, ropa de marca, resonancia magnética, tomografía, etc.

Era la era donde la clase media apenas representaba 2% del total de la población y los ricos se morían de enfermedades que actualmente hasta los pobres se salvan; personas con cáncer se morían en corto tiempo, por no existir el diagnóstico temprano, ni medicación. Lo mismo se puede afirmar de pacientes con enfermedades cardiovasculares. Pero, si las crisis hubieran sido en menor número, el nivel de vida fuese superior al actual.

En América Latina, los países con menos crisis, son los que tienen el ingreso por habitante más elevado y mayor porcentaje de clase media. Estados Unidos también ha tenido crisis, pero en número menor y la mayoría de ellas han estado vinculadas a exceso de optimismo de inversionistas y elevada especulación. En ese país, los estados no se pelean entre sí década tras década, como ocurre en América Latina entre países vecinos. Las economías de esos países tienen mayor capacidad de recuperación. Entre los del Primer Mundo, solo Japón, tuvo su década perdida antes de regresar a las tasas históricas de crecimiento.

A pesar de las crisis en todo el mundo, el consumo, privilegio de los ricos hasta las primeras décadas del siglo XX, se ha popularizado, con la explosión de la clase media que ha aumentado a niveles sin precedentes en los últimos cincuenta años, más de mil millones de personas se integraron a la economía.

En la mitad del siglo XX, no se producían más de 10 millones de automóviles, actualmente la cantidad es 8 veces mayor. Ha sido exponencial el consumo de materias primas además de la producción de numerosos bienes duraderos que actualmente forman parte del estilo de vida de la gente, cuando años atrás eran lujos.

Tan grande es la explosión del consumo, que el aumento de la demanda agregada está trayendo serios desequilibrios a la humanidad, por presiones de la clase media y será el tema de mi próximo artículo. El capital humano no se merma con las crisis, siempre está creciendo. El Milken Institute estima que el valor del capital humano global sobrepasa 1.000 billones de dólares y es 20 veces mayor que el costo de las pérdidas incurridas en la crisis actual.das en l

Archivado bajo:Guillermo Arosemena A.

¿Qué y quién mueve el bienestar?

Pablo Lucio Paredes

No podemos engañarnos sobre las prioridades de lo que mueve la energía vital en una sociedad y es base del desarrollo: el emprendimiento. Emprender tiene dos aristas fundamentales: asumir riesgos y ser creativo.

Riesgos y creatividad es lo que divide fundamentalmente al asalariado del emprendedor, sin que uno u otro sea mejor, simplemente hacen aportes diferentes. El emprendedor explora lo que la sociedad no tiene, las oportunidades que no han sido advertidas y aprovechadas. Puede ser una idea revolucionaria como un nuevo uso de las computadoras (internet, hoja de cálculo o la red social de Facebook), o simplemente una nueva panadería en el barrio. En los dos casos se cumple la misma función: cubrir necesidades, gustos o demandas. Dar a los demás, porque les satisface, algo por lo que pagan directa o indirectamente (o pueden compartir de otras maneras). Ha hecho algo esencial que determina el desarrollo económico: ampliado la frontera de oportunidades entre las cuales pueden escoger los demás, fronteras que pueden ser totalmente “materialistas” (una discoteca) o “espirituales” (lanzar un nuevo libro). En cualquier caso ha puesto en riesgo su capital, su nombre o su tiempo en explorar estas nuevas vías. Se ha arriesgado porque por cada caso que vemos de éxito, hay decenas de fracasos olvidados… y por supuesto, cuando hay mecanismos estatales que protegen al emprendedor de los riesgos a costa de los demás (“privatizar las ganancias y socializar las pérdidas”), se hace un enorme daño a la sociedad al eliminar el sentido esencial del emprendimiento que es disfrutar de los beneficios alcanzados y cargar con las pérdidas del fracaso (no es una decisión empresarial sino estatal, de la cual el empresario puede aprovecharse contradiciendo su esencia).

El asalariado es alguien que se une posteriormente a este proceso, y recibe una parte del valor agregado generado en la nueva actividad (contrariamente al marxismo, el emprendedor no quita algo al asalariado, sino que este es contratado para compartir parte de la nueva actividad en función de lo que aporta a su mantenimiento o desarrollo). El asalariado escoge (explícita o implícitamente) este rol por diversas razones: cultura, aversión al riesgo, situación personal, educación, familia, las oportunidades que la vida le ha abierto. Pero en definitiva es una decisión vinculada a la persona y no a su entorno social, porque emprendedores y empleados los hay en todos los grupos sociales y arrancando de todas las situaciones posibles. Simplemente ha escogido la manera cómo quiere enfrentar el proceso económico, el riesgo y la repartición en el tiempo de los ingresos que va a recibir. Ambos roles son importantes en la economía, pero cada uno es diferente y debe ser valorado de una manera diferente.

Y en este contexto no debemos equivocarnos: el Estado puede regular, ayudar a mejorar oportunidades (educación y salud), debe generar el entorno de seguridad, pero nunca podrá ser el motor de la sociedad, porque nunca alcanzará el estatus de creador de oportunidades vía creatividad y riesgo (porque nunca arriesga lo suyo sino lo de otros).

Archivado bajo:Pablo Lucio Paredes